El western moderno de Sheridan: La búsqueda ancestral de la justicia
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El western moderno de Sheridan: La búsqueda ancestral de la justicia

La reserva india de Wind River es una locación poco dócil y se resiste a pasar a un segundo plano. La montaña, los árboles y el suelo nevados, los cuerpos envueltos en gruesas prendas, mantienen el termómetro visual en algún grado bajo cero.

Retratar a la América profunda, la que se vive en puntos apartados de los reflectores y donde la violencia es un método rápido y efectivo para zanjar las discusiones, es el objetivo que han perseguido cineastas como Lars von Trier con su Dogville (2003) o Debra Granik con su Winter´s bone (2010).

A esa lista de paisajistas sociales del celuloide se sumó Taylor Sheridan, un actor convertido en guionista que este año estrenó su segundo largometraje: Wind River (en español le pusieron Viento salvaje).

El filme comienza con una joven nativa, Natalie Hanson, en una situación comprometida, corre por su vida en terrenos de una reserva india en Wyoming, descalza sobre un escenario interminable de nieve y silencio, sin más luz que la provista por el espejo lunar.

Cory Lambert (Jeremy Renner), un veterano cazador, encuentra el cuerpo. La policía tribal reporta el caso y el FBI manda a la inexperta Jane Banner (Elizabeth Olsen). La fuereña, aunque está dispuesta a poner todo de su parte para resolver el crimen, no la tiene fácil. Su desconocimiento de la zona y de los usos y costumbres de la gente le dificulta avanzar en la investigación. Para su fortuna encuentra un aliado valioso en el cazador y oficial responsable de lidiar con la vida salvaje del lugar.

ROJO SOBRE BLANCO

Los crímenes sobre albo fondo suelen tener un aspecto de irrealidad. La pureza manchada impone, en especial cuando tratamos con destinos proclives a sumar obstáculos externos a las cuitas internas.

El personaje de Renner, por ejemplo, debe lidiar con las bestias que bajan de la montaña en busca de alimento, también con la soledad impuesta por un divorcio acelerado por una tragedia irresuelta.

La agente a la que encarna Olsen no sólo debe padecer a causa de su falta de pericia, pronto repara en que la comunidad tiene un duro caparazón forjado para soportar el clima helado y las duras condiciones de vida.

La reserva india de Wind River es una locación poco dócil y se resiste a pasar a un segundo plano. La montaña, los árboles y el suelo nevados, los cuerpos envueltos en gruesas prendas, mantienen el termómetro visual en algún grado bajo cero.

Otro mérito de la cinta es el sonido, no sólo su banda sonora a cargo de Nick Cave y Warren Ellis. Los diálogos, las secuencias, son complementadas con la voz de la ventisca, con la reverberación de los disparos mientras rasgan la cortina de aire helado; cosas así demuestran que no es necesaria una banda sonora siempre activa. Escuchar esa naturaleza endurecida es suficiente para imponer respeto o bien intranquilidad. Y los silencios, muchos, contribuyen a crear una atmósfera espesa, todo parece ralentizarse y sin embargo, nada se detiene.

La cinta de Sheridan transcurre fuera de los refugios, a la intemperie, allí donde murió Natalie, en medio de un insondable espacio en blanco.

PRESENCIA

Recomendar este contenido amerita recordar a Manuel José Othón y decir al lector “Mira el paisaje, nevado y triste, inmensamente triste”. Porque el frío de Wind River es amargo, y como siempre está servido en grandes cantidades, puede ser mortal.

La narración de Sheridan es eficiente y su clímax deviene en una escena digna de los mejores planos del spaghetti western, pero se trata de un producto versátil más de cine negro y moderno; las secuencias de acción son las justas y se otorga una buena cantidad de la hora con 47 minutos de duración a desarrollar los aspectos piscológicos de los personajes.

También es un thriller ejecutado con soltura, sin artificios, pura narración, principalmente en los primeros dos tercios. Lo único que podría considerarse grave sucede en el último tercio, el acto de cierre acaba en malograda escotada, el uso de un flashback prueba que el orden de los factores sí altera el producto.

La fotografía de Ben Richardson es excelente y si bien el ritmo es pausado, no engendra tedio. Cuando la acción se presenta el trámite es relatado con sobriedad y concisión.

El discurso audiovisual atrapa al espectador gracias a la malicia con la que suelta las pistas adecuadas. Sheridan nos muestra el cuerpo, el rastro conduce a la montaña, en un cobertizo se alberga el secreto. No debería haber problema si éste último se abre hasta que el cineasta así lo decide, la cuestión es que en Wind River sucede antes de tiempo. El flashback con lo que 'realmente pasó' no contribuye a reforzar la secuencia final.

El argumento explota efectos lógicos de causas permanentes: la condición social, la marginación y la violencia interaccionan y algo malo se presenta. Como en los westerns, hay alguien dispuesto a buscar la verdad y hacer justicia.

Sheridan se inspiró en el caso real de una joven indígena que fue hallada muerta en una inmensa planicie helada de una reserva india de Wyoming luego de ser víctima de abuso y de haber recorrido varios kilómetros a pie.

JEREMY

Renner es un actor al que han opacado sus recurrentes incursiones en el género de la acción. En ésta ocasión interpreta a un solitario y callado hombre de armas tomar cuya feliz vida familiar concluyó a consecuencia de un sólo error.

Su primer encuadre nos lo muestra camuflado, tirado en la nieve, hay un grupo de lobos en la mira. Lambert tiene razones muy personales para mostrar un encomiable celo a la hora de proteger a la comunidad de los predadores.

Cory creció en la región y se casó con una nativa americana, Wilma. Tuvieron dos hijos y ahora están separados. Natalie, la víctima, era la mejor amiga de la hija de Lambert, muerta tres años atrás en circunstancias similares.

Un Renner silencioso, presto a la acción, sereno en su furor, nos recuerda, gracias al nevado contexto, a justicieros surgidos de referentes cinematográficos como El gran Silencio.

Elizabeth Olsen contribuye con una interpretación decorosa en este Viento salvaje tan simple que sorprende, tan austero que agrada. Los compases y los detalles no sobran ni faltan, salvo por esa nota discordante del flasback ya comentado.

Los secundarios enriquecen el conjunto y el producto es un discurso más duro que solemne.

SENTIDOS

Jane y Cory trabajan juntos para resolver el caso; ella avanza con su sentido del deber por delante; él se pone en marcha determinado a enfrentar el pasado, lo ocurrido con su hija.

Las pizcas de información van sazonando el metraje y alentando la capacidad de atar cabos tanto de los representantes de la ley como del espectador.

El último tercio nos precipita hacia de una secuencia emocionante: los velos caen al suelo, listos a empaparse con sangre criminal o justiciera.

Para esas alturas, la pieza ya nos ha dejado claro que la pureza no es como la pintan. En ese inhóspito lugar hay más que bestias en busca de alimento, como traficantes y agentes de seguridad privada de una refinería cuya hambre anda tras algo más que comestibles.

De un momento a otro, cazadores y presas pierden sus respectivas etiquetas y en el guateque, intercambian papeles.

Quizá la principal virtud del segundo largometraje del también actor y guionista texano consista en no ser lo que parece ser: no es lenta, se mueve con gracia entre el western y el thriller, no se guarda la solución hasta el final.

Si alguien la califica como una obra menor, otro le otorga la categoría de pequeña joya; si alguien le echa en cara su falta de tino a la hora de dejar caer las máscaras, otro le agradece su manejo de una historia tantas veces contada. Así es este deporte de apreciación. No obstante, disfrutarla es sencillo, a veces da la impresión de ser un libro ilustrado, tal es la fuerza que tiene a ratos este cuadro de paisajismo social.

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