Microficción: Todo cabe en un jarrito…
Literatura

Microficción: Todo cabe en un jarrito…

Las microficciones forman parte de la historia literaria, sin embargo se puede decir que es a finales del siglo XX cuando se legitiman como género. Grandes escritores, como Víctor Hugo, Franz Kafka, Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, entre muchos otros, lo han cultivado y en los últimos años, gracias a las redes sociales, han retomado cierto auge, pero, ¿cuáles son sus características?

Lamento escribirte una carta tan larga,


pero no tengo tiempo de hacerla más corta.


Karl Marx a Friedrich Engels


Por literatura se puede tomar cualquier texto que sobrepase al lenguaje ordinario en la escritura. Sea novela, cuento, ensayo, poema, etcétera. No es lo mismo una lista del mandado que un poema con forma o temática de lista de mandado, ¿cierto? Tampoco es lo mismo un relato periodístico que un cuento. El primero se relaciona con información o hechos verídicos, mientras que el segundo es una invención, es decir, una ficción.


La micro o minificción es un género literario relativamente joven, caracterizado por su brevedad. Es una expresión que con frecuencia juega con los géneros, la intertextualidad, metatextualidad, reescritura de temas clásicos o parodia de los mismos. Es una especie de hermano menor del cuento, dentro de la modernidad y la posmodernidad.


¿MICRO QUÉ?... ¡BAH!


No son pocos los que aseguran que estos textos súbitos son de dudosa calidad literaria y que en muchos de los casos bordean confusamente los límites de la narrativa. Que sólo son simpáticas ocurrencias más o menos ingeniosas y, con frecuencia, de factura repetitiva y expresión 'facilona'. “Tan menguados en extensión como en calidad”, asevera Miguel y Paz Diez en Cincuenta cuentos breves (Cátedra, 2011).


No obstante, paralelamente a estos comentarios, encontramos que cada vez son más los militantes, estudiosos y gustosos de la microficción. Cada vez hay más teóricos, críticos, practicantes y antologías de estas miniaturas literarias. Además, en la actualidad, su cercanía con algunas redes sociales parece revitalizarlas.


¿MICROTEXTOS O MICROFICCIONES?


No todos los microtextos (un haikú, un caligrama, una sentencia) son microficciones. En cambio, hay microficciones que coquetean o conquistan pequeños terrenos de otros géneros.


Julio Cortázar decía que, a diferencia de la novela que debe trabajar su knock-out largamente, el cuento debe tener punch. Sin abandonar el ejemplo pugilístico, el microrrelato bien puede ser el puñetazo rápido y certero que deslumbra en cada uno de los rounds: ahora un crochet al rostro, ahora un gancho al hígado y, por qué no, un sorpresivo uppercut a la barbilla que nos deje espaldas planas.


La microficción puede llevarse una hora o más en ser explicada. Y sólo diez o cinco o un minuto en leerse. En disfrutarla. ¿Qué tal unos ejemplos?


Hablaba y hablaba…”


Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar y hablar y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro. (Max Aub: Crímenes ejemplares, 1991).


Cuento “117”


¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio (Ana María Shua, La sueñera, 1984).


En memoria de Escher”


Sin saber qué hacer con sus secretos se ranuró el pecho y uno a uno insertó -doblados con minucia- los poemas, las cartas, las tarjetas amorosas. Terminada la tarea, apretó las manos ensangrentadas sobre el tajo abultado y descansó.


Cuando la encontraron, una bandada de pajarillas de papel se desprendía de aquella herida y partía por la ventana. (Mónica Lavín, El canto de la salamandra, 2013)


HACE MUCHO TIEMPO...


La microficción antecede, en sí, al hecho literario. En todas las épocas, desde las más remotas, se han contado o escrito narraciones brevísimas: algunas autónomas y otras, la mayoría de las veces, intercaladas dentro de libros con historias más extensas, como en Las mil y una noches o Don Quijote de la Mancha.


El autor sonorense y ferviente lector-cazador de microficciones, Edmundo Valadés, identificó auténticas miniaturas narrativas intercaladas en textos sumerios y egipcios; en libros sagrados e históricos del viejo Oriente, sobre todo en los chinos. Estos ejemplos, de variadísimos autores y de diferentes épocas: antes o después de Cristo, se concentran en su antología El libro de la imaginación (FCE, 1984).


Otros ejemplos claros de cuentos brevísimos y antiquísimos son las fábulas de Esopo (siglo VI a.C.), colecciones hindúes, como en el Panchatantra (siglo IV a.C.), recopilaciones de la cultura sufí o en los exempla medievales europeos, por mencionar algunos casos de inesperados o fortuitos minicuentos esparcidos en la antigua tradición oral y escrita.


CARACTERÍSTICAS BÁSICAS


Pueden resumirse en tres: la brevedad, la narratividad (contar algo) y la ficcionalidad. Los textos que no reúnan esos tres rasgos deben ser considerados como representativos de otras categorías breves: aforismo, máxima, anécdota, chisme, micropoema, chiste a secas, pero no una microficción.


En la escritura actual los géneros se fragmentan y se recombinan, produciendo toda clase de 'capirotadas' narrativas. Es la época de la fugacidad y la hibridación genérica.


VOTA POR LA MICROFICCIÓN


Se puede asegurar que a finales del siglo XX ya se había completado el proceso de legitimación de la microficción. En la literatura contemporánea, el microrrelato se escribe con más frecuencia que nunca. No es el género literario dominante, como lo fue la poesía en el siglo XVII o la novela en el siglo XIX, no obstante, la microficción sí que está bien enraizada en la historia de la literatura.


Y la semilla ha dado frutos reconocibles en la obra de escritores como Víctor Hugo, Alfonso Reyes, Robert L. Stevenson, Jorge Luis Borges, Franz Kafka, Juan José Arreola, Julio Cortázar, Marcel Schwob, Julio Torri, Guillaume Apollinaire, Marco Denevi, Charles Baudelaire o Eduardo Galeano, son sólo algunos de los grandes autores que desarrollaron, unos más conscientes que otros del género, microficciones.


Aún en las décadas de los sesenta y setenta una minificción como “El dinosaurio”, de Augusto Monterroso, despertaba el sarcasmo o el desconcierto. Un lector desprevenido podía sospechar de la seriedad del escritor.


Y es ahora que la minificción existe formal y oficialmente como un receptáculo en el que se puede depositar o mezclar, con brevedad, las máximas, el ensayo, el relato, la fábula, la reflexión, la lírica, la epístola, el cuento, la viñeta.


Pretender, en este género como en la vida actual, una rigidez conceptual es inútil: el cambio es permanente.


COMO CUENTOS PERO MÁS CHIQUITOS


Y es que todo cabe en una página, en un párrafo. Y todo quiere decir todo: el orden real o el irreal de las cosas, el natural y el sobrenatural, la materialidad y la espiritualidad, el bien y el mal, así como el génesis y el apocalipsis, las utopías y las distopías, lo visible y lo invisible, lo humano y lo infra o extrahumano, la belleza y la fealdad, la pena y el gozo, lo existente y lo hipotético, lo posible y lo probable, la pregunta y la respuesta, el etcétera y los puntos suspensivos… Es decir, todo cabe en una microficción, sabiéndolo acomodar.

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