Sé tú mismo
Opinión

Sé tú mismo

Miscelánea

Pues sí, imposible que sea otra. Aunque con diferentes máscaras, según exijan las circunstancias, la actriz que interpreta los diferentes papeles soy yo.


Sucede que una presidiaria moribunda cambia de máscara y reaparece en escena como una poderosa líder, que una amante esposa interpreta de pronto el papel de auto-viuda. Muchos políticos actúan de delincuentes y no es difícil que un ama de casa tenga sus momentos de poeta.


Hay demasiados extraños dentro de uno mismo, cada uno de ellos con actitudes, vestuarios y máscaras diferentes (el término persona proviene del latín persona: máscara del actor, personaje), pero todos proclaman su derecho a la felicidad: “Amate a ti mismo”, “Sólo se vive una vez”, “Vive tu vida al límite”. “Venimos a cumplir nuestros sueños y a ser felices”, eso sin contar con todos esos amigos intangibles que a través de sus selfis me mantienen al corriente de cómo se la pasan disfrute y disfrute.


Con estas consignas en la pantalla del teléfono celular comienzan mis mañanas. Los mensajes que recibo me adoctrinan y sin darme cuenta voy dando por aceptadas las cosas que tendría el elemental deber de analizar y, llegado el caso, criticar y combatir.


Se insiste en que debo sonreír porque Dios me ama, porque respiro, porque tengo techo y comida. Debo ser feliz porque si no lo soy es por mi grandísima culpa, porque no he tenido el valor de perseguir mis sueños y ni siquiera he entendido de qué se trata la vida, en la que por supuesto, el envejecimiento no está contemplado. Para eso está la fuente de la juventud en las clínicas de belleza: el láser, el bótox, las cirugías, los implantes de silicona y la sensualidad de los labios rellenos. Para eso están los gimnasios y los veganos con sus alimentos desintoxicantes con que la pantallita de mi celular me bombardea a todas horas.


Sobrevaluada, la felicidad juega siempre un papel estelar en todo caso de divorcio o adulterio: “Tú no me haces feliz” o, “¿Quieres ser un obstáculo a mi felicidad?”


Como todos, yo espero que la vida me trate con cierta gracia, aunque me parece una ñoñería la pretensión de ser feliz todo el tiempo y a todas horas. “Por felicidad no alcanzo a entender algo que dure más de un segundo, o puede que dos o tres como máximo”, dice Fernando Savater. Es impredecible, aparece y desaparece con la fugacidad de un colibrí y lo único que se puede decir es ¡detente, porque pareces suficientemente hermosa!


Comienzan a incomodarme los códigos que imponen formas de comportamiento pueriles y egoístas cuando lo que veo es que el mundo se está cayendo a pedazos, que la vida no es justa, que millones de personas trabajan y se esfuerzan toda su vida sin conseguir algo más que su pan de cada día y que el que la hace no la paga.


He visto gente muy mala morir con la bendición papal, y a madres que después de criar una familia numerosa se marchitan solas en un asilo de ancianos. Entiendo que quienes tienen claro su objetivo y toman buenas decisiones atraen más fácilmente la buena suerte. Lo que sucede es que la mayoría de la gente que conozco, incluyéndome a mí, no somos asertivos. Sin querer ser aguafiestas, ¿qué hay de las palabras compasión y solidaridad? ¿Qué hay de mirar al otro en lugar de estar fotografiándonos el ombligo a todas horas? ¿Qué hay de advertirles a nuestros hijos que la vida no es una ronda de tarta y champán?


Pienso –conste que es sólo un decir- que lo que me concierne no es la felicidad sino hacerme digna de ella intentando al menos disminuir los comportamientos con los que yo misma la obstaculizo. Me parece una ingenuidad y una cursilería toda publicidad que nos conmine a ser felices; pero pues… usted elige pacientísimo lector. Yo, de momento, me ocupo de tramitar de la mejor manera mi infelicidad.


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