Antojo de última hora: Un platillo a descubrir de una sentada
Literatura

Antojo de última hora: Un platillo a descubrir de una sentada

Muriel Barbery se vale de discursos ora racionales, ora tremendamente descarnados y dolidos, ora amorosos y confitados, para jugar con la complejidad que encarna una existencia humana y retratar, más que explicar, cuán extrañas llegan a ser las relaciones interpersonales.

La literatura nos ha obsequiado invaluables páginas a propósito de la vida, obra y obsesiones de personajes que son fieles a sí mismos aunque eso implique hacer infelices a quienes los rodean.

Un lugar común de ese tipo de egoístas protagonistas de ficciones es llevar a extremos aberrantes el refrán de “candil de la calle y oscuridad de la casa”.

Maugin, el célebre actor de Las persianas verdes de Georges Simenon, ejemplifica de forma eficiente y bella lo anterior. El mundo goza con él porque no tiene que sufrirlo. Como individuo no hay mucho a su favor. Si un exceso le nace es bienvenido y si prodiga desplantes estos saben a menciones honoríficas otorgadas por el genio.

Ningún acto opaca el brillo de su arte. No sólo asombra cuando se le mira en el montaje final, también causa la admiración de quienes hacen las veces de sus víctimas habituales en el set de filmación. Cómo despreciar a un monstruo capaz de resolver, sin dar la impresión de haber pensado en ello, el enigma planteado por una escena a la que ni el ingenioso guionista ni el agudo director le encuentran una solución plausible. Así vive y así llega a la secuencia final éste entrañable enemigo de la normalidad.

En el extremo opuesto a Gaugin se encuentra Pierre Arthens, el perito gastronómico más celebre del planeta, un hacedor y destructor de emperadores, un ser diseñado para describir a detalle los más etéreos productos de la alquimia culinaria.

Muchos puntos unen al actor y al crítico, los dos son tan 'horribles' como grandiosos; la distancia que los separa se mide con apenas un par de características.

Arthens es el personaje principal de Rapsodia Gourmet, obra de Muriel Barbery (1969), autora francesa que tiene El encanto del erizo como su obra más reconocida.

El endiosado crítico yace en cama, en una habitación de su casa en la calle Grenelle. Él y su familia saben que no volverá a salir vivo de ella. Sin embargo, eso no le impide a Pierre emprender un viaje tan difuso como los recuerdos de una larga vida, tan concreto como los instantes previos a claudicar para siempre.

SUEÑOS

El archivo vital es rigurosamente examinado por Pierre; la memoria gustativa adquiere la función de hilo conductor del monólogo y ocupa buena parte de la novela. Lo demás es un conjunto de espejos con los variados rostros del protagonista, imágenes producto de la óptica de sus familiares, su esposa, sus amantes, aquel a quien designó como heredero, el médico, la servidumbre. También participan de la proliferación de puntos de vista los atípicos apuntes de una mascota y una escultura.

Los espejos se caracterizan por la selección minuciosa de adjetivos que sirven lo mismo para dimensionar aquel talento descomunal como para desnudar la escasa humanidad. Los retratos se valen de una prosa sencilla, clara, de oraciones cortas que pintan como trazos rápidos y precisos la decepción, la admiración, la desesperanza y demás posturas a propósito del moribundo.

Jean, uno de sus hijos, ve en su majestad a un individuo 'purulento' y 'asqueroso', un genio que sin la menor afectación decía: “mis hijos son unos perfectos imbéciles”.

Una de las amantes hace un balance de la relación y no puede evitar preguntarse qué habría pasado si el crítico “hubiera sido hombre de hacer de una mujer algo más que una muñeca disponible en todo momento”.

Anna proporciona una especie de síntesis de las posturas existentes en torno a su marido. Los hijos, menciona, no ven sino a un opresor, un tirano, un déspota. Ella le quiere tanto, demasiado. Por amor y deseo fue capaz de mantenerse junto a Pierre y de arrojar a Jean y sus hermanos en el potro de un torturador.

Muriel Barbery se vale de discursos ora racionales, ora tremendamente descarnados y dolidos, ora amorosos y confitados, para jugar con la complejidad que encarna una existencia humana y retratar, más que explicar, cuán extrañas llegan a ser las relaciones interpersonales.

El odio, parece decirnos la escritora, es la emoción que más se nutre del amor, pero éste también es el principal promotor de un desarme que acaba con un ente por la vía de la negación.

“Lo mortificante no es separarse de quienes te quieren, sino apartarse de quienes no te quieren”, dice Jean momentos antes de reconocer que ama a ese verdugo a punto de morir, un individuo para quien no hay nada más maravilloso que ver el orden del mundo plegarse a sus deseos.

SABORES DE INFANCIA

El ejercicio propuesto por la autora engancha porque a un buen banquete no hay quien le corra.

Además, gracias a ese pequeño universo gastronómico llamado Pierre Arthens el lector puede completar el paisaje de entradas, platos fuertes y postres a partir de sus propias experiencias. ¿Cómo negarse a una lectura que de variadas maneras te transporta hacia la deliciosa memoria del arroz con leche preparado por la abuela o, algo menos elaborado, el sabor inigualable, si bien ligeramente tóxico, del agua extraída de una olla de barro en casa de los familiares rurales.

¿Y qué decir de las tortillas hechas a mano y los alimentos (esa flor de calabaza, por ejemplo) que eran cortados del campo y un par de horas después ya estaban ahí, sobre la mesa, listas para su cita con el paladar? Por razones así, la obra gana puntos.

Pero, ¿qué platillo busca Arthens?, ¿a cuál de todas las masas, a cuál de todos los líquidos pertenece ese sabor esquivo que le impide marcharse en calma? ¿Por qué le produce desazón no recordarlo? Esas son las preguntas que se plantea el hacedor de imperios y destructor de famas de la cocina francesa.

Barbery abre el abultado vientre de su personaje para servirnos, en medidas proporciones, una arrobadora prosa culinaria . La autora comparte formas literarias de degustar la carne, el pescado, las verduras, el pan, el queso, la mantequilla. También reproduce visiones lingüísticas a propósito de la cerveza y el whisky. Los postres, de qué otro modo podía ser, ocupan su eminente lugar en esta obra hecha a partir de trozos de una vida ligada a placeres palaciegos.

No es fácil dilucidar cuál es el objetivo final de las agónicas reflexiones del genio. Cada que parece haber encontrado el pozo memorioso donde habrá de saciar su sed, descubre, a fuerza de honestidad -una que ya no hace daño-, el profundo engaño del que se ha vuelto, a un mismo tiempo, tanto víctima como perpetrador.

Sin embargo, no todo está perdido. Las escenas rememoradas le ofrecen pistas a seguir y él las agota con urgencia, dada la apremiante circunstancia de que se está muriendo.

La pregunta a responder desde los primeros instantes no es otra que ¿será capaz de hallar ese fragmento esquivo en algua parte de su archivo gustativo?

DEGRADACIÓN

La 'degradación' es otro ingrediente que da sabor a la rapsodia.

Muriel Barbery emplea la última recta del deterioro, esa que termina en exhalación y certificado llenado por el médico legista, para hablar de otra descomposición, una que no huele a animal muerto en el lote baldío pero sí a propiedad en exclusiva zona residencial de la capital adquirida con recursos impropios.

La moribunda capacidad de Pierre, cultivada con olfato literario, hace posible la deconstrucción de un platillo refinado, perfecto para el consumidor más exigente, ideal para los más expertos críticos.

El primer bocado dado por el comensal escapa de la boca y regresa en el tiempo hasta el momento en que era una verdura a unas horas de ser cosechada, o una cría en los momentos previos a ser iniciada en los caminos de la engorda.

Barbery nos conduce hacia el origen, hacia los vínculos primigenios entre la cocina y Arthens; así descubrimos que su unión no es tan idílica como aparenta. La perdición de uno mismo implica, además de renuncia, voluntad para no voltear ver las viandas que dejamos atrás.

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