Nadine Labaki: Voz única en tierras áridas
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Nadine Labaki: Voz única en tierras áridas

La actriz y directora libanesa Nadine Labaki es la representante del séptimo arte en un país donde la tradición cinematográfica es casi nula. No obstante, la realizadora echa mano de todos los recursos disponibles y es capaz de contarnos historias tan divertidas como conmovedoras y humanas.

Con su ópera prima Caramelo la cineasta libanesa Nadine Labaki ya había llamado la atención tanto de la crítica como del público. Esto que le permite abrir sus horizontes más allá de la labor histriónica. Labaki tuvo su primer contacto con el cine a través de la televisión. Esto porque, según una entrevista realizada a la propia directora, su país de origen no cuenta hasta hoy con industria cinematográfica. No podría decirse que exista una cultura del cine en Líbano. Sus personajes parecen compartir con ella la fascinación casi infantil por la pantalla chica. Lo anterior queda comprobado con el detonante del relato en su segunda película.


PROMESA Y CUMPLIMIENTO


En Caramelo (2007) varias mujeres de distintas generaciones convergen en un salón de belleza dentro de la capital libanesa, Beirut. Labaki muestra a los espectadores los retos enfrentados por el género femenino ante una sociedad moderna donde, sin embargo, la religión y el pudor continúan teniendo un peso ineludible. Desde Layale y su amorío con un hombre casado o Nisrine, próxima a casarse, aunque con la necesidad de restaurar su virgo, pasando por Rima con su no tan velado lesbianismo, hasta llegar a la loca Lili y la tía Rosa, este último el personaje más trágico por renunciar a un amor tardío con tal de proteger a su amiga.


La promesa hecha entonces se cumple unos años después al surgir ¿A dónde vamos ahora? Este segundo largometraje detona su anécdota cuando un grupo de muchachos de un pueblo aislado se reúne para captar en un televisor las imágenes de distante cadena. Luego veremos al pueblo entero frente a la llamada “caja idiota”. Recibir desde lejos las imágenes se convierte en toda una ocasión. Ahí vemos a los habitantes de la aldea convivir armónicamente a pesar de las diferencias de fe. En ningún momento se nos indica a los espectadores que el lugar desértico presentado por Labaki sea Líbano. Esto porque, aunque los colores y los rostros se presenten locales, la intención de la cineasta posee alcance universal. El tema medular aquí será entonces el factor excluyente susceptible de dividir e incluso enfrentar en batalla sangrienta a la humanidad.


¿Adónde vamos ahora? (2011) constituye además un espectáculo unipersonal donde la directora -gracias al auspicio de la productora francesa Anne-Dominique Toussaint- escribe, produce y protagoniza. En esto también la película se define como extraordinaria, tomando en cuenta la poca cultura cinematográfica en el país natal de Labaki. A lo anterior agreguemos su género -del que, a diferencia de las directoras occidentales o hollywoodenses, ella no se queja por la bien conocida falta de oportunidades. Aquí también experimenta con los confines de las sólidas y a veces incómodas categorías cinematográficas pues bien podría clasificar al largometraje como “tragicomedia musical”.


DANZA FÚNEBRE


La primera escena de ¿Adónde vamos ahora? se despliega como un óleo banal y cotidiano no únicamente en los países de Medio Oriente, sino también en nuestra región. Una voz femenina en off nos sitúa describiendo el entorno. Allá aparece una procesión de mujeres vestidas de luto. Atraviesan el paraje desértico. Van camino al cementerio del pueblo. De repente surge un elemento que en un examen superfluo no encaja con el color de la ropa. Las mujeres comienzan a dar sincronizados pasos de baile. No son alegres ni festivos. Al contrario. Los pasos de baile corresponden a su apariencia. Son pasos de agonía, de pérdida y de dolor que les doblan el cuerpo súbitamente. Una vez que llegan al cementerio, el grupo se divide. Unas van para el lado izquierdo. Otras hacia el derecho. Estamos ante un camposanto dividido por las creencias religiosas, las de la cruz y la media luna. Algunas de las mujeres llevan aquel símbolo al cuello. A otras el velo les cubre la cabeza.


De esta forma Labaki rompe con el realismo característico de películas con temas similares y en algunas secuencias claves de su obra incluye cortos números musicales: una viuda católica y un albañil musulmán enamorados bailan dentro de la taberna a medio renovar, una especie de aquelarre donde las mujeres del pueblo preparan alimentos con hachís para luego enterrar las armas de fuego, y así sin recargar el largometraje con tales momentos de jocoso respiro. Tal vez sean ecos del pasado de Labaki como directora de videos musicales.


La historia a desarrollar la leemos casi todos los días en los periódicos, los propios y los ajenos, los cercanos y los distantes. En una aldea aislada de Medio Oriente, gente de distintas religiones convive en una tensa calma. Hay un puente muy angosto para salir de ahí y el pueblo se halla además rodeado no sólo de desierto sino también de minas terrestres. Cuando por la única televisión del lugar los habitantes comienzan a enterarse de reportes sobre nuevos actos de violencia entre cristianos y musulmanes dentro de otras localidades del país, también en la suya se dan manifestaciones de odio. Al principio inofensivas. Hasta que alguien se encoleriza y los maltratos aumentan de tono: sangre en vez de agua bendita, la entrada de los animales a la mezquita con sus puercas consecuencias, una imagen de la Virgen María destrozada, un niño inválido zarandeado por alguien de la religión contraria.


Los hombres y los jóvenes están listos para tomar las armas. Las mujeres -quienes se reúnen por lo regular en la taberna de Amal tras el cierre- harán gala de su astucia para ocultar la información fuereña, distraer a los hombres y evitar más baños de sangre. En algún momento, y a pesar de pudores, se les ocurre traer al pueblo a cinco bailarinas ucranianas de diminutos atuendos para mantener a sus hermanos, esposos e hijos con las babas estilando. Sin embargo, no son capaces de romper todo contacto con el exterior. El relato pasa de la comedia a la tragedia cuando hacia el final un personaje muere y tanto su madre como las mujeres de la aldea deciden reprimir la pena para no atizar el fuego. Y, claro, seguir callando.


CALZAR ZAPATOS AJENOS


El desenlace -auspiciado por los dos líderes religiosos de la localidad, el sacerdote y el imam- nos presentará, con la estratagema más desesperada, un cambio de roles que denuncia al máximo lo absurdo del comportamiento de los hombres del pueblo. Sólo calzándose los zapatos del otro alcanzarán un poco de paz. Nadine Labaki echa al fuego todos los recursos a la mano para contarnos esta historia conmovedora, divertida y tan dolorosa como humana. A diferencia de otras cintas, la utilización de actores no profesionales en nada empaña el mérito de la narración pues se nota la lucidez proveniente de la silla de la directora. Necesaria es la perspectiva de una mujer sobre temas como la violencia, la familia y la convivencia social en los países afectados por la exclusión.


En este caso, la de Nadine Labaki resulta sumamente reveladora, pues regala al cine una fábula moderna digna de aquella ancestral contadora de historias por cuyo poder de persuasión salva la cabeza y nos salva a los lectores. Por eso y más ¿Adónde vamos ahora? visita Cannes en 2011 dentro de la selección “Una cierta mirada”. Salió de ahí con una mención especial del jurado ecuménico como era de esperarse ante el tema y su tratamiento. En otoño de ese mismo año en el festival de Toronto gana el premio de la audiencia. Para concluir, el segundo crédito de la directora libanesa se erige como la confirmación de la que con los años se convertirá en una brillante carrera. Eso a pesar de que el cine, en su país natal, no sea uno de sus bienes más apreciados y la suya se constituya en voz única en tierras áridas.


FILMOGRAFÍA 


Caramelo (2007)


¿Adónde vamos ahora? (2011)


Segmento “O Milagre” en Río, yo te amo (2014)


Twitter: @mabaezduran

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