El 24 de febrero de Sor Juana
Nuestro mundo

El 24 de febrero de Sor Juana

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El 24 de febrero es una de las fechas memorables en la vida de Sor Juana –sea uno ateo o no–, si le creemos a un cuadro con su retrato pintado póstumamente, a más de un siglo de su muerte. Allí quedó anotado que el 24 de febrero de 1668 “tomó el hábito de religiosa en el convento del eximio doctor de la Iglesia San Gerónimo”.
Ahora, este día de 2018, se cumplen 350 años de que la escritora católica seglar se convirtió en religiosa comprometida. La genial mujer que por su obra literaria mereció muchos epítetos, entre ellos el turbador, por su gramática, de “la Americana Fénix”, se transformó en sor y soror Juana.
Con el apodo de La Americana Fénix la nombra su primer biógrafo, Diego Calleja. El mote puede causar irritación ya que fénix es sustantivo masculino, por lo que el artículo del apelativo debería ser el; el adjetivo americana también debería ser masculino. De cualquier modo, aquel mote se olvidó.
Pero decía que un día como éste, 24 de febrero, es memorable en la vida de la escritora porque hace 350 años, el 24 de febrero de 1668, lo dicen unas líneas en el mencionado retrato que pintó Andrés de Islas en 1772, “tomó el hábito”. La admiración que le profeso me llevó a rememorar esa efemérides.
Es admirable Sor Juana, La Fénix Americana; la admiro por la lucidez de su pensamiento, por la primavera de sus metáforas, por sus frecuentes –frecuentísimas– pinceladas de racionalismo, por la jocosidad con que salpica o trata sus temas, por su vocación de libertad con la consecuente rebeldía a veces sutil, a veces airada ante las jerarquías religiosas y que en su literatura se resuelve en irreverentes y afortunados experimentos con la forma, y en fin, por su feminismo precursor.
Pero volvamos la vista al retrato para mirar que en el ángulo superior izquierdo, el artista pintó un recuadro en el que se lee un famoso e inquietante soneto en el que la Americana Fénix nos muestra la esperanza como enmarañada trama mental, vacía y estéril. “[…] sueño de los despiertos intrincado / como de sueños, de tesoros vana”, dicen dos de sus versos.
El poema, además, ha quedado reproducido en varios retratos de Sor Juana, como si los artistas o sus patrocinadores quisieran que constara una furtiva solidaridad para la desesperanza de la hermana poeta. No deja de sorprender que el soneto reapareciera con tanta fortuna porque concluye con un verso de escepticismo materialista: “y solamente lo que toco veo”.
Es sabido que Juana Inés se asiló en los conventos para huir de las distracciones del mundo y dedicarse a estudiar, a enfilar su vida por el camino del conocimiento y la creación, pero también lo decidió a causa de la efectiva telaraña de persuasión que le tendió Antonio Núñez de Miranda, consejero y confesor de los virreyes, quien veía en ella un rival intelectual.
De ese modo, la religiosidad de La Americana Fénix no sería demasiado entrañable y su poderosa vocación intelectual le permitiría soportar el peso del hábito, aunque cabe aclarar que hace 350 años, el 24 de febrero de 1668, lo aceptaba por segunda vez, a sus veinte de edad, después de haber desertado de un severo convento carmelita a donde había ingresado a los diecisiete.
De cualquier manera este día y este año se cumplen tres siglos y medio de su encierro conventual (con el cambio de un fonema se podría leer entierro). Desde el ateísmo y desde la religiosidad de cualquier corriente La Americana Fénix merece que la celebremos por su valor para desprenderse del mundo, por su genialidad en la literatura, por su propensión para el estudio, por su erudición, por la dedicación a su obra de escritora y por su ejemplaridad en la defensa de derechos humanos, defensa que gestada en un pensamiento de mujer se puede fácilmente hacer extensivo a los hombres.

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