Refugiados en el caleidoscopio
Reportaje

Refugiados en el caleidoscopio

La migración forzada en las artes

Los movimientos migratorios no son ninguna novedad, han acompañado al hombre desde sus primeros pasos. Los seres humanos se mueven dentro de los límites geográficos de su propio territorio, la migración interna, o aventurándose a otros países, la migración externa. Las causas que motivan la movilidad son de lo más variadas, pueden inscribirse en las esferas social, política, económica, cultural, ecológica o en una combinación de factores.

Sin embargo, existe una categoría que se cita cada vez con mayor frecuencia en el mundo actual: la migración forzada. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM), organismo de Naciones Unidas, lo define como un movimiento migratorio en el que existe un elemento de coerción, incluidas las amenazas a la vida y los medios de subsistencia, ya sea por causas naturales o provocadas por el hombre, tales como persecución, violencia, represión, desastres naturales o ambientales, químicos o nucleares, hambrunas, proyectos de desarrollo u otras situaciones que ponen en peligro la existencia, la libertad o la forma de vida.

Estos movimientos dan lugar a toda una gama de categorías similares, muchas veces usadas como sinónimos y mucho más complejas de lo que parecen a primera vista. El término más general es el de migrante forzado o desplazado, es decir, cualquier persona que se ve obligada a abandonar su lugar de residencia por alguna de las razones antes mencionadas. Los desplazados internos han tenido que huir de su hogar aunque permanecen dentro de su país.

La definición de refugiado aprobada en la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, y el Protocolo de 1967, de la Organización de las Naciones Unidas se refiere a toda persona “que debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país; o que, careciendo de nacionalidad y hallándose fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a él”.

Además la figura de refugiado está reconocida y amparada por el derecho internacional. Dos son los principios rectores más importantes. Uno es el de “no devolución”, lo que significa que las naciones no pueden ni deben obligar a un refugiado a volver a su país de origen por el peligro que le representa; además prohíbe situar al refugiado, ya sea por expulsión o devolución, en cualquier territorio donde corran peligro su vida, su integridad (física o moral) o su libertad. El otro, el acceso efectivo a los procedimientos para la obtención de refugio, implica la garantía de que cada solicitud será evaluada individualmente con imparcialidad y justicia. Sin embargo, como es frecuente en asuntos legales, los estatutos a menudo son pasados por alto.



Más de 7 mil personas en la cavarana migrante que va de Centroamérica a Estados Unidos, octubre de 2018. Foto: NOTIMEX/Arturo Monroy

Desde principios del siglo XXI la cantidad de conflictos bélicos activos nacionales e internacionales en Medio Oriente, África y el sudeste de Asia, provocaron desplazamientos humanos que no dejaron de escalar hasta convertirse en el problema humanitario internacional conocido popularmente como la “crisis de refugiados en Europa”. La cantidad de desplazados supera por mucho la que dejó tras de sí la Segunda Guerra Mundial, calculada entre 11 y 15 millones de individuos. Alrededor de 2015, año en que se agravó la crisis, los desplazados en el globo rondaban los 59 millones de personas, de los cuales poco más de 21 millones eran refugiados. Según la OIM, con datos del Informe de Indicadores de la Migración Mundial 2018, al cierre de 2017 la cifra se elevó a 68.5 millones de desplazados, con 25.4 millones de refugiados registrados, 40 millones de desplazados internos y 3.1 millones de solicitantes de asilo. Sin embargo, los números son engañosos, las estimaciones señalan que entre el 84 y el 86 por ciento se encuentra en países en vías de desarrollo y nunca llega a destinos soñados, con economías florecientes y estabilidad.

Apenas el 9 por ciento de los refugiados se encuentra repartido entre las seis naciones más ricas de mundo. Alemania, que en 2016 fue el país puntero como anfitrión, recibió el 118 por ciento de la cuota que le correspondía. Reino Unido anunció que reestructuraría su esquema a largo plazo para beneficiar a más personas entre 2014 y 2020, sin embargo en 2016 solamente recibió al 18 por ciento de su cupo. Francia podría haber acogido a cerca de 26 mil personas en 2016, sólo aceptó a 1 mil 800 sirios, es decir, el 7 por ciento de su capacidad. Estados Unidos ha dejado de ser un buen destino para los refugiados después de los cambios en políticas migratorias aprobados por Donald Trump. China ha recibido pocos refugiados sirios bajo el argumento de que los países occidentales han provocado la crisis y deberían ser ellos quienes lidien con las consecuencias. Japón tiene una cuota mínima, alrededor de 60 refugiados al año, sus políticas anteponen el control migratorio a la protección humanitaria.

En el extremo contrario, el de las naciones que absorben el mayor peso del flujo migratorio, tenemos a Líbano. Es el país que más refugiados recibe en términos de la proporción contra el número total de su población, uno de cada seis habitantes ostenta este estatus. En territorio turco hay cerca de 2.9 millones de refugiados (con una proporción de uno por veintiocho), esto a consecuencia de un polémico acuerdo en el que varios Estados europeos pactaron enviar a Turquía sus inmigrantes ilegales (incluyendo refugiados) a cambio de fondos económicos. Pakistán alberga 1.3 millones, Irán y Uganda tienen cerca de un millón cada uno y Etiopía aproximadamente ochocientos mil.



Inmigrantes a bordo de un barco militar en Puerto Pozzallo. Foto: EFE

Otro problema son las condiciones de precariedad en que se encuentran muchos de los campamentos de refugiados, condiciones que incluyen falta de agua, problemas sanitarios, hacinamiento, escasez de alimento, gas y vivienda digna, dificultades de acceso a trabajo y educación. Uno de los puntos críticos es Libia, casi la única ruta para llegar al sur de Italia, donde se han denunciado múltiples abusos, tales como detenciones arbitrarias, secuestro, torturas, violaciones, esclavitud y homicidios. El puerto de Pozzallo, en Sicilia cuenta con instalaciones habilitadas para recibir a 220 personas, pero llegó a albergar a 15 mil migrantes forzados entre sus muros. En los campamentos en las islas de Lesbos y Kos en Grecia se han hecho reportes por incidentes de violencia, epidemias de sarna y plagas de ratas.

Además, la cantidad de personas muertas o desaparecidas en el intento de alcanzar un destino mejor es alarmante. En el primer semestre del año en curso se registraron más de mil muertes en la ruta del Mediterráneo central. El año pasado esa misma ruta cobró la vida de unas 2 mil 890 personas.

Los desplazamientos de gruesos contingentes pues, provocan reacciones en las naciones receptoras que van desde intensificar los controles fronterizos hasta brindar respuestas humanitarias. No obstante, hay casos en los que todo queda en buenas intenciones y poco más. Según un informe de febrero de este año del Grupo Articulador México, el Estado gobernado por Enrique Peña Nieto no ha resuelto más de 7 mil 700 solicitudes de asilo presentadas en 2017, cifra que representa el 53 por ciento del total de aplicaciones recibidas; la Ley sobre Refugiados, Protección Complementaria y Asilo Político señala como período máximo de resolución 45 días, en la realidad hay procesos que tardan más de tres meses. Las irregularidades comienzan a tomar forma desde que sólo se cuenta con 15 oficiales para atender los miles de aplicaciones. Múltiples organizaciones no gubernamentales se esfuerzan en asistir a los refugiados, en ayudarles a sortear las situaciones de riesgo a las que se enfrentan.

La necesidad de hacer algo no se limita a los terrenos de la política o de la acción social, no es un asunto que discutan o en el que hagan planteamientos sólo gobernantes y activistas. El mundo del arte no se ha mostrado indiferente ante la tragedia; los creadores han hecho lo suyo para llamar la atención y reflexionar en torno a las migraciones forzadas utilizando sus variadas herramientas, plataformas y disciplinas.



Escena del documental Marea Humana. Foto: Amazon Studio

AI WEIWEI

Es un controversial y multidisciplinario artista chino. Nació en Pekín en 1957. Su padre, Ai Qing, fue un poeta disidente, censurado y perseguido por el gobierno. En 1958 la familia fue trasladada a un campo de trabajo en Manchuria y en 1961 fue exiliada a una provincia del Turquestán chino. Permanecieron ahí los siguientes 15 años. La caída del régimen de Mao Tse-Tung les permitió regresar a Pekín donde Weiwei entró a la Academia de Cine a cursar estudios de animación en 1978. En 2003 fundó un estudio de diseño en China. Dos años después inició un blog en el que realizaba fuertes críticas sociales y políticas. A mediados de 2009 el gobierno clausuró la página y desde entonces el artista trasladó su foro de opinión a Twitter; ese mismo año fue investigado como sospechoso de “crímenes no especificados”. En 2010 fue puesto bajo arresto domiciliario y en 2011 pasó tres meses en prisión por presuntos delitos económicos. Tras su liberación se le prohibió abandonar el país y su pasaporte fue cancelado. En 2015 la prohibición fue levantada y desde entonces reside en Berlín.

En fechas recientes ha abordado el tema de la crisis de refugiados en varias ocasiones. En enero de 2016 posó para una fotografía en una posición similar a la del cadáver de Aylan Kurdi, niño sirio de tres años ahogado en la costa de Turquía. Al mes siguiente realizó Paso seguro, una instalación en la que cubrió las columnas de la Konzerthaus de Berlín con los chalecos salvavidas usados por los refugiados de la isla de Lesbos. En 2017, en la Galería Nacional de Praga, inauguró La ley del viaje, un bote inflable de 70 metros de largo y 258 figuras humanas sin rostro, todo hecho de goma negra.

El año pasado se estrenó su documental Marea humana, trabajo que requirió doce meses de rodaje pasando por 23 países para reunir 900 horas de grabación con 600 entrevistas realizadas en 400 campos de refugiados en sitios como Siria, Irak, Bangladesh, Sudán, la isla de Lesbos, Hungría y Birmania.



Recreación de la fotografía de Aylan, niño ahogado en una playa de Turquía al huir de la crisis en Siria, por Ai Weiwei. Foto: El Universal/ Rohit Chawla

Este largometraje de dos horas y media, como suele pasar con su obra, dividió opiniones. No le faltaron aplausos; las críticas más fuertes dicen que el mensaje del filme queda opacado por el ego de su realizador; señalan que Weiwei quiere parecer solidario, trata de demostrar que entiende a los refugiados, que se preocupa por ellos y su situación, pero que sus acciones muestran un afán de protagonismo fuera de lugar. Se le acusa de frivolidad, falta de tacto ante la tragedia, incluso se ha dicho que el documental parece una campaña autopromocional.


GOOD CHANCE

Es una compañía teatral fundada en 2015 por los dramaturgos británicos Joe Murphy y Joe Robertson que, al enfrentarse a un mundo que se encuentra cada vez más dividido, decidieron apostar por su arte como medio para tender un puente común. Creen que “ha llegado la hora de que el teatro redescubra y reconquiste su antiguo poder: reunir, salvaguardar y conectar nuestras narrativas individuales y colectivas”. Su principal herramienta para conseguirlo son los “Teatros de Esperanza”, construcciones temporales en forma de cúpulas geodésicas erigidas en localidades que atraviesan situaciones críticas, especialmente problemas de adaptación entre lugareños e inmigrantes. Colaboran con artistas locales e internacionales para realizar proyectos y múltiples talleres con todo aquel que desee integrarse. Plantean la oportunidad de expresarse y poner en juego talentos y dotes creativas en un ambiente seguro y acogedor; después comparten los resultados con el público ofreciendo semanalmente una “Función de Esperanza”.

La primera cúpula fue montada en un campamento provisional conocido como La Jungla en la ciudad de Calais (norte de Francia). Fue bautizada así debido a los peligros, violencia y las terribles condiciones sanitarias que entrañaba. En su mejor momento contó con 125 barracones diseñados para albergar a unas 1 mil 500 personas, pero las instalaciones llegaron a funcionar al cuádruple de su capacidad. Según la Unicef, entre sus pobladores había más de mil menores de edad no acompañados por adultos. La ubicación geográfica fue una de las causas de la sobrepoblación extrema en el campamento. La mayor parte de la gente iba de paso, su aspiración era cruzar el Canal de la Mancha para alcanzar el Reino Unido.



Teatros de Esperanza montó funciones incluso tras ataques contra los campos de refugiados. Foto: AFP/ Philippe Huguen

Los miembros de Good Chance pasaron cerca de ocho meses en el sitio, hasta que en octubre de 2016 el gobierno francés desmanteló el asentamiento y reubicó a los refugiados en otras localidades.

Desde fines de 2017 la compañía ha resucitado el campamento en una exitosa obra homónima. En cosa de dos horas se observa el desarrollo del infame lugar y se cuentan historias de lo que fue sobrevivir a ese monstruo. El estreno de su primera temporada fue en el teatro londinense Young Vic; el fin del segundo ciclo de representaciones en la capital inglesa, esta vez en el Playhouse Theatre, se programó para este 3 de noviembre; a principios de diciembre cruzará el Atlántico por primera vez para presentarse en el St. Ann’s Warehouse en Brooklyn, Nueva York. Cabe destacar que forman parte del elenco hombres y mujeres que fueron refugiados de La Jungla.


M.I.A.

Es el acrónimo de Missing in action (desaparecido en combate) y nombre artístico de Mathangi Arulpragasam, a veces llamada “Maya”, artista que se desempeña como compositora, cantante, pintora y directora. Nació en Londres, Inglaterra, en 1975; es hija del escritor exguerrillero y activista Arul Pragasam —a quien también se conoce con los nombres de Arular o A. R. Arudpragasam—, de origen tamil, etnia que habita en la India, Malasia y Sri Lanka; pertenece específicamente al grupo que proviene de éste último país, llamado tamil cingalés o eelam.

Cuando apenas tenía seis meses de edad su familia se mudó a la ciudad de Jaffna en su país de origen para que su padre se involucrara en los movimientos políticos de liberación nacional durante la guerra civil. La primera década de vida de Maya transcurrió entre múltiples desplazamientos y en situación de extrema pobreza. La familia tuvo que pasar largas temporadas escondiéndose del ejército y sin tener contacto con Arul.

La violencia fue parte constante de su infancia, recuerda que los soldados disparaban por las ventanas al interior de su escuela con tanta frecuencia que sus compañeros estaban entrenados para sortear las balas arrastrándose por debajo de los mesabancos. Tras ser atacada por oficiales del ejército, su madre, Kala, decidió volver a Inglaterra con sus tres hijos en 1986. Fueron admitidos como refugiados; su esposo permaneció en Sri Lanka. Maya cursó sus estudios universitarios en Central Saint Martin’s, reputada como la mejor escuela de diseño del mundo.

En todas las disciplinas artísticas en las que ha incursionado hay referencias a la guerra y la violencia, entre otros temas políticos y sociales. Sin embargo, es en la música donde sus mensajes han impactado más, sobre todo los centrados en los inmigrantes vulnerados por la xenofobia, la pobreza, la desigualdad y la discriminación.



Videoclip Borders.

Entre la riqueza de su trabajo, tres de sus sencillos merecen mención de honor: “Paper planes”, pertenece a su segundo disco, Kala (2007), una crítica a la forma en que las autoridades gubernamentales y una parte significativa de la población norteamericana ven a los inmigrantes. Este tema fue incluido en la banda sonora de ¿Quién quiere ser millonario? y le valió una nominación a los Grammy. El videoclip que acompaña “Born free” (2010), dirigido por Romain Gavras, muestra al ejército norteamericano invadiendo viviendas con lujo de violencia, transportando a un conjunto de pelirrojos —que representan a cualquier minoría— y obligándolos a correr por un campo minado tras dispararle a un niño en la cabeza. YouTube lo eliminó poco después de su lanzamiento, actualmente está disponible con restricción de edad y aviso de contenido sensible. “Borders” (2015), cuyo clip fue dirigido por la artista, cuestiona a los políticos y sus obsesiones fronterizas, mientras el video muestra la huida de los refugiados con imágenes de balsas salvavidas repletas, filas de hombres caminando por un desierto, otros más tratando de escalar una cerca o formando un barco mediante una pirámide humana.

M.I.A. es polémica y no faltan quienes han visto sus llamados de atención como actos oportunistas e hipócritas de una mujer frívola que se aprovecha de los desprotegidos y de su propio pasado difícil para ganar fama y aumentar sus ventas.


ABDALLA AL OMARI

Este joven artista sirio, nacido en 1987, logró escapar de la guerra y refugiarse en Bélgica. En 2017 inauguró en Dubái una de sus exposiciones más aclamadas, conformada por una serie de pinturas en gran formato, realizadas principalmente en óleo/acrílico sobre tela y titulada The Vulnerability (La Vulnerabilidad). En dichos cuadros captura escenas, más que emblemáticas, típicas de la crisis de refugiados y lo hace con crudo realismo: hombres y mujeres agotados, hacinados, asustados, miserables, hambrientos, en una palabra, vulnerables. ¿Cuál es la vuelta de tuerca? Los protagonistas son los grandes líderes mundiales, representados como si fueran un rostro más entre los millones de desplazados a los que se niegan a tender la mano, incapaces de ofrecer soluciones reales a una crisis que contribuyeron a detonar mediante sus posiciones políticas y decisiones gubernamentales.

Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Barack Obama, Bachar el Asad, François Hollande, David Cameron, Angela Merkel, Nicolas Sarkozy, Vladímir Putin, Kim Jong-un, Hilary Clinton, Abdelfatah Al-Sisi, Boris Johnson y Theresa May son retratados en situaciones que les son completamente ajenas, en un poderoso esfuerzo por llamarles la atención sobre su grado de privilegio y lo difícil que podría ser su supervivencia si hubiesen tenido la mala ventura de nacer en otro punto del globo. La apuesta no es únicamente estética, pretende sacudir a la opinión global, a los poderosos, a los políticos inmunes a todo, pero también humanizarlos resquebrajando su imagen de fortaleza; aspira a lograr que sus personajes sientan empatía, no por las abrumadoras masas que están a sus puertas sino por los individuos que conforman esa masa.



Yarmouk. Fotos: The Vulnerability Series

A propósito de su trabajo el pintor declaró: “Aunque sabía poco sobre el mundo interno de esos líderes, las innumerables horas íntimas que pasé con ellos me han enseñado más de lo que podría haber imaginado. Con la misma facilidad con que todo lo que vale la pena defender puede quedar indefenso, los momentos de absoluta impotencia pueden darte súper poderes. Incluso llegué a sentir lástima por (mi versión de) Assad. En este universo sin gravedad, lo único a lo que podemos aferrarnos es a nuestra vulnerabilidad. Este viento invisible hace que nuestro pecho sea pesado, pero, misteriosamente, nos ayuda a levantarnos. Me he convencido de que es el arma más poderosa que posee la humanidad, mucho más poderosa que las demostraciones de poder, los cráteres de bombas y los agujeros de bala en nuestras memorias colectivas. La vulnerabilidad es un don que todos deberíamos agradecer”.


Jenny Erpenbeck

Es una escritora alemana. Nació en 1967, cuando aún existía la República Democrática de Alemania, en Berlín del este. Su formación profesional es de encuadernadora y directora de teatro musical. En el rubro de la literatura ha incursionado en novela, cuento y teatro. Entre las múltiples distinciones que ha obtenido resalta la Cruz del Mérito de la Nación que su país le concedió en 2017.

Su novela Yo voy, tú vas, él va acaba de estrenar edición en español, en agosto del año en curso, y su publicación corre por cuenta de Anagrama. Está considerada como una de las mejores obras literarias recientes, ha sido aclamada por la crítica alemana e inglesa, queda por ver qué opinión le merece a los especialistas y el público hispanohablante. Es digno de destacarse que fue seleccionada entre las seis finalistas para el Premio Alemán del Libro que entrega cada año la Asociación Alemana de Editores y Libreros a la mejor novela en lengua alemana del año.

La autora vuelca su talento en el que es hoy por hoy el problema internacional de mayor envergadura: la desesperada huida de cientos de miles de personas que se aventuran a cruzar fronteras, desafiando penalidades y arriesgando la vida para escapar de las violencias de sus tierras; así como el caos que su llegada produce en los países en los que, de una u otra manera se asientan.La obra está ambientada en un país “amable” con los refugiados.



Alemania tiene altos índices de recepción e integración de inmigrantes. Además, ha renunciado a aplicar el acuerdo de Dublín para regular —restringir— las aplicaciones de asilo; ese documento, entre otras cosas, permite a las naciones regresar a los refugiados que piden su protección al país donde tocaron suelo europeo por primera vez para que sean las autoridades de dicho territorio quienes se encarguen de evaluar su situación.A través de su protagonista, Erpenbeck señala que con esa medida "los países que no tienen costa sobre el Mediterráneo compraron el derecho de no escuchar a los refugiados que vinieron a través del Mediterráneo" y, como para dejar bien clara su postura respecto al asunto, en una entrevista afirmó que "Dejar ahogar a personas en el Mediterráneo no está muy lejos de Auschwitz".

Quien reflexiona en la ficción es Richard, filólogo, viudo y recién jubilado profesor universitario. Este solitario de pronto se enfrenta a la maldición que a veces significa el exceso de tiempo cuando se combina con la falta de actividad, porque el exprofesor de verdad no tiene que hacer nada, sólo está en proceso de adaptarse al merecido descanso tras una vida dedicada a la academia. Extraña a su esposa, que lleva muerta algunos años pero cuya ausencia aún duele, mira por la ventana y se pregunta con qué llenará sus días.

Poco a poco comienza a interesarse por los refugiados. Acaba visitando e involucrándose activamente en uno de los campamentos de la ciudad, se ofrece como profesor voluntario de alemán. No obstante, hace mucho más que explicar a los recién llegados los rudimentos gramaticales de su nueva lengua, habla con ellos, escucha sus historias de vida y las documenta, es decir, comienza a conocerlos realmente y con lo aprendido va desarrollando una nueva óptica del mundo y de su realidad.

Este muestrario de abordajes al impactante drama migratorio se queda corto, no es más que una aproximación mínima a una forma de conectar con ésta situación más allá de las estadísticas y los estudios sociales, una forma ni más ni menos importante, sólo distinta.



Dismaland, Banksy. Foto: Gettyimages

Hay otros creadores, de otras disciplinas, más y menos famosos, con mayor o menor proyección que han puesto manos a la obra para ocuparse del tema. El misterioso grafitero Banksy realizó proyectos como Dismaland, una parodia de Disneyland, o su representación de la Cosette envuelta en una nube de gas lacrimógeno o el mural en que recordaba al mundo que Steve Jobbs era hijo de inmigrantes sirios. Abdalah el Areth, al lado de una docena de jóvenes estudiantes de arte, pintó entre los escombros de la derruida Damasco para mostrar que la vida renace en mitad del dolor y el sufrimiento. Doris Salcedo, colombiana, preparó una instalación con placas que se llenan de agua lentamente para formar los nombres de aquellos que se han ahogado en el Mediterráneo mientras viajaban en busca de seguridad. El danés E. B. Itso recogió múltiples objetos dejados atrás por los migrantes en Lampedusa y luego los utilizó para hacer impresiones abstractas en papel. Bern O’Donoghue, artista británica, realiza proyectos de instalación e intervención de espacios públicos con barquitos de papel… El etcétera es larguísimo.

No han faltado protestas y críticas a cada una de las obras en particular y hacia la mera existencia de estas manifestaciones en general. Se acusa de oportunismo o de lucrar con desgracias ajenas y se alegan desde actitudes predatorias de diversos órdenes hasta posturas de corte (pseudo) ético, porque la estetización de la tragedia equivale a trivializarla.

Este arte no sólo es válido, quizá es igualmente necesario ya que una de sus funciones es el registro y análisis de la realidad social. No todo es belleza y goce, sacudir al espectador es igualmente importante para no olvidar quiénes somos, miembros todos de una humanidad que sigue en pie aunque cada vez más desgastada.

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