¿Quién mueve a los que mandan?: A toda acción, una conspiración
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¿Quién mueve a los que mandan?: A toda acción, una conspiración

Sabemos que es Trump por los comentarios que hacen los personajes. Uno de los principales promotores del desastre a resolver a lo largo del serial afirma que “el hombre tuitea como una adolescente”.

El 27 de abril del año pasado, el Washington Post y ABC News dieron a conocer los resultados de una encuesta diseñada para indagar acerca de una de las muchas teorías conspiratorias a las que el presidente Donald Trump ha dado aliento.


Los medios encontraron que cerca de la mitad de la sociedad norteamericana, un 48 por ciento, cree en el concepto de deep state, el cual es definido como un grupo de autoridades gubernamentales, jefes militares y agentes de inteligencia que intentan manipular desde las sombras las acciones del gobierno.


Apenas un 35 por ciento de los encuestados lo percibe como una mera teoría conspiratoria.


La creencia de que el Estado profundo, tal es la traducción del concepto, anda por ahí está ampliamente establecida tanto en el bando republicano como en el demócrata; en éste, el 46 por ciento tiene por cierta su existencia, un punto porcentual más que en aquel.


La idea de un equipo de manipulación operando en las sombras no sólo es una cuestión extendida en el bipartidismo norteamericano, entre los independientes el 51 por ciento considera que sí existe.


Al mismo tiempo, mucha gente no considera que el deep state sea tan influyente como se pretende.


El concepto de Estado profundo, expuso el Washington Post, es más utilizado para describir la situación que se vive en países como Egipto, Turquía o Pakistán, donde figuras autoritarias se encargan de socavar la elección democrática de los líderes nacionales.


En la red también hay disponibles definiciones como: Es el conjunto de poderes que, gane quien gane un proceso electoral, permanece en el poder para decir qué puede y qué no puede hacerse y para perjudicar a quienes se oponen a su agenda.


Ya en este 2018, el canal de cable y televisión satelital Epix trajo a las pantallas una historia titulada, precisamente, Deep State.


FUERTE


La transmisión de la serie concluyó hace unas semanas. Sus ocho episodios muestran la buena salud de la que gozan las tramas de espías preparadas con ingredientes de sobra conocidos: mentiras que tensan aún más la cuerda de los conflictos geopolíticos, traiciones a tres bandas (contra el otro, contra el amigo, contra sí mismo), intereses corporativos, la infiltración de las oficinas de gobierno, el reclutamiento de autoridades por parte de las agencias de inteligencia, ataques deliberadamente errados con víctimas civiles, las filtraciones a los medios, cosas de todos los días en la parrilla televisiva, ya sea en ficciones o telediarios.


El primer aspecto favorable de Deep State es que tiene a Mark Strong como protagonista. No son muchas las oportunidades que se nos han dado de ver a este británico en un rol principal, menos cuando ha demostrado ser un magnífico secundario en éxitos como las dos cintas de Kingsman (2014 y 2017), Kick-Ass (2010) o Sherlock Holmes.


Para los consumidores de cintas de espionaje apegadas a la tradición, Strong es especialmente recordado por su inestimable interpretación de Jim Prideaux en Tinker Taylor Soldier Spy, filme de Tomas Alfredson basado en la novela homónima de John le Carré.


Strong hace de Max Easton, un exagente del MI6, el servicio de inteligencia exterior británico. Sus viejos empleadores le llaman para que les ayude a arreglar un desastre. Easton está reacio a retomar su antigua vida de operaciones encubiertas en lo que Le Carré denominó la unidad de Viajes. Max sería un Jim Prideaux contemporáneo, un “cazadores de cabelleras”, unidad formada en los primeros tiempos de la Guerra Fría, “cuando los asesinatos, los raptos y el chantaje eran asuntos cotidianos”.


La descripción del grupo de Jim hecha por le Carré encaja con el antiguo oficio de Max, “se encargaban de llevar a cabo golpes de mano que eran demasiado sucios o demasiado arriesgados para los agentes con residencia en el país extranjero de que se tratara”.


NADA NUEVO


Nadie pone en duda la calidad de Deep State, las críticas en cualquier caso, apuntan al hecho, uno cierto, de que no trae nada nuevo al nutrido catálogo de productos televisivos clasificables en la “e” de espionaje. Ni tiene una protagonista bipolar como Homeland ni una familia de espías con lealtades divididas como Allegiance ni sigue las peripecias de un matrimonio por patriótica conveniencia como The americans.


Pero tiene a Mark Strong enfrentado a poderes que lo sobrepasan ampliamente, que lo ponen, al menos eso parece, en jaque perpetuo; ajusticiar a esos enemigos no es sencillo dado que están en el mismo bando. Su objetivo primordial será deshacer la madeja de mentiras y descubrir a qué se está enfrentando realmente. La respuesta, pues, viene resumida en el título de la serie.


La fotografía, la ambientación, las actuaciones, la música, todo se palomea con facilidad. Hablamos de un montaje con talento de sobra a ambos lados de la cámara. Sin embargo, la historia queda a deber. El espectador sigue hasta al final colgado del personaje principal, un hombre tan dañado como imperturbable, su rostro permanece inalterado cuando abraza a sus hijas, al escapar de un comando armado o mientras tortura al sospechoso de tenderle una trampa.


La clave para disfrutarla estriba en no esperar ser testigos de una gran serie de espías. Debe bastar con ver a Strong en acción.


TRUMP


Otro rasgo a destacar es la presencia de Donald Trump. Nunca escuchamos que le llamen por su nombre. Siempre se refieren a él como el Presidente. Sabemos que es Trump por los comentarios sobre el ocupante de la Casa Blanca. Uno de los principales promotores del desastre a resolver a lo largo del serial afirma que “el hombre tuitea como una adolescente”.


La presentación de Deep State nos muestra a Max Easton en su confortable vida de retiro en Niza, Francia. Vive con su segunda esposa, Anna (Lynn Renee), y sus dos pequeñas hijas.


Sus viejos empleadores lo llama para una última misión. Resulta que un equipo de cazadores de cabelleras comisionado en Beirut para asesinar a científicos que desarrollan bombas nucleares, parece haber cambiado de bando. A Max no le atrae especialmente la idea. Cambia de opinión cuando le informan que uno de los miembros de la unidad perdió la vida a manos de sus traidores compañeros. El finado se llama Harry (Joe Dempsie) y es hijo de Easton, de su primer matrimonio.


Para salir en busca de los asesinos, sus excolegas, Max se ve forzado a mentirle una vez más a Anna. Ella sabe que él trabajaba de banquero. Le va con el cuento de que ahora debe ayudar a sus antiguos patrones en ciertas operaciones. Una vez terminado ese trabajo se acabará para siempre su carrera en el mundo bancarizado.


El raro proceder de su marido enciende sospechas conyugales, la esposa encuentra el modo de salir de dudas. Gracias a su investigación, Anna consigue ponerse a sí misma y a sus dos pequeñas en serios aprietos, tanto el MI6 como la CIA, a través de elementos de alto nivel entregados a corruptores amos, le hacen saber que su nuevo conocimiento es peligroso para la salud a largo plazo.


Lejos de casa, Max descubrirá que su hijo no está muerto. De hecho, suman fuerzas para limpiar el buen nombre de la unidad caída en desgracia. El asunto crecerá y crecerá, hay miles de millones de dólares en juego, el único requisito es conseguir el “sí” presidencial para las nupcias entre la primera potencia mundial y un nuevo conflicto bélico.


En uno de los momentos más agridulces del programa, los villanos de la historia hacen recuento de las ganancias obtenidas gracias a las últimas intervenciones armadas de la Unión Americana. Piensan que es hora de aceitar la máquina emisora de billetes con otro evento de militares proporciones. Incendiar el suelo ajeno, nada nuevo, ni en las series ni en los telediarios.

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