Arreola, el ser anecdótico
Reportaje

Arreola, el ser anecdótico

El rey negro no ha muerto

Nació el 21 de septiembre de 1918 en un lugar de Jalisco llamado Zapotlán el Grande, “un pueblo tan grande que nos lo hicieron Ciudad Guzmán […] pero seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán”. En ocasiones, Juan José Arreola se refería a su pueblo natal como Zapotlán de Orozco, por ser cuna del paisajista José Clemente, “el de los pinceles violentos”.

Otra violencia, la Guerra Cristera, se atravesó en su infancia al menos en dos ocasiones. En un viaje por tren, desobedeciendo las instrucciones maternas, se puso a espiar el paisaje por la ventana y encontró una visión horrenda: la sucesión de insurrectos colgados que el ejército dejaba a su paso. Muchos años después enmudecería, por única vez en su vida, al ver entrar al restaurante en que se encontraba al mismísimo general Joaquín Amaro, orquestador de los ahorcamientos.

La segunda incidencia vinculada con el conflicto armado fue que se vio obligado a abandonar la escuela primaria, ya que, al provenir de un hogar con larga tradición de hombres y mujeres de iglesia, no podían matricularlo en una escuela oficial, consideradas punto menos que herejes. En vez de correr los riesgos de mandarlo a un colegio religioso clandestino, su padre prefirió que el pequeño Juan José, el cuarto de sus catorce hijos, comenzara a trabajar. A los 12 años de edad arrancó una polifacética vida laboral cuando fue aceptado como aprendiz de encuadernador.

Decía que tan sólo entre 1930 y 1940 ya había ejercido más de una veintena de trabajos y oficios para ganarse la vida; su cálculo parece verosímil, se sabe que fue mozo de cuerda (cargador y recadero), vendedor ambulante de zapatos, criador de gallinas, empleado de mostrador en comercios dispares, desde chocolaterías y molinos de café hasta tiendas de ropa, abarrotes y papelerías, cobrador bancario, comediante, panadero, vendedor de tepache, burócrata, carpintero, actor de radionovelas, teatro y televisión, abonero, comentarista deportivo, promotor literario y cultural, locutor, encuadernador, impresor, editor, traductor, periodista, escritor, profesor de secundaria, docente universitario y maestro de maestros literarios.

En el extremo opuesto al de sus múltiples ocupaciones, el ocio y los pasatiempos, sus intereses fueron igualmente variados: era aficionado a la tauromaquia, aunque tras la muerte de Manuel Rodríguez “Manolete” declaró que había perdido todo su interés por esta disciplina, practicó la cacería, el ciclismo, las carreras de autos, el ajedrez, la cata de vinos y quesos, el ping-pong, el diseño y tapizado de muebles, el tenis, la pintura y el dibujo.



Foto: Ricardo Salazar

La inagotable cultura del autodidacta Arreola es prueba de los beneficios que puede reportar, cuando menos a ciertas mentes, seguir el ejemplo de Mark Twain, quien presumía de no haber permitido que la escuela interfiriera con su educación. Arreola contaba que se enseñó a caminar perseguido por un monstruoso borrego negro que se escapó del corral y cuya terrorífica imagen jamás dejó de acosarlo y angustiarlo, a leer aprendió “de oídas” y a hablar francés viendo películas. No es gratuito que Daniel Cosío Villegas lo calificara como mala publicidad para la Secretaría de Educación Pública.


HACER

Desde la década de los treinta y durante buena parte de su vida, los apuros económicos le provocaron vaivenes residenciales, alternaba sus días entre Zapotlán, Guadalajara y la capital del país.

En 1937, con 19 años cumplidos, partió al Distrito Federal para ingresar a la Escuela Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) donde conocería a grandes figuras y maestros dramáticos como Fernando Wagner, Celestino Gorostiza, Xavier Villaurrutia y Rodolfo Usigli. Formaría parte de la afamada compañía de este último, Teatro de Media Noche, pero la abandonaría alrededor de 1940, decepcionado tras el rotundo fracaso de varias representaciones durante una gira nacional.

Volvió a provincia, a Guadalajara, y en 1943 fundó junto con Arturo Rivas Sainz la primera de sus revistas, la efímera Eos, publicación mensual que sólo resistirá cuatro números. Al año siguiente contrajo nupcias con la que sería su compañera de toda la vida, Sara Sánchez Torres. De este matrimonio nacieron tres hijos: Claudia, Fuensanta y Orso.

En 1945 se hizo amigo de Antonio Alatorre y Juan Rulfo. De esta colaboración a tres bandas surgió la revista Pan, que alcanzó los seis números y, todavía más importante, dio lugar a fuertes lazos de amistad que ya nunca se romperían. Por esta época, Arreola conoció al actor y director Louis Jouvet que, impresionado con sus cualidades, le ayudó a obtener una beca del Instituto Francés de la América Latina que le permitió viajar a París para estudiar técnica actoral y declamatoria.

Retornó al país un año después debido a complicaciones de salud y comenzó a trabajar en el Fondo de Cultura Económica como redactor de solapas, traductor y corrector de pruebas, gracias a la intervención de Alatorre que, según Arreola, lo hizo pasar por gramático y filólogo. Las palabras de Alatorre quizá no eran la verdad exacta pero tampoco eran una completa falsedad. Por las mismas fechas se integró al Colegio de México como becario del Departamento de Filología, lo que le permitió preparar Varia invención.



Foto: Ricardo Salazar

En 1950 le concedieron una beca de la Fundación Rockefeller para dedicarse a escribir, de aquí surgirá la base que después formará Confabulario. Becario del Centro Mexicano de Escritores en un par de ocasiones (1951 y 1953), entre el 54 y el 57 publicó la colección Los Presentes que incluyó a escritores consagrados y jóvenes promesas. Poco después apareció su famosa colección de cuadernos y libros El Unicornio.

En 1956 comenzó a dirigir Poesía en Voz Alta y colaboró con Radio Universidad. Para 1959 fue partícipe en el rescate de la Casa del Lago, como su primer director organizó talleres literarios y torneos de ajedrez.

En 1961 partió rumbo a Cuba invitado por la Casa de las Américas para impartir un ciclo de charlas y conferencias. Se quedó unos meses más dirigiendo un seminario-taller para escritores cubanos. En esta aventura fuera de las fronteras mexicanas también tuvo complicaciones de salud. De vuelta en México lo nombraron coordinador de ediciones de la Presidencia de la República. En 1964 se integró como docente en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y publicó Mester, la revista de su taller literario, proyecto concluido en 1967, año en el que hizo un papel secundario en el largometraje Fando y Lis de Alejandro Jodorowsky.

Televisa lo invitó como comentarista del Mundial de Futbol México 1970, después le ofreció un programa literario que rápidamente se canceló por falta de audiencia.

La relación minuciosa de sus actividades a partir de este punto, peor que ociosa acabaría por ser aburrida, baste decir que nunca dejó de estar activo, dictaba conferencias, charlaba en emisiones radiales y televisivas —la más famosa, en los noventa, contó con 119 episodios—, siguió dando talleres, editando, prologando, compilando, traduciendo y demás.

En 1992 fungió como director de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco y Televisa volvió a convocarlo como comentarista deportivo, esta vez para los Juegos Olímpicos de Barcelona.


PALMARÉS

Premios, reconocimientos y homenajes de todo tipo no le faltaron en vida al maestro Arreola y resulta difícil discernir los más importantes, aquí un intento.



Juan Rulfo y Juan José Arreola. Foto: Familia Arreola

En 1976 fue condecorado como Oficial de las Artes y las Letras de Francia; en 1986 le entregaron la Medalla Jorge Luis Borges en el marco de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires; en 1998 le distinguieron con el Premio Iberoamericano Ramón López Velarde.

Por partida triple recibió premios que llevaban el nombre de sendos amigos suyos: en 1953 La feria le valió el Premio Xavier Villaurrutia. En 1992 fue reconocido por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, con el entonces llamado Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. Cuando este último acababa de ser instituido, el escritor Fernando del Paso hizo la gira de promoción al lado de Arreola y contaba que un día éste le preguntó: “Oye ¿y si yo hubiera muerto antes que Rulfo, qué habría sucedido?”, a lo que del Paso respondió: “Hubieran creado el Premio Juan José Arreola, y se lo hubiera sacado Rulfo”. Cierra la tríada el Premio Internacional de Literatura Alfonso Reyes otorgado por el Consejo Nacional para la Cultura y la Artes (CONACULTA) en 1997.

Siendo como era un autodidacta cum laude es cuando menos simpático que en 1996 la Universidad de Colima le entregara el título de doctor honoris causa; la Universidad Autónoma Metropolitana le concedió el mismo honor, de manera póstuma, en 2002.


ESCRIBIR

Su bibliografía es más bien breve. No obstante, recientemente Orso Arreola ha manifestado que ese es el mayor mito a propósito de su padre, que “escribió poco”. La aseveración, como tantas otras, está sujeta a interpretaciones, podría argumentarse, por ejemplo, que escribió bastante más que su contemporáneo y amigo Juan Rulfo, pero su producción es poca comparada con la de su discípulo, y también amigo, Vicente Leñero.

Rastrear la bibliografía de Arreola presenta una dificultad extra al menos en lo que atañe a sus relatos. Hay demasiadas antologías y compilaciones que agrupan textos de sus distintos libros. El maestro de Zapotlán hizo selecciones personales, tomando cuentos de un libro y de otro, como si fueran piezas de rompecabezas, pequeños azulejos móviles e intercambiables que ordenó y reconfiguró como si se empeñara en construir un mosaico que no acabara de mostrar la imagen deseada.

Su primer libro de cuentos, Varia invención, data de 1949; siguió Confabulario, publicado en 1952 por el Fondo de Cultura Económica (FCE). La edición original de los textos que conforman Bestiario, acompañada por los facsímiles de una serie de 24 dibujos de Héctor Xavier, apareció en 1958 con el nombre Punta de plata, un proyecto editorial de la UNAM. En 1971 y 1972 se publicaron Palíndroma y Bestiario, ambos bajo el sello Joaquín Mortiz.

Entre las compilaciones destacan Confabulario total (1941-1961), del FCE, Confabulario definitivo editado por Cátedra y Narrativa completa del sello Alfaguara.

Su única novela es La feria (1963, Joaquín Mortiz). La estructura fragmentaria y al mismo tiempo totalizadora de la obra, conformada por 288 partes, la convierte en uno de los ejemplos cumbre de una suerte de subgénero que los teóricos han denominado “minificción integrada”.



La feria que se realiza en Zapotlán el Grande, como parte de las fiestas patronales de San José, da pie a un relato no lineal, con multiplicidad de voces que dan saltos temporales de extensión variable.

Su prosa es lo más conocido, comentado, recomendado y analizado de su producción literaria. Se considera que sus textos, junto con los relatos de Juan Rulfo contenidos en El llano en llamas (1953) y los de Carlos Fuentes de Los días enmascarados (1954), renovaron en más de un sentido el cuento mexicano.

Lo que más se destaca es la brevedad de sus creaciones en una época en que los relatos cortos se extienden a diez o más páginas; la variedad de estilos y tonos narrativos que van de la epístola al manual de instrucciones o el anuncio comercial y, desde luego, la forma y los giros plenos de fantasía, absurdo, ironía, sátira y espíritu lúdico.

En cuanto a la dramaturgia los dos títulos mencionados de forma recurrente son Tercera llamada, ¡tercera!, o empezamos sin usted y La hora de todos, considerados más como curiosidades o muestras de la versatilidad de su autor que como grandes ejemplos de genialidad en el género. La hora de todos ganó el Premio del Festival Dramático del INBA.

También es autor de dos ensayos a propósito de quien fue uno de sus autores favoritos: Ramón López Velarde: una lectura parcial (1988) y Ramón López Velarde: el poeta, el revolucionario (2000).

El quehacer poético del jalisciense se reunió en Antiguas primicias (1996), en coedición de la Secretaría de Cultura y el Gobierno de Jalisco. Además, Orso Arreola prepara la publicación de Poemas y dibujos, que rescatará diez acuarelas y cincuenta poemas de Juan José.


HABLAR

La otra gran vertiente de su obra es su vastísimo legado oral. Como ya se ha señalado fue un infatigable conferencista, pero sobre todas las cosas le gustaba charlar y podía hablar de lo que fuera con entusiasmo y conocimiento a partes iguales. Colaboraciones radiofónicas y televisivas son pruebas innúmeras de su genio para hilvanar discursos cautivadores y divertidos, capaces de entretener y embobar a públicos de lo más dispares; además, persisten múltiples testimonios de aquellos que tuvieron la oportunidad de refugiarse un rato bajo las ramas de este “árbol de palabras”—apelativo que le fue dado por Julio Cortázar—, quienes crecieron bajo su tutela no lo hicieron jamás a su sombra si no a su luz, señaló en su momento Fernando del Paso.

Ejemplos de su encanto, accesibilidad y disposición a soltar la lengua sobran. Un escritor zacatecano, por ejemplo, tuvo la fortuna de encontrarse con él allá por los ochenta. Arreola se encontraba filmando una de sus emisiones televisivas y, en un descanso, el afortunado transeúnte, que aún no era escritor sino militante revolucionario, se atrevió a acercarse para saludar al maestro. Por entonces, él ignoraba todo sobre quien sería objeto de la charla del maestro de Zapotlán, pero ese desconocimiento le permitió gozar 15 minutos de monólogo arreoliano a propósito de su paisano Ramón López Velarde, con una estatua de Don Quijote y Sancho Panza apadrinando el encuentro. La disertación seguramente se hubiera alargado pero el productor entró en escena y exigió continuar el trabajo de grabación.



Foto: Wiki México

Javier Treviño, poeta y periodista, relata como su admiración por el autor de Confabulario le llevó a cruzar medio país y, sin más, plantarse en la puerta de su casa. El maestro Arreola le recibió con simpatía, le invitó jugar una partida de ajedrez, pero Treviño declinó la oferta, a su vez, Arreola prefirió no hablar de su obra, sugirió que la poesía fuera el tema de la charla. El visitante pidió ver la capa que le entregaron en Francia y el recién nombrado Oficial de las Letras accedió, guiándolo a su habitación. Arreola colocó la prenda sobre los hombros de su interlocutor. Tras pasar un rato concluyó una tarde en que Treviño le escuchó hablar de poesía en general y de Las Quimeras de Gérard de Nerval en particular.

Ante la imposibilidad física de disfrutarlo en vivo, la magia de la tecnología, mediante plataformas como YouTube o páginas que homenajean y recuerdan al escritor, ha puesto a sólo un clic de distancia una buena muestra de contenidos que permiten al curioso o al admirador recrearse con los ingenios de un maestro artesano de la palabra, comparación de la que tanto gustaba y que atribuía a la herencia de su noble linaje: herrero por parte de madre y carpintero por vía paterna.

Gracias a la UNAM y su colección Voz Viva de América Latina hay audios en que Juan José Arreola lee textos de Pablo Neruda y de Carlos Pellicer; en una serie similar, Voz Viva de México, se dedicaron dos cintas al jalisciense, una titulada Confabulario (1960) y la segunda simplemente Selección (1985).

Una historia mucho más conocida, pero no menos importante, como testimonio de riqueza oral, es que los textos de Bestiario no fueron escritos por Juan José Arreola, que atravesaba un tremendo bloqueo. Ante el cúmulo de plazos vencidos, en la última de las últimas oportunidades para cumplir el encargo, a alguien, pudo ser Vicente Leñero, Eduardo Lizalde, Fernando del Paso o José Emilio Pacheco, se le ocurrió que el único recurso disponible era el dictado.

El 8 de diciembre de 1958, un José Emilio de diecinueve años, armado con la pluma Sheaffer de tinta verde, que vino a estar unida a su imagen cual si fuese el atributo de un santo, fue a plantarse en la esquina de Elba y Lerma, el domicilio de su maestro, y con firmeza anunció: “No hay más remedio. Me dicta o me dicta”. Transcurridos los bíblicos siete días que requirió Dios para crear el cielo, la tierra y todo lo intermedio, el 14 de diciembre, un día antes de la fecha de entrega, concluyó la labor del demiurgo; así el cuento tiene un final feliz y un epílogo emotivo, cortesía de Pacheco: “Cuando entre al infierno y los demonios me pregunten: —Y usted, ¿qué fue en la vida?, podré responderles con orgullo: —Amanuense de Arreola”.

Sus memorias siguieron el mismo proceso de “no escritura”, quizá merced a la exitosa experiencia anterior. El caso es que treinta y cinco años después, en Guadalajara, el autor contaría con otro amanuense de lujo llamado Fernando del Paso. Esta vez en condiciones menos trágicas, sin plazos acuciantes, dictó lo que se convertiría en Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947).

En adición, existen múltiples transcripciones de conferencias, entrevistas e improvisaciones verbales, entre las que cabe mencionar ¿Te acuerdas de Rulfo, Juan José Arreola? Entrevista en un acto de Vicente Leñero, La palabra educación, una selección efectuada por Jorge Arturo Ojeda y Apuntes de Arreola en Zapotlán, de Vicente Preciado Zacarías.



Tv UNAM

JUGAR

Juan José Arreola no era en lo absoluto solemne, le gustaba divertir y divertirse. Se le puede describir como contradictorio, lo suficiente para alternar episodios de claustrofobia y agorafobia, como excéntrico, montado en su Vespa engalanado con traje negro y ondeando al aire la mítica capa, bajo la que se decía que ocultaba una botella de tequila—, también como enfermizo y aquejado por trastornos nerviosos y psicológicos, que según el Centro Virtual Cervantes tendrían su germen en “un fuerte golpe en la cabeza” sufrido cuando apenas tenía un año.

Su ánimo juguetón se pone de manifiesto en la totalidad de su quehacer; aunque no siempre llegue a buen puerto. Ejemplo de ello es el episodio referido por Juan Carlos Talavera en una nota de Excélsior titulada “Juan José Arreola, el genio humilde”. El año es 1968, quizá inspirado por las justas olímpicas, Arreola selecciona un madero de su carpintería que juzga apropiado para ejecutar un salto con garrocha, toma carrerilla, se apoya, pero a la mitad de la proeza la madera cede; el escritor da con sus huesos en el piso y su único premio es verse obligado a permanecer postrado en cama durante un mes a resultas de un derrame del líquido sinovial y una lesión en la espalda.

Su juego preferido, más que el cultivo de su propio personaje, fue el ajedrez. Sentía auténtica pasión por “el tablero de blancas noches y de negros días”, como lo describe en su cuento “El rey negro”. Era un gran conocedor de teoría, jugadores y campeonatos. Promovió el arte de los trebejos casi tanto como la literatura, confesaba haberle dedicado miles de horas más que a la escritura y decía que hubiera preferido ser recordado como ajedrecista antes que como escritor. A finales de los cincuenta fundó, en la esquina de Varsovia y Avenida Chapultepec del extinto Distrito Federal, el club Filidor. En 1963, coordinó la visita a nuestro país del recién coronado campeón del mundo, Tigrán Petrosián. Durante el histórico campeonato mundial de ajedrez de 1972, en el que Bobby Fisher derrotó a Boris Spassky, Arreola fungió de comentarista.

Una de sus mayores ambiciones era conseguir que la enseñanza del ajedrez fuera obligatoria en las escuelas primarias públicas por sus cualidades como formador del espíritu analítico. No lo consiguió. Sí logró unificar las dos instituciones que existían en el país, la Federación Mexicana de Ajedrez y la Federación Provincial de Ajedrez, refundando así la Federación Nacional de Ajedrez de México, A. C. (Fenamac) en los setenta, a renglón seguido fue nombrado presidente del renovado organismo.

A propósito del escaso éxito que el deporte ciencia tiene en el país, Arreola tenía su propia teoría explicadora, que fundaba en la tan manoseada idiosincrasia: “Tenemos una repugnancia original al ajedrez los mexicanos, porque el ajedrez elimina las circunstancias azarosas y nos compromete a una hazaña individual, nos obliga a una confrontación pura, sin recursos de fuerza física. Porque, fuera de que a usted le toquen blancas o negras, no hay más posibilidad de azar en ajedrez. Porque no es azar que el adversario cometa un error, como no es azar que lo cometa yo mismo. Entonces todo depende del acierto o del error, y aciertos y errores son obras nuestras. Sólo sabemos jugarnos la vida a cara o cruz, águila o sol. Buscamos juegos donde el azar impere”.



Foto: Feria Municipal del Libro de Guadalajara

Con esos antecedentes no es raro que la Fundación Kaspárov de Ajedrez para Iberoamérica se uniera a los festejos por el centenario del juglar organizando, en conjunto con la UNAM, la Copa Internacional de Ajedrez Juan José Arreola, llevada a cabo el pasado mes de abril.


LOS OTROS

Arreola convivió y forjó amistad (también hubo algunas enemistades) con muchos escritores; a varios de ellos los que publicó y en muchos casos formó, a través de talleres y otras formas de tutela. Juan Rulfo recordaba que: “Ese hombre no nomás nos enseñó a escribir, primero nos enseñó a leer”. Autores que encajan en alguna de las categorías mencionadas son: Alfonso Reyes, Octavio Paz, José Revueltas, Fernando del Paso, Beatriz Espejo, José Agustín, Augusto Monterroso, Eduardo Lizalde, José de la Colina, Vicente Leñero, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Emmanuel Carballo, Carlos Fuentes, Federico Campbell, Antonio Alatorre y Sergio Pitol
Otras figuras literarias lo reconocieron de variadas maneras y tratándose de un hombre en el que todo era anécdota hay algunas particularmente reveladoras.

A los 23 años tuvo la suerte de contemporizar con el cónsul general de Chile, quien quedó encantado con el joven tras escucharle recitar “Farewell” y el “Poema veinte”. Fue tal el embrujo de Arreola que el diplomático lo invitó a acompañarlo a la URSS en calidad de secretario particular, oferta que declinó. El mejor testimonio de la fuerza que el escritor en ciernes irradiaba es la dedicatoria que Pablo Neruda le escribió en una edición de Veinte poemas de amor y una canción desesperada: “A Juan José Arreola, con fe en su destino”.

En 1954, Julio Cortázar le envió una misiva en la que consigna: “Usted es una hormiga león, si son las hormigas león las que hacen un embudo en la arena para que sus víctimas resbalen al fondo. Cuatro palabras y zás, adentro. Pero vale la pena ser comido por usted”; y agrega: “[…] acabo de leer sus cuentos —y releer los que más me gustan, y después superleerlos, que consiste en leerlos en el recuerdo—, y estoy contento”.

Durante su breve estancia en Cuba, cuenta la leyenda, Gabriel García Márquez lo condujo hasta Fidel Castro y se lo presentó con las siguientes palabras: “Es el escritor que más me gusta, después de mí”.



Juan José Arreola y Gabriel García Márquez. Foto: Familia Arreola/Fonoteca Nacional

El mano a mano que no puede dejar de mencionarse ocurrió en 1978. Ese año se dio cita con el maestro de la palabra, Jorge Luis Borges, so pretexto de una entrevista para televisión. Un día antes de la reunión en el set, en el hotel Camino Real, tuvo lugar un encuentro previo que el mexicano grabó en un casete. Borges dijo que la charla no fue tal, que Arreola hablaba y él se permitió intercalar algunos silencios, luego, con benevolencia, concluyó que “cuando alguien está hecho de palabras no piensa, sino que habla —o escribe— para poder pensar”.

En otra ocasión manifestó: “Creo descreer del libre albedrío, pero si me obligaran a cifrar a Juan José Arreola en una sola palabra que no fuera su propio nombre (y nada nos impide ese requisito), esa palabra, estoy seguro, sería libertad. Libertad de una ilimitada imaginación, regida por una lúcida inteligencia”.

La transcripción del audio, puede consultarse en: http://www.jornada.com.mx/2003/05/18/sem-borges.html y el video de la entrevista oficial en: https://youtu.be/VPxShPjwP-g y https://youtu.be/_A1acA6D1Yc. Ambas son bellas muestras del ingenio, la erudición y el humor de estos personajes.

La influencia de Juan José Arreola está presente mucho más allá de su centenario. Para introducir la canción “Los ojos cerrados”, el rapero español Rapsusklei utiliza un fragmento de discurso arreoliano a propósito de la poesía y sus posibilidades. En “Kalenda maya”, del grupo mexicano La barranca, la propuesta musical es acompañada por una apresurada lectura del texto homónimo del jalisciense.

La entera presencia del artesano de la palabra, inquieto como una ardilla, recordaba a “un duende hechizo actuando en un cuadro de Remedios Varo”.

El pájaro meditabundo, el histriónico, el de las manos de titiritero, el prestidigitador, la hormiga león, el último de los juglares, murió en Guadalajara el 3 de diciembre de 2001. Perdió la partida contra la hidrocefalia que lo aquejó durante tres años.

No se nos fue volando, como dijo Hugo Hiriart parafraseando el poema que Neruda dedicó a Alberto Rojas Jiménez. No. Su cerebro se anegó, retornando al líquido primigenio del que proviene la vida entera. Sin embargo, no ha muerto. Es privilegio de ciertos individuos, de los buenos escritores por ejemplo, no morir del todo: vive su literatura, vive su legado. Juan José Arreola dejó de escribir hace tiempo, pero nosotros no hemos dejado de leerlo. El juego continúa, jaque, mueven negras. Larga vida al rey.

Comentarios