El 68 en el país del mañana
Reportaje

El 68 en el país del mañana

Silencios que se abren

No cabe duda de que el año políticamente más convulso del siglo XX fue 1968, con sus ideales, con sus utopías y el cambio de un sistema en agonía, preguntas y cuestionamientos en lo alto. Si recordamos la cronología, su inicio se dio en febrero, con la ofensiva del Tet (celebración del año nuevo chino) en Vietman que marca el inicio de la derrota de los Estados Unidos.

A la creciente inconformidad popular contra la guerra en el país asiático, los estadounidenses agregaron otra mala noticia cuando el 4 abril de ese mismo año los medios difundieron que había sido asesinado el líder afroamericano y activista por los derechos humanos, Martin Luther King. Se prendió el polvorín de protestas que el gobierno norteamericano denominó como “la insurrección de la raza negra” con su exigencia para el reconocimiento los derechos civiles de la comunidad negra en la Unión Americana.

Los conflictos internacionales se agudizaban. Los países jugaban al ajedrez de la geopolítica con amenazas nucleares y tramas de espías. El 6 de junio, poco antes de que estallará el Mayo francés, otra noticia sacudió a los estadounidenses, el asesinato de Bobby Kenedy, candidato demócrata a la presidencia, partidario de poner fin a la guerra de Vietnam, un joven cuya plataforma antisistema gozaba de credibilidad y que se ofertaba a los jóvenes electores como el último vínculo con un sistema obsoleto.

Uno de los episodios más románticos de ese año histórico fue la Primavera de Praga. El cine y la literatura han retratado este hecho como un experimento socialista pensado por socialistas para una sociedad que amaba el socialismo. Fue encabezado por Alexander Dubček, líder político que invitaba a los checoslovacos a pensar este sistema en términos más humanos. Su reforma incluía apostolados como promover una prensa de investigación que no fuera simplemente un medio para trasmitir los ideales de un partido.

Cansados de la opresión, en su proyecto de socialismo con rostro humano, el pueblo checo trató de cambiar el orden que les había sido impuesto en 1947 por Stalin. Buscaban que su policía dejara de ser un órgano de control y que se transformara en un servicio comunitario con función cívica. Cuando los húngaros fueron aplastados por los rusos en Budapest, los checos no quisieron romper, por miedo, el pacto de Varsovia.



Primavera de Praga, período de liberalización política en Checoslovaquia. Foto: Josef Koudelka

Molestos, los rusos enfilaron sus tanques hacia la resistencia poética en la plaza de San Venceslao, donde sus pensadores, creadores y población en masa esperaba por ellos con el himno nacional a todo volumen y consignas pintadas en la pared que decían “Moscú mil 200 kilómetros de Praga” y “Lenin, despierta, todos se han vuelto locos”. Un cuarto de siglo más tarde, cuando Gorbachov inició las reformas del comunismo, Alexander Dubček fue liberado de prisión y pudo dejar en claro que sus postulados del 68 eran tan ciertos que ahora se conocían como la Perestroika, una reforma que apuntaba en la misma dirección que el experimento que le había costado más de dos décadas de encierro.

Para muchos investigadores, el último evento histórico del 68 con la fuerza para cimbrar al mundo, sucedió en México, en su universidad nacional, con un movimiento estudiantil contra la represión gubernamental.
En una época en la que los estudiantes encabezaban la vanguardia del cambio y el pensamiento en Europa y Estados Unidos, el 2 de octubre en Tlatelolco, a unos meses de las elecciones presidenciales, el Ejército salió a las calles, los disparos sonaron, la manifestación cultural que reflexionaba sobre su México se sujetó el vientre herido.


EL MAYO FRANCÉS

El mundo atestigüó ese año los movimientos estudiantiles de Argentina, Colombia, Chile, y citas como los debates de la Universidad de Berkeley que invitaban a repensar la función de la guerra. En el 68 también se vio a la primera generación de jóvenes alemanes que salían a conocer el mundo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Además, los hijos de los nazis confrontaban a sus padres, pedían una explicación sobre una barbarie que seguía tan fresca como hiriente.

A finales de marzo y durante las cuatro semanas de mayo, París ardió. Es importante recordar que hay antecedentes importantes de las manifestaciones obreras y estudiantiles en la Ciudad Luz; se vivía la revolución sexual y el boom de la píldora anticonceptiva. En la Universidad de Nanterre, medidas como la regla de mantener separados a hombres y mujeres causaron en la comunidad estudiantil una inconformidad y una movilización que fue escalando hasta provocar que las autoridades violaran la autonomía universitaria. Incluso se formó una lista negra de estudiantes. Entre ellos se encontraba el joven franco alemán Daniel Cohn-Bendit, quien se fue a La Sorbona, con los estudiantes del comité organizador del movimiento. Pronto, el recinto se llenó de consignas de apoyo. Sus paredes decían “Seamos realistas, pidamos lo imposible” o “La imaginación al poder”. Se proclamó una huelga en pleno barrio latino.



Daniel Cohn-Bendit en el 68. Foto: AFP

Cuando hay un intento de la autoridad por levantar el paro en la universidad, los vecinos del barrio se solidarizaron con los estudiantes y se unieron para evitar que la policía sacara a los jóvenes.

Las autoridades parisinas veían el movimiento como un problema estudiantil hasta que los trabajadores de la fábrica Renault se declararon huelguistas. El movimiento se había convertido en un problema nacional, de la semilla brotaba la exigencia de un proceso para reflexionar sobre el rumbo de una sociedad.

En medio de barricadas de este céntrica zona parisina, más de 7 millones de personas escuchaban a Daniel Cohn-Bendit decir que el tercer mundo no estaba en África sino en los suburbios de su propia ciudad. El pensamiento sobre el mundo, decía, tenía que generar una empatía, utópica, pero al fin y al cabo empatía. Todo desde la ampliación del concepto de libertad, de los derechos, surgida de una premisa estudiantil que cuestionaba la educación autoritaria, impuesta. Los jóvenes respondían que ellos debían ser consultados en las políticas educativas porque “las leyes de la educación no se consultan con los alumnos como las leyes de cacería no se consultan con los conejos”.

La historia dice que la deportación de Daniel el Rojo fue el error más grande de Francia. Al hacer camino por Europa se convirtió en un difusor del espíritu francés. 25 años después de este mayo, al ser cuestionado por una periodista acerca de qué le había dejado esa experiencia, Cohn-Bendit respondió, “Fue la única vez que tuve la oportunidad de hacer el amor con la historia”.

Ese nivel de movimiento, masivo, romántico, incluso puso en jaque al gobierno del héroe nacional Charles de Gaulle, protagonista político en la Segunda Guerra Mundial, y fundador de la llamada V República Francesa, diez años antes.

Aquel año enseñó al mundo que las utopías pueden volverse realidades. Laureano García, periodista y vicepresidente de Efe News, dijo sobre este medio siglo de la revolución: “Se cumplen 50 años del 'mayo francés', 'mayo del 68' o 'la revolución de mayo del 68', que no son denominaciones sinónimas. La primera reduce el ámbito territorial a lo ocurrido en Francia. En la segunda se incluye a la llamada 'Primavera de Praga', la matanza de la plaza de Tlatelolco, en México, los movimientos de repulsa a la guerra de Vietnam y otros. Con el rótulo de 'Revolución de mayo del 68' se magnifica la trascendencia de lo sucedido, con un relato propio del mito.

Pese a las versiones noveladas, no hay discrepancias sustanciales en la descripción de lo esencial. En lo que concierne a las conclusiones, el alcance, la valoración y la enseñanza de aquellos hechos, hay de todo, como en botica. André Glucksmann describió a lo ocurrido ese año como una profunda crítica cultural, social y política del capitalismo. Para unos, ha quedado como un revulsivo de la modernidad. Otros lo ven como “el pecado original de los males que hoy afligen al mundo”.



Estudiantes en La Sorbona. Foto: AFP.

EN MÉXICO

La realidad es fragmentaria. Del 2 de octubre no existe sino un relato tan coral como insuficiente. Este último adjetivo no es dicho a la ligera. No por nada investigadores como Sergio Aguayo Quezada llevan décadas intentando responder a preguntas elementales como ¿qué pasó?, ¿quién disparó?, y ¿cuántos murieron?

Las fuentes para acceder a lo ocurrido son variadas, las narrativas suelen coincidir, al igual que las incógnitas, los huecos y los cabos sueltos.

El estadounidense Emerson, nos recuerda Borges, decía que una biblioteca es un gabinete mágico en el que descansan espíritus hechizados a la espera de ser convocados. De un modo similar, uno pensaría que en los archivos generales de gobiernos e instituciones hay materia viva, entendida como una relación, incluso caótica, de acciones, decisiones, correspondencias, documentos que sirvan no para echar luz sino para recrear desde una época hasta sus mentalidades. Y es así, en algún grado. Hay quienes no dejan para mañana lo que pueden quemar hoy y de ese modo se protegen del futuro lejano, ese en el que ya no tendrán la oportunidad de ocultar o quemar el memo, el informe, la orden firmada.

Para mostrarnos una parte, la más brutal del cuadro, existen voces individuales que, de una en una, van conformando una narración tan auténtica como aquello que se ignora y se va descubriendo con paciencia y vigilancia.


PRESENCIAS

Disponible para su descarga gratuita en el portal de la Brigada para Leer en Libertad, ¡No se olvida! Testimonios del 68, es una antología que reúne escritos de Elena Poniatowska, Paco Ignacio Taibo II, Luis Tomás Cabeza de Vaca, Efraín Huerta, entre otros, no sobre el segundo día de octubre, sino sobre todo el año y más allá.

Gracias a los párrafos y versos seleccionados es posible armar un esquema apropiado de lo ocurrido con el Movimiento Estudiantil y descubrir claves para profundizar en el contexto general, los antecedentes y algunas sutilezas de la masacre ocurrida en la plaza de las Tres Culturas.

La columna vertebral del compendio es el testimonio coral de personajes que formaron parte de las protestas, que tuvieron lugar en las reyertas y estuvieron en el lugar de la masacre, o no, en este último caso, porque los órganos represores del Estado mexicano los habían capturado.



Elena Poniatowska. Foto: Notimex-Alejandra Rodrí guez

Elena Poniatowska destaca que ese año pasaron muchas cosas en el mundo pero, “para México, 1968 tiene un solo nombre: Tlatelolco, 2 de octubre”.

En octubre, las campanas ya tenían meses doblando y llamando a muerto, pero no eran campanas regulares, sino la bazuka con la que el 30 de junio soldados mexicanos tocaron a la antigua puerta de San Ildefonso.

En septiembre, las campanas arreciaron, con la toma de Ciudad Universitaria y su medio millar de alumnos y profesores detenidos.
La memoria popular registra la hora, pasadas las seis de la tarde. Y allí estaban presentes, militares y hombres vestidos de civil que llevaban un pañuelo blanco en una mano. La marcha se suspende, no así las tres bengalas verdes que anteceden a los disparos.

La madrugada del 3 de octubre el vocero de la Presidencia, Fernando Garza, se reunió con la prensa extranjera y culpó a francotiradores y agentes externos de agredir al ejército. Agregó que hubo 20 muertos y 76 heridos.

La prensa nacional minimizó el horror, y hubo notas en las que se hablaba de los estudiantes como culpables y de un combate entre el ejército y terroristas.

Poniatowska comparte que el 6 de octubre el Consejo Nacional de Huelga emitió un comunicado y cerró el balance con una centena de muertos, ni siquiera la mitad de la cifra que difundió el rotativo británico The Guardian: 250 muertos.

Ya cerca del final de este texto, leído durante la inauguración del Memorial del 68 en el Centro Cultural Universitario, Poniatowska obsequia dos certezas dolorosas: “Los mataron por creer que podían cambiar al mundo” y ¡Qué gran vergüenza mirar la plaza día tras día sin saber cuántos ni quiénes eran!”


CARÁCTER Y PLIEGO

Ser joven y de izquierda en los sesenta, una forma sencilla de ponerse en la mira. ¿Qué otra cosa podía hacer alguien bajo la influencia de la Revolución cubana, de la fuerza de Fidel Castro, de la generosidad del Che Guevara, cuya muerte en el 67 “nos dejó un gran vacío”.

Para conocer el carácter de los estudiantes en protesta, Paco Taibo II explica, por ejemplo, que esos jóvenes “Éramos extranjeros también en la historia. No veníamos del pasado nacional”



Gustavo Díaz Ordaz. Foto: Centro de Estudios de Historia de México

Un retrato del presidente Gustavo Díaz Ordaz viene firmado por Carlos Monsiváis y pertenece a Parte de Guerra. Tlatelolco 1968, publicado por Editorial Aguilar. En el cuadro dice que: “Tanto confía en su formación ideológica que halla actos de justicia en donde sólo hay represiones”; otro trazo expone que “es muy macho, y gobierna el país como a un hijo rebelde o a una amante levantisca”. En un brochazo contundente señala: ... a Díaz Ordaz le toca hacer que el país siga teniendo amor y respeto a las instituciones. A como dé lugar.”

En “La primera marcha al Zócalo” de Raúl Álvarez Garín se nos recuerda un elemento fundamental del movimiento estudiantil: el pliego petitorio difundido el 4 de agosto.

El autor comparte que la elaboración de ese documento “era una preocupación fundamental por sus enormes dificultades: no podía quedarse corto ante el enorme descontento que se registraba, pero tampoco podía incluir demandas inmaduras”.

Álvarez Garín considera que el texto final cumplió con el propósito de simplificar las demandas del Consejo Nacional de Huelga, tanto que sus seis puntos eran en realidad una sola demanda: el cese a la represión.

Solicitaron: 1.- Libertad a los presos políticos. 2.- Destitución de los generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea, así como también del teniente coronel Armando Frías. 3. Extinción del Cuerpo de Granaderos, “instrumento directo en la represión” y no creación de cuerpos semejantes. 4. Derogación del artículo 145 y 145 bis del Código Penal Federal (delito de Disolución Social), instrumentos jurídicos de la agresión. 5. Indemnización de las familias de los muertos y a los heridos que fueron víctimas de la agresión desde el 26 de julio en adelante. 6.- Deslindamiento de responsabilidades de los actos de represión y vandalismo por parte de las autoridades a través de la policía, granaderos y ejército.


NO ESTUVIERON
Luis Tomás Cabeza de Vaca fue un dirigente estudiantil que no estuvo en la plaza de las Tres Culturas. Unos días antes las autoridades lo habían llevado a Lecumberry.

Luego de reflexionar sobre lo ocurrido, concluyó que políticamente estaban muy mal preparados.

Algunos compañeros teníamos muchos pantalones, mucho corazón, pero a veces nos fallaba la cabeza y la preparación”, compartió y agregó que, en resumidas cuentas, lo único que podían afectar era la posición de autoridad del gobierno.

Se libró de ser aprehendido cuando los militares violaron la autonomía universitaria. Para su mala fortuna, en los siguientes días enfermó de disentería amibiana. Se puso en contacto con Ájax Segura Garrido, supuesto estudiante de una prepa fantasma, para que le llevaran al médico del movimiento. Tiempo después, los estudiantes supieron que Áyax trabajaba para la Federal de Seguridad.



Movimiento Estudiantil de 1968. Foto: El Universal

Sus captores le administraron una cortada en el escroto a resultas de un simulacro de castración. También representaron para él la puesta en escena de su fusilamiento. La golpiza fue generosa. El testimonio de Cabeza de Vaca fue extraído de Pensar el 68, de Editorial Cal y Arena.

Heberto Castillo fue otro de los que pasó el 2 de octubre en presidio. En el libro 1968. El principio del poder dejó el relato de los momentos en que escapaba de las fuerzas represoras. Una pelea con unas personas que intentaron apresarlo le dejó una fisura en el cráneo y una herida en el vientre, “producto de alguna patada con puntera metálica”.

De cuando su alicaído organismo se movilizó para burlar a los soldados compartió que “El miedo da fuerzas. Corrí como muchacho tras los muchachos primero y después delante de los muchachos. No sé dónde perdí el bastón con que me ayudaba a caminar”.


MEMORIA

La memoria fragmentaria del 68 todavía se ve reflejada en notas recientes. Para conmemorar los 50 años del Movimiento Estudiantil, las universidades Nacional Autónoma de México, Iberoamericana y Autónoma de Chapingo, así como el Instituto Politécnico Nacional y el Colegio de México, integraron un Comité Universitario que pondrá en marcha el repositorio digital M68: Ciudadanías en Movimiento.

En esta base virtual habrá documentos, imágenes y grabaciones provenientes de más de 30 archivos públicos y privados sobre movimientos sociales, políticos y culturales que han impulsado el reconocimiento de derechos en el país.

La Ibero aportará la Colección documental del movimiento del 68; el Colmex integrará sus archivos México 1968. Movimientos armados en México.

También se incluirán documentos provenientes de instituciones como el Archivo General de la Nación.

El repositorio se lanzará en octubre.


INVESTIGADOR
Un referente de la investigación documental del 68 mexicano es el libro Los archivos de la violencia, del jalisciense Sergio Aguayo.

La lectura comienza mencionando que a finales de septiembre del año en cuestión el gobierno federal ya había decidido terminar con un movimiento estudiantil que llevaba dos meses y que había sido descalificado públicamente por funcionarios políticos y militares.



Monumento a los caídos del 2 de octubre. Foto: Gandhi

La prosa de Aguayo está llena de trazos precisos y capacidad de síntesis. Nos dice que a las 19:45 empezó una calma relativa apenas perturbada por disparos ocasionales. A las 23 horas se reinició el enfrentamiento, que duró hasta pasada la medianoche. “Policías y soldados detienen a 2 mil 360 personas”, expone.

Su principal motivación a la hora de investigar y preparar el libro, sin embargo, no fue satisfecha. Todavía no se sabe con exactitud lo que sucedió en Tlatelolco.
En 1993, Aguayo fue invitado a una Comisión de la Verdad sobre los hechos. Calificó al ejercicio como “difícil” y “frustrante”. No tenían ni recursos, ni tiempo, ni autoridad ni posibilidad alguna de llegar al fondo del asunto y dar al 2 de octubre una buena explicación histórica.

El repertorio de dudas del jalisciense incluye a qué dependencia oficial pertenecían los helicópteros, cuál era el significado de las luces de bengala, qué papel desempeñó el edificio más alto y estratégico de la zona (el de la Secretaría de Relaciones Exteriores).

Recupera una versión que no forma parte de la narrativa frecuente de los hechos. La de los militares. Porque en la institución castrense se maneja, aunque de cara a la sociedad hayan elegido silenciarse, que el Ejército cayó en una trampa. Aguayo Quezada recupera un gesto que todavía hoy invita a la reflexión: los mandos de la Secretaría de la Defensa Nacional no acusaron a los estudiantes de empezar a disparar contra sus elementos.

Los testimonios disponibles, además, le permiten consignar que el comportamiento de los soldados “fue muy desigual, algunos fueron brutales, otros protegieron, en lo general se mostraron sorprendidos de encontrarse en una situación de ese tipo”.

Con su repertorio de dudas entre las sienes. El investigador complementa el lugar común y le agrega una dimensión ignota porque el 2 de octubre “no se olvida pero tampoco se explica”.


MUTILADOS

Muy temprano en la lectura, Sergio Aguayo explica que en lo relativo al movimiento estudiantil, todos los archivos mexicanos fueron mutilados aunque sin un criterio unificado. La colección más completa, dice, es el Archivo de la Secretaría de Relaciones Exteriores. El más agredido es el del Departamento del Distrito Federal. La base documental del Archivo General de la Nación es la más desigual. La Sedena no respondió a su solicitud.



Foto: Centro Cultural Universitario Tlatelolco

En los primeros acordes expone a gobernantes mexicanos que sabían extraer información y hacían de ella un instrumento para controlar, castigar y silenciar a los opositores.

A Díaz Ordaz, con toda su paranoia y su compromiso con defender a las instituciones mexicanas del enemigo, ya fuera extraño o propio, no le faltaba decoro hasta que lo perdía. Por eso, cuando los médicos se manifestaron y luego, cuando los estudiantes salieron a las calles, ordenó a Relaciones Exteriores averiguar la manera en que otros gobiernos habían enfrentado protestas similares.

A esas alturas, además, la intervención de llamadas era una práctica habitual de los servicios de inteligencia mexicanos y, el gobierno era extremadamente eficaz a la hora de infiltrar colectivos opositores. Ejemplos destacados de ese espionaje son que en agosto de 1968, la Dirección Federal de Seguridad tenía un informe sobre una “sesión secreta... del Comité Central del Partido Comunista Mexicano”; en noviembre de ese año, Carlos Madrazo, expresidente del PRI reconvertido en promotor de un cambio, se reunió con sus allegados y habló del espionaje. Sus palabras llegaron a oídos de los jefes del régimen porque uno de esos allegados era un agente gubernamental.


FUERZA

En cuanto al uso de la fuerza en el sexenio de Díaz Ordaz, el politólogo expone que no se empleaba ni todo el tiempo ni contra todo el mundo. Sus objetivos eran, por lo general, líderes de los movimientos. Asustar, corromper, eliminar, cualquiera de esas respuestas servía. La violencia se dejó sentir con más intensidad en Tlatelolco y, con anterioridad, contra gremios como el ferrocarrilero o manifestaciones ocurridas en Chilpancingo y San Luis Potosí.

Si bien los militares figuraban en la línea frontal de las fuerzas del orden, junto a ellos estaban la Policía Judicial Federal y el Servicio Secreto del Distrito Federal. Los granaderos, que actuaban únicamente en la capital, lo mismo contenían que atacaban. Otras que participaban de la represión eran las organizaciones paramilitares.

La ley de disolución social de la que se quejó el Consejo Nacional de Huelga en su pliego petitorio permitía aplicar penas de prisión de dos a doce años y multas de mil a diez mil pesos a quienes realizaran propaganda política difundiendo ideas, programas o normas de acción de cualquier gobierno extranjero que perturbaran el orden público o afectaran la soberanía del Estado mexicano.



Consejo Nacional de Huelga, periodistas acuden por primera vez. Foto: Archivo Centro Cultural Universitario Tlatelolco UNAM.

La paranoia en el gobierno acerca de la existencia de agentes externos que confabulaban contra las instituciones mexicanas también alcanzaba, con tintes epidémicos, a la población. Aguayo consigna que en una encuesta ordenada por el gobierno, “¡80% de los mexicanos creía que había influencia extranjera en el movimiento estudiantil!, 40% culpaba a Estados Unidos, 30% a los comunistas, 20% al Opus Dei y el restante 10% no especificaba”.


LA COMPAÑÍA

Los afanes del académico y miembro del Colmex han sacado a relucir el importante papel que jugó la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés) norteamericana en la vida interna de México en esos años.

Por ejemplo, funcionarios del vecino país participaron activamente en la persecución de opositores mexicanos.

Además, la CIA había advertido en 1967 que las clases medias en México habían alcanzado un nivel de sofisticación que podría llevarlas a un conflicto con el sistema de gobierno paternalista.

No obstante, su capacidad para errar quedó demostrada al año siguiente: evaluaron mal el estado de ánimo de los jóvenes del Movimiento Estudiantil.

Los estadounidenses habían ayudado al gobierno mexicano a montar la red de espionaje que le permitía obtener información, prácticamente en cuanto se generaba, de aquellos señalados como enemigos del estado.

Sin embargo, las autoridades mexicanas también mostraron una llamativa incapacidad para procesar la información.

La estrecha colaboración de los gobernantes mexicanos con Washington es uno de los temas en los que Aguayo Quezada se ha enfocado. Acaba de publicar un libro sobre ello, El 68. Los estudiantes, el presidente y la CIA, en el que afirma que Gustavo Díaz Ordaz era agente de la CIA, agente pagado, con salario mensual, reclutado por Winston Scott, jefe de la Compañía en México.

El año pasado, el presidente Donald Trump ordenó desclasificar 2 mil 800 archivos vinculados al asesinato de John F. Kennedy. La noticia fue recibida con entusiasmo por periodistas como Raymundo Riva Palacio y escritores como Guillermo Sheridan. Esos documentos fueron reservados porque contiene información sensible sobre autoridades mexicanas, incluidos al menos tres expresidentes, entre ellos Díaz Ordaz, que fueron reclutadas como informantes del gobierno estadounidense.

Sin cifra oficial de muertos, Tlatelolco se conserva, a ello contribuyen los silencios, cada vez más definitivos de los involucrados y la reserva, cuando no la destrucción, de archivos oficiales, como una mancha profunda en el historial del “país del mañana”, ese en el que se deja para “mañana” la limpieza de la casa, el proyecto que generará un buen ingreso, contar la verdad.

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