Conjura con los meseros
Nuestro mundo

Conjura con los meseros

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Primero una definición de Perogrullo: llamamos meseros a los trabajadores que se desplazan entre las mesas al servicio de los clientes en restaurantes y sitios similares. Si son mujeres les decimos meseras. Es así aunque en películas, etcétera, les llamen camareras y camareros.

Con no poco sobrecogimiento en la conciencia me dispongo a escribir esto por tratarse de asalariados, es mayúsculo mi respeto a la clase trabajadora. Sin embargo, obligados o por su gusto, los meseros se han conjurado con los patrones para esquilar a los clientes con la tradición de la propina.

Digo “esquilar” (cortar la lana a los borregos y faenas similares) con la tradición de la propina a pesar de que, en mi caso, la bolsa de mi pantalón se abre generosa para corresponder “el servicio” en restaurantes de medio pelo, en fondas o gorderías y aun en comederos del mercado.

Sin dolor en la costumbre de ahorrar, dejo que de los cambios (“las ferias”) y de la cartera se viertan con desprendimiento solidario billetes y monedas para completar el acostumbrado diez por ciento con que correspondo “el servicio” sin importar la calidad que tenga.

Pero llegó el día en que la propina, que se suponía voluntaria, se convirtió en obligatoria. Ya antes casi lo era. Me daba cuenta de eso cuando mis amigos pagaban con tarjeta de crédito (yo no tengo ni he tenido) y entonces el mesero les preguntaba cuánto y ellos sin chistar respondían diez por ciento.

A veces esa propina era el triple o más de lo que yo me gasto en un restaurante de sillones con respaldo acojinado. Es una ganancia cuyo destino me despierta la curiosidad: ¿es sólo para el mesero o lo comparte con sus colegas? ¿Y los cocineros y los otros trabajadores? ¿También con ellos comparten las propinas los meseros?

Sin embargo, lo que me atrevo a llamar conjura entre meseros y patrones en contra de los clientes –he de conceder que de parte de los empleados no siempre ha de ser voluntaria– se me apareció –y me desagradó– en uno de los restaurantes que circundan la Plaza Mayor.

Cuando el mesero que nos atendió a Nadia y a mí nos llevó la cuenta, en la nota llenada a mano venía añadido como remate de la cantidad el consabido porcentaje. Sólo por comentarlo le pregunté a mi hija que sería aquello. Me dijo que era lo del servicio.

Como dije antes, las bolsas de mi pantalón son de boca ancha en tratándose de dar propina a los trabajadores. No me duele ni me molesta aunque a veces, con lo irresponsables que somos los mexicanos, “el servicio” se olvide de mí al grado de que con frecuencia por ello dejo de ir a algún restaurante o por lo menos me cambio de mesa.

El caso es que, voluntariamente o no, los meseros se han conjurado con los patrones para aplicar ese impuesto a los clientes. ¿Qué hay en el fondo de esto aparte de la codicia que pertenece al plano de la moral? Respuesta: el fondo de la conjura de meseros y patrones son los bajos salarios.

Para los primeros, más cómodo que exigir un sueldo mejor es complotarse con los segundos para clavar a los clientes el diez por ciento. Si bien el cliente requiere “el servicio” mientas está consumiendo, para ello los contrató el patrón. El patrón les debe pagar, y bien, por hacerlo.

Aunque venga de hace mucho la tradición de la propina (de cuando los servidores no recibían sueldo, salario, pago), en nuestro tiempo debe reconsiderarse. Es una recompensa que no tendría razón de ser si los patrones, como parte de la clase dominante, no se la hubieran impuesto a los clientes.

Ese impuesto, verdadero impuesto, institucionalizado por particulares debe acabarse y ser sustituido por un sueldo mejor. Se lo gana el trabajador por su tiempo dentro del centro de trabajo, por sus funciones, por entregar al patrón parte de su día, de su vida, es decir, por estar enajenado en el trabajo.

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