Juan Domingo Argüelles, un libro abierto
Literatura

Juan Domingo Argüelles, un libro abierto

La lectura como un acto de libertad. Este escritor mexicano, originario de Quintana Roo, es quien con mayor precisión ha reflexionado en México sobre el libro y la lectura.

Pocos poetas en México pueden darse el lujo de ser, además de cultivadores de su cosecha poética, grandes lectores y además promotores de la lectura. Por ahora no nos ocuparemos de los frutos poéticos de ese árbol de palabras que es Juan Domingo Argüelles (Chetumal, Quintana Roo, 1958), sino de su infatigable trabajo como animador de la lectura en México.


Promover la lectura en un país como el nuestro, en el que el índice de lectores no sobrepasa al dos por ciento, es nadar contra la corriente. De este ejercicio han salido libros como ¿Qué leen los que no leen? El poder inmaterial de la lectura, la tradición literaria y el placer de leer (Paidós, 2003); Si quieres… lee, contra la obligación de leer y otras utopías lectoras (Fórcola, 2009); Escribir y leer, con los niños, los adolescentes y los jóvenes (Océano, 2011); Antimanual, para lectores y promotores del libro y la lectura (Océano, 2008); Ustedes que leen, controversias y mandatos, equívocos y mentiras sobre el libro y la lectura (Océano, 2006); Letra muerta, tres diálogos virtuales sobre la realidad de leer (Océano, 2010); Historias de lecturas y lectores, los caminos de los que sí leen (Paídós, 2005); Cuentos inolvidables para amar la lectura (Ediciones B); Estás leyendo… ¿y no lees? (Ediciones B, 2011) y Lectoras (Ediciones B, 2012).


PROMOTOR INCANSABLE


Podemos decir que si hay una autoridad en México para bucear hasta el fondo de los mares del libro y la lectura, ese mérito le corresponde a Juan Domingo. Lo demuestran los títulos antes mencionados y su capacidad para reflexionar, indagar, proponer, siempre desde el otro (el lector, el oyente, el consumidor, el público) que en la suma total resulta ser un yo que va más allá de la individualidad.


El libro cerrado -ha dicho Juan Domingo- siempre es una tentación, y precisamente por estar cerrado, por tener ese concepto de prohibido, siempre lo abrirá uno para ver qué es y eso nos entregará en algún momento alguna revelación.


Quienes nos hemos deleitado con sus textos literarios, llámense poemas, ensayos, crítica literaria y piezas aforísticas, lo menos que podemos decir de su prosa es que es sobria, elegante, propositiva y sobre todo bien escrita. Estas características, aunque suenen a lugar común, siempre se le agradecen a un autor.


Juan Domingo no cree que el propósito de la vida sea leer libros, sino que el propósito de la existencia es tratar de ser felices y tener alegría, pero entre todas las cosas que podemos disfrutar están los libros. Los escritores para escribir tienen que vivir, contar experiencias. Hay autores correctos con libros correctos y no encuentro nada apasionante en ellos porque no me dicen más de lo que han leído, no están las experiencias que han vivido. Los libros más profundos lo que reflejan son conflictos humanos.


MIL MANERAS DE LEER


Fernando Savater ha dicho que no podemos abandonar a los maestros en su tarea, de la que depende lo que realmente importa. Si vamos un poco más allá, lo deseable sería no dejar sólo al maestro, pero tampoco a los padres de familia, menos a los promotores de lectura y mucho menos a los lectores. El libro es un circuito no cerrado que está siempre en reacomodo. Su flujo no es lineal sino circular. La posibilidad de que el libro y la lectura formen parte de las estructuras de una casa suena bien como metáfora, pero no pasa de ser un buen deseo. Los libros son nuestra casa de luz, pero también pueden ser un laberinto en el que es posible perderse.


Alfonso Reyes apuntó hacia cuatro categorías de lectores. En la primera apuntó a la lectura como vida, esto es, la ejercida por el pueblo, la que se mete en los personajes y vive el propio drama de las obras que lee. A esta categoría no le importa el nombre del libro ni el del autor. Se queda con la sustancia, con el asunto y con las mejores palabras.


Luego viene el lector de medio pelo. Este recuerda los títulos y se ha aprendido ya algunos autores. El gusto empieza a delinearse. Tiene una educación media general. Luego viene el semiculto, el pedante con lecturas, el resentido. Se acuerda de autores, no de libros. Por último está el bibliófilo, una especie de maniático obsesionado por el libro.


Seguramente hay muchas más categorías de la lectura, lo cual al final de cuentas no importa, sino ejercer el oficio, el vicio o el placer de leer.


TENER QUE LEER Y QUERER LEER


Juan Domingo se ha encargado de recordarnos cuántas cosas hacemos por mero compromisomuchos mexicanos. Entre ellas nos menciona la lectura como tema coyuntural cada 23 de abril en el mundo y cada 12 de noviembre en México. Ciertamente, celebraciones como estas, o como el Día Internacional de la Mujer, el Día de las Madres, el Día del Padre y tantos otros festejos que al paso del tiempo se convierten en flores de un día y dejan de ser motivos de reunión y convivencia para convertirse en motivos de consumo.


Si la mujer, la madre y la lectura -nos dice Juan Domingo- son de veras importantes, como decimos, tendríamos que celebrarlas todos los días.


Hay un título de Argüelles poco citado en su bibliografía. La lectura, elogio del libro y la alabanza del placer de leer (Gobierno del Estado de México, 2012) es una pieza de pasta dura que es en sí un homenaje al libro y a la lectura: amplia tipografía, ilustraciones, una camisa para proteger al libro, en fin, podemos pasar por alto todo lo anterior, no así las reflexiones del autor, que en un tono aforístico hacen de estas páginas una invitación a la lectura. ¿Cómo rehusarse?


La lectura -escribe Juan Domingo- tiene que ser siempre un premio y jamás un castigo. El premio que nos damos cuando ya hemos hecho los deberes que por algo se llaman así (el deber nos obliga a hacerlos o tener que hacerlos sin otra alternativa). La lectura es un placer, no es un deber: el placer que nos permitimos sin tener que estar obligados a contestar interrogatorios molestos o impertinentes. Cuando castigamos a un niño y su castigo es ponerlo a leer lo que estamos haciendo es mostrarle el lado más terrible de la lectura.


Si la lectura es un ejercicio de libertad, como apunta Juan Domingo, con lo cual queda en claro que no es una obligación y mucho menos una forma de castigo, comprendemos que el libro nos ofrece una ventana amplia que al abrirla nos mostrará otros paisajes. Paisajes que a su vez mostrarán nuevas ventanas, y así sucesivamente.


Si alguien piensa que la lectura de libros lo hará rico, quizá tenga razón: será rico en conocimientos, habrá viajado de la mano de los autores y eso enriquece la memoria; habrá soñado mundos posibles e imposibles y eso enriquece la existencia; habrá compartido ciudades, calles, fronteras, desiertos, mares, planetas, formas de hablar y alguna parte de su ser se habrá sensibilizado y le habrá permitido poner los pies en la tierra. Esta sensación queda después de leer la prosa de Juan Domingo Argüelles sobre los libros y la lectura, que es abundante, abreva en autores clásicos y contemporáneos y no impone un modelo de lectura. Diríamos que en este sentido Juan Domingo Argüelles es de muchas maneras un libro abierto y la lectura una trampa de la libertad.


Twitter: @magocuellar

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