Reflejos de la hoguera griega: Aventuras clásicas y cómo embarcarse en ellas
Literatura

Reflejos de la hoguera griega: Aventuras clásicas y cómo embarcarse en ellas

Michael veía a su padre tan alto y tan fuerte como Áyax, rey de Salamina y “No acababa de ponerle rostro a Ulises, pero se encontró pensando en sí mismo como Telémaco, camino de Esparta”.

Hace poco más de dos décadas, el periodista y escritor Fermín Bocos armó un recorrido elemental por el Mediterráneo. Desde entonces, El libro de Michael (1997) es un viaje al alcance de quien desea deambular no sólo a través de coordenadas geográficas sino por algunas de las páginas más valiosas en la historia de la humanidad.

Nacido en Santander, con estudios de medicina y periodismo en Barcelona, el autor ha trabajado para varios medios importantes en territorio ibérico, incluyendo RTVE, Cadena Ser o La Cope.

Hoy día, compagina los afanes literarios con su papel de columnista en medios digitales. También se le dan las salidas a campo a perseguir mitos.

El libro de Michael. La aventura del Mediterráneo, nos presenta a un adolescente recluido en casa por cortesía del sarampión. Lleva tiempo encantado por las historias que le cuenta su progenitor, relatos en los que brillan los yelmos y las fuerzas indómitas del pélida Aquiles y de Ájax, rey de Salamina.

El padre del protagonista no desaprovecha la ocasión de sembrarle buenas lecturas, le deja al alcance los libros de Homero. A lo largo de la historia queda sobradamente claro que el papá está enamorado del mundo griego; no pierde oportunidad alguna para demostrar el dominio que ha conseguido en la materia.

El periodista español tejió una historia de fácil lectura, con función didáctica-divulgativa, y, a la vez, una puerta afable por la cual introducirse a los clásicos. No sólo cumple con introducirnos en varios relatos famosos, también aporta explicaciones sobre el carácter simbólico de los dichos y hechos transmitidos.

NO ES PARA TODOS

La obra no contará nada nuevo a quien ya esté familiarizado con la cólera del pélida Aquileo, el laberinto de Minos, la desgracia de Ícaro, es una novela del conocer. Entretenido e ilustrativo será el recorrido que hace la familia por la cuna de la civilización Occidental.

Todo en la prosa de Bocos está orientado a que Michael, como diría el título de una revista, conozca más. El mecanismo empleado por su papá es tan simple como despertar la curiosidad del púber y luego saciarla. No sólo suministra libros a los jóvenes ojos, también se preocupa de hacer referencias geográficas pertinentes, hace algo de hermenéutica, marca banderas en el devenir temporal. La mezcla también incluye afortunados pasajes de la mano de la antropología.

La exposición es relajada y paciente. El énfasis se pone en que el lector, de preferencia uno sin tanta experiencia, se identifique con Michael y sus cuitas a propósito de sus seres queridos, la escuela, los primeros amigos, la niña simpática de afable plática. El púber disfruta algunas lecciones y otras no tanto, obedece a regañadientes o de buen grado según sus ganas de permanecer despierto, su deseo de escuchar otra historia y el cansancio que traiga.

En 307 páginas más apéndices con el cuadro genealógico de Zeuz y un par de mapas, el escritor español cumple con retratar el efecto que la cultura griega produce en la imaginación gracias a la épica homérica, los filósofos, sus artistas irrepetibles.

Son particularmente agradables las menciones a los empeños de Heinrich Schliemann, un alemán del siglo XIX que consiguió riqueza y un buen día salió de casa con La Ilíada bajo el brazo a buscar la antigua y desaparecida Ilión. No deja de existir polémica en torno a sus hallazgos a poco menos de un siglo y medio de distancia.

BRILLO

Pasar un periodo de convalecencia con pocos pero doctos libros juntos, ¿quién no lo ha hecho? Todos los días son un premio para ese menor que se ha dejado cautivar por las gestas clásicas y tiene, en el hogar, un faro capaz de guiar sus avances, despejar nieblas, y dar refuerzo positivo mediante acciones como unas vacaciones a territorio griego para visitar ruinas.

Además, Michael recibe el consejo de que, cuando crezca, vaya por su cuenta. Seguro que algún día le contará las mismas cosas a su hijo, así es como, en esa familia, atan su raíz a las lecturas. Cuando el adolescente revisa los libros que le presta su padre en una hoja de guarda encuentra fechas y nombres, son sus antepasados que, como el, leyeron el volumen. Así se conforma la tradición del viaje iniciático a célebres escenarios de la Antigüedad.

El brillo principal de la obra está en su propósito de difusión cultural. Bocos aglutina datos valiosos, tanto para quienes comienzan a interesarse en bellas piezas forjadas en zonas aledañas a las aguas del Mediterráneo como para quienes desean emprender un repaso elemental.

Concebida con vocación pedagógica y destinada a iniciar a lectores adolescentes, la abundancia de diálogo entre padre e hijo brinda a la lectura una agilidad muy necesaria, no es sencillo dejar sin recargar ciertos pasajes cuando la materia a tratar es una cultura tan fecunda.

Fermín Bocos también ha escrito La venganza de Byron, El informe San Marcos, El resplandor de la gloria y Viaje a las puertas del infierno.

VIGENCIA

La Iliada, La Odisea, La Eneida, son relatos siempre vivos, siempre vigentes. Una razón de su vigencia es que, al leerlos, los actualizamos, imaginamos las aventuras de los héroes y según nuestro contexto lanzamos preguntas y aventuramos respuestas.

“¿Le gustaría a Ulises y sus compañeros la música de los <<Guns & Roses>>? ¿Volvería a taparse los oídos con cerca, como hizo cuando pasó con su barco frente al escollo en que se encontraban las sirenas?”, es una de las dudas surgidas en el inexperto protagonista y a continuación reconoce que “No cabía esperar una respuesta por parte del héroe, así que sería otro misterio, uno más de los muchos que guarda Grecia”.

El narrador español también hace presentes sus opiniones sobre los autores griegos, en este sentido las loas a Esquilo son ilustrativas. Sobre La Orestíada, las desgracias que abruman a la casa de los Atridas tras la vuelta de Agamenón, expone que “No es nada fácil hacer creíble la pasión, mezcla de odio y vergüenza de Clitemnestra, o la gélida y letal determinación de Orestes empujado hacia su destino por la voz inalterada y terrible de Electra”.

Cuando la madre de Michael le ordena apegarse con más rigor a las directrices médicas, el púber aprovecha para concluir las aventuras en Ilión y acompañar al fecundo en ardides en sus viajes al interior de La Odisea. En esa parte, Bocos describe un síndrome habitual en el ojo lector: “La verdad es que estaba fascinado con las aventuras de Ulises. Intrigado por las mil y una vueltas que el destino y los dioses le hicieron dar antes de regresar a su añorada tierra de Ítaca. No echaba de menos la televisión”.

Michael veía a su padre tan alto y tan fuerte como Áyax, rey de Salamina y “No acababa de ponerle rostro a Ulises, pero se encontró pensando en sí mismo como Telémaco, camino de Esparta, la tierra de su abuela, burlando a los pretendientes de su madre, que le acechaban para matarlo”.

La identificación con la narración de Homero es inevitable, algo de las desventuras de quien cegó a un cíclope, perdió a todos sus compañeros de viaje y renunció a ser dios, se queda en nosotros cuando se echa el cierre. Con apoyo logístico, los mapas que proporciona este volumen por ejemplo, reparamos en que en La Odisea está presente “todo el Mediterráneo, y puede que incluso parte del (mar) Atlántico”. La hoguera griega, amplia en recursos, nunca se destruye; se transforma lo necesario, sería mejor decir que se actualiza apenas lo indispensable, para adaptarse a los ojos del que mira y siempre encuentra motivos de fecunda admiración.

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