Malos entendidos
Nuestro mundo

Malos entendidos

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En estos días se han suscitado a mi alrededor situaciones incómodas por causa de malos entendidos. Esto me ha llevado a pensar en lo que intentamos decir y es mal interpretado por los demás.


Una cosa me lleva a la otra. ¿Se acuerdan de Rubén Aguilar? Era el vocero de Vicente Fox que salía un día sí y otro también a enmendarle la plana a un presidente que no tenía control de su boca. Bueno, pues así estamos, todos necesitamos a alguien como él que nos salve de nuestras propias palabras.


Como me decían en casa cuando era chica, del insulto pasas a las manos. Estamos a nada de que sea así.


Debemos tener cuidado extremo acerca de lo que realmente queremos comunicar porque ello está sujeto a interpretaciones. Tal vez el estado emocional que impera sea parte del problema. En general, hay una crispación en el ambiente generada por mil motivos: las preocupaciones personales de toda índole, que van desde lo económico hasta lo endeble de las relaciones interpersonales. A todo le buscamos tres pies sabiendo que tiene cuatro.


Cuando nos concentramos tanto en el cuidado de lo que queremos decir perdemos espontaneidad y eso a la larga nos hace dejar de ser como realmente somos porque no queremos generar problemas. Lo he comentado antes: un elemento insustituible de la comunicación es la empatía, ponernos en los zapatos de los demás y entender su momento. Tristemente, cada uno de nosotros espera lo mismo de los demás y cuando no sucede nos olvidamos del asunto con prontitud.


Los malos entendidos pueden acabar con una relación si dejamos pasar la situación y no la aclaramos , si no la hablamos, si no resarcimos los daños si es que los hubiera.


Para que exista una relación, cualquiera que esta sea, se requiere confianza en primer término. Cuando es así, se entiende que todo lo que se dice o hace parte del cariño, respeto y voluntad, se busca que las cosas funcionen. Si hubiera algún error, y esto es algo natural, no somos infalibles, se aborda desde ahí, desde la confianza, y la solución es inminente. Cuando creemos que el otro quiere dañarnos, que hubo mala leche en lo dicho, cuando suponemos que el otro lo que quería era minimizarnos, ofendernos o hacernos daño, todo lo vemos como ataque.


Además, sería conveniente que existiera la buena voluntad, las ganas de creer. Es obvio que la confianza es un camino que te lleva a ello. Creer es un acto sublime porque la mente y el corazón trabajan de forma coordinada para fortalecer esa comunión.


Se nos olvida que hoy estamos y en cualquier momento no. Quedarte con una mala impresión de alguien es alimentar al ego, éste siempre quiere tener razón. ¡Ya sabía! ¡Por eso dijo lo que dijo! ¡Nunca piensa en mí! ¡Es un egoísta! Habla por hablar. Hay mil expresiones similares que llevan la carga de querer tener la razón, de ser los buenos de la película mientras los demás son los malos.


Hay que renunciar a ello teniendo como luz la paz. Si dudamos, aclaremos; si no nos gusta algún comentario, digámoslo, pero no en tono de reclamo, con cordura y límites; si no entendimos, preguntemos directamente, no al vocero, no al mejor amigo, no al terapeuta, vayamos con la fuente directa y dialoguemos, sin insultos, sin rabia, sin intentar cobrar todas las facturas pendientes.


Los malos entendidos son más frecuentes cuando hay relaciones superficiales o hemos sido invadidos por el temor a ser dañados. Hoy que la comunicación se ha centrado en las tecnologías, entender mal es más fácil. Un mensaje de grupo puede ser letal aunque quien los puso este distante de querer dañar. Bromas, palabras fuertes, memes y más son balas para quien trae mil cosas en su cabeza.


La vida se construye de momentos, hagamos más fácil la construcción. Fortalezcamos las relaciones que queremos conservar. Ser amables, amorosos, considerados será tan difícil como nos lo propongamos. Si ni siquiera lo pensamos, será todavía más complicado.


Espero, querido lector, que no me mal entienda.

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