Kia ora
Opinión

Kia ora

Miscelánea

Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios,
la intolerancia y la estrechez de la mente”.
- Mark Twain


Y vio Dios todo lo que había hecho y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1). Verdes valles, montañas azules, lagos de jade. Así debe haber sido el mundo en un principio. Canguros, kiwis, vacas y merinos me recibieron con un amistoso kia ora que significa “hola”. Los maoríes, en cambio, acercaron su nariz a la mía porque es su forma de compartir el aliento y “el aliento es la vida”; dicen ellos. Musulmanes, judíos y católicos, sin prejuicios y en paz, compartimos este extraño verano en plena Navidad. “Chinos licos complan tolo”. Yo, en camlio, no complo nada porque viajo simplemente para cambiar de horizontes, aprender de otras culturas y también por qué no reconocerlo, para escapar unos días de mí misma. En el otro lado del mundo me concentré en grabar en mi corazón la epifanía que estaba viviendo y olvidé el propósito de llevar una bitácora del viaje. Sólo ahora, digerida la intensidad de las emociones y recuperada ya de la agotadora marcha que impuso a la aventura mi joven acompañante, puedo recrear en mi memoria a la hermosa gente, la dulzura de las jóvenes orientales que, univesitarias y trilingües, aprovechan la temporada para ganar dinero atendiendo a los miles de turistas que abarrotan hoteles y restaurantes. El turismo, imagino que puros extraviados como yo, es su pilar económico. ¡Y yo que siempre pensé que aquí no venía nadie! Me llamó especialmente la atención la bien integrada sociedad de maoríes e ingleses. Comparten todos los ámbitos de la actividad económica y social y hablan lo mismo el maorí que el inglés. -Hace once años llegué de turista, me enamoré de la calidad de vida que tienen acá y decidí traer a mi familia. La educación para los niños es gratuita, la salud es socializada y la vida es sencilla, sin la competencia económica que se padece en América -me explica el taxista mexicano. Aunque habitado por los aborígenes desde, por lo menos, mil años antes, apenas en 1840 los británicos incluyeron a Nueva Zelanda en su imperio; se le considera el país más joven del mundo. Ha crecido y se ha desarrollado en el irrestricto respeto a la naturaleza que desde el principio impusieron los maoríes, lograron una fascinante mezcla de cultura local y europea. Cuarenta variedades de coníferas se apretujan en sus bosques. Millones de vacas, ocho ovejas por ciudadano –dicen- y una abundante producción de fruta y verdura cultivada sin pesticidas, además de las grandes extensiones de viñedos, los mantienen ocupados y sanotes. Con una gran cantidad de lluvia, ríos y lagos que bañan hasta los últimos rincones de la isla, la ley impone el cuidado del agua como si fuera a terminarse mañana. Apenas unas semanas de vuelta a casa, la pésima costumbre del derroche ya ni se nota, pero cuando recién regresé del viaje y vi a un chofer lavando a manguerazos la camioneta de su jefe, me dieron ganas de darle de bofetones a él y al jefe. “Ni demasiado que sobre, ni tan poco que falte”, es la ideología de los neozelandeses. Parece que en esa parte del mundo si entienden aquello de la digna medianía que propuso nuestro Benito Juárez. El único lujo de los neozelandeses son los magníficos parques. Se podría decir que toda la isla es un cuidadísimo parque. Muy poco y con poquísimo interés había leído de esas tierras que, por su ubicación, imaginaba inhóspitas y frías. Inhóspitas no pero frías sí. -Estamos en verano, el sol es muy fuerte- me advertían mientras a mí me apuñalaban los vientos cruzados. ¡Claro! Cómo iban a saber que los jarochos hasta en el infierno necesitamos cobija. A excepción de un géiser cuyo líquido hirviente se eleva hasta veinte metros, las fuentes de agua son heladas. Nada como nuestras playas que, aunque depauperadas por la inconsciencia y la rapacidad de nuestros políticos, siguen siendo mis preferidas.


Contacto: adelace2@prodigy.net.mx

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