Sor Juana, Lenin y feminismo
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Sor Juana, Lenin y feminismo

Puede parecer un desbordamiento de surrealismo asociar a dos grandes personajes como Sor Juana Inés de la Cruz y Vladímir Ilich Lenin; ella, una monja de clausura del siglo XVI; él, un revolucionario de los siglos XIX y XX apasionado por el mejoramiento de la humanidad.


Sin embargo, el pensamiento de preocupación por los despreciados, los devaluados, los débiles, los humillados y ofendidos, el pensamiento progresista o revolucionario, trasciende sociedades, siglos y circunstancias personales y se convierte en una posibilidad siempre susceptible de concatenación.


Así que ahora reúno aquellos eslabones, Sor Juana y Lenin, no por otra razón sino porque se puede ver que coinciden en su pensamiento preocupado por la situación de la mujer y por haber alzado la voz –la siguen alzando– en favor del sexo femenino.


La monja, en una carta que escribió para su confesor y director espiritual, el obispo Manuel Antonio Núñez de Miranda, con el propósito de despedirlo de esas obligaciones para con ella –gran arrojo de un gran carácter–, entre airados, irónicos y sarcásticos reproches comenta una situación de desigualdad que vivían las mujeres respecto a los hombres.


La Americana Fénix induce la idea de que a la mujer se le niega el acceso al conocimiento, a los estudios, para que no llegue a competir con los hombres por cargos de la administración pública: “el no disputarles lugar señalado para ellos, será porque como [a las mujeres] no las ha menester la república para el gobierno […] no cuida de lo que no les ha de servir […]”.


A pesar de la prosa abrupta por apasionada y por el estilo de su tiempo, pero más bien apasionada ante la injusticia que sufre por la represión a que la sometía el obispo Núñez, queda claro que Sor Juana reclama para la mujer, para el sexo femenino, igualdad ante las oportunidades de los hombres y se sirve de la exclusión que padecen al no ser parte del gobierno.


Aquellas palabras de la Décima Musa me recordaron que la esposa de Lenin, Nadiezhda Krúpskaia, en el libro La emancipación de la mujer, que contiene textos del dirigente del Estado soviético, dice que como parte de la reorganización socialista “Vladímir Ilich plantea la cuestión de promover a las capas femeninas más atrasadas a la administración del Estado”.


Claro, en Sor Juana no se ve más que su reproche por la exclusión de la mujer del servicio del gobierno, pero el sentido igualitario de los dos pensamientos a favor de la participación femenina es el mismo. Conviene reconsiderar que la Décima Musa hace un doble reproche: que se favorezca a los hombres y que a la mujer se le niegue el conocimiento.


Pero vayamos con Lenin, quien reiteradamente comenta que la mujer en el capitalismo vive “doble esclavitud”, la de la sociedad de economía explotadora y la del hogar, por ello, dice, “[…] es preciso que las trabajadoras intervengan cada vez más en la administración de las empresas públicas y en la administración del Estado”.


La preocupación del dirigente socialista por la mujer de la “doble esclavitud” se trasluce en unas palabras de desprecio para la condición en que vivía: “La mujer continúa siendo esclava del hogar, a pesar de todas las leyes liberadoras, porque está agobiada, oprimida, embrutecida, humillada por los pequeños quehaceres domésticos que la convierten en cocinera y en niñera, que malgastan su actividad en un trabajo absurdamente improductivo, mezquino, enervante, embrutecedor y fastidioso”.


Quizás se le niegue a Sor Juana su papel de precursora del feminismo porque haya hablado más en términos de su situación personal y poco en términos generalizadores de la condición de la mujer, lo cierto es que muchas veces sus palabras se aplican a la “doble esclavitud” todavía vigente en gran medida en las sociedades del siglo XXI.

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