Las ruinas que somos: Un bot salido de Cuévano
Literatura

Las ruinas que somos: Un bot salido de Cuévano

Sacar provecho al adjetivo, pulir el contrasentido, subrayar la limpidez del absurdo, observar las segundas intenciones en la actuación del buen samaritano, retratar la avidez capaz de hurtar las narices a los sabios, son algunas de las gracias depositadas en la novela.

En 1979, Estas ruinas que ves tuvo una aceptable adaptación cinematográfica con Fernando Luján como el profesor Francisco Aldebarán, protagonista de la historia. Dos mujeres eran objeto de las cariñosas intenciones y atenciones del docente universitario: la joven y apasionada Gloria, interpretada por Blanca Guerra, y la turgente y apasionada Sarita, encarnada por Grace Renat.


Suele suceder que uno llega a un libro por su adaptación fílmica. No implica amonestación siempre que el explorador se tome el tiempo para disfrutar con seriedad de la prosa de escritores como Jorge Ibargüengoitia y, siguiendo con ese ejemplo, de ahí salte a las páginas de Los pasos de López, Los relámpagos de agosto o La casa de usted y otros viajes.


La cinta dirigida por Julián Pastor está lejos de formar parte del collar de perlas de la cinematografía mexicana. No obstante, funciona para pasar un buen rato gracias a la comicidad de Luján y la cofradía que le rodea, el atractivo juvenil de la Guerra, y la turgencia imperecedera de la Renat.


Estas ruinas que ves fue escrita en 1974 y con ella, el autor obtuvo el Premio Internacional de Novela México al año siguiente.


UBICADOS


Pero vamos desde el principio, y en el principio de todo está Cuévano, una ciudad de la provincia mexicana con casi todo lo indispensable para ser el centro del mundo occidental, una joya de la creación donde la luz del conocimiento resiste sin problemas los embates de la ignorancia supina.


El escenario forma parte de Plan de Abajo, la entidad creada por el autor y que, según el historiador Jorge F. Hernández, “se medía muy en paralelo a los vaivenes irracionales de la vida real del Bajío”; la ubicación geográfica de la demarcación imaginaria es compartida por el crítico Jaime Castañeda Iturbide, quien considera que Cuévano es la natal Guanajuato del autor, así como “Pedrones” es León y Muérdago es Celaya o Irapuato.


Cuévano adquirió su forma gracias a los cerros y en arquitectura no es posible hallar “otro estilo que el llamado cuevanense, que es fácil de reconocer, pero imposible de definir”. Cada ruina tiene su historia y las imágenes de diario causan la impresión de atestiguar rituales repetidos desde tiempo inmemorial: “A las nueve y media de la mañana, por ejemplo, junto a la puerta del “Ventarrón” habrá siempre un borracho dormido, en la entrada del mercado, la que vende los quesos espantará las moscas con un hilacho...”


Cuévano, a pesar de las lumbreras que le han nacido a lo largo de la historia, no pudo evitar el surgimiento de construcciones que equivalen a despilfarros, pero se congratula por su ilustre pasado de extracción de plata, también lamenta los estragos causados por la Independencia.


Se consuela en sus maneras de joya y en la sapiencia, innovación y calidad de sus habitantes, docenas de ellos han destacado en prácticamente todas las esferas del dominio humano.


En el campo de las leyes se tiene un punto negro pero magistral, don Pedro Alcántara, apodado la Zorra, “inventor no de leyes ni de interpretaciones notables, sino de procedimientos parta evadirlas y violarlas impunemente”.


Los comentarios sobre este rincón cerca del cielo, disponibles al inicio de la obra, fueron tomados del Opúsculo cuevanense de Isidro Malagón.


Una vez definido el espacio, nos adentramos en las acciones. Francisco Aldebarán está de vuelta, regresa a la patria chica, donde le ocurrirán cosas que pueden sucederle a cualquiera.


A CREAR


Idear un buen chiste es tan sencillo o tan difícil como alcanzar la sabiduría, pero cuando uno lee a Ibargüengoitia parece lo más natural del mundo.


Sacar provecho al adjetivo, pulir el contrasentido, subrayar la limpidez del absurdo, observar las segundas intenciones en la actuación del buen samaritano, retratar la avidez capaz de hurtar las narices a los sabios, son algunas de las gracias depositadas en la novela.


Los momentos de humor se suceden uno tras otro, localizarlos es tan sencillo como abrir una página al azar y encontrarse con la polémica entre Carlitos Mendieta, el pintor más famoso de la ciudad, y el historiador Isidro Malagón, a propósito de la frase “al atardecer, los cerros de Cuévano se tiñen de color rosa”. Aquel la atribuye al Barón de Humboldt, éste a Gabriela Mistral, que estuvo por allí un par de días en 1934.


A cada instante, Francisco Aldebarán nos obsequia impresiones tan cortas como precisas. Para utilizar un símil futbolero, es como presenciar una repentina pared entre dos delanteros que termina en gol.


Su descripción de Sarita, esposa de Enrique Espinoza, maestro de Filosofía, termina del modo siguiente: “Había en ella algo vagamente funerario pero sensual”.


Una idea se va de la mano, la de estar ante una obra que debería llamarse Los profesores universitarios sólo quieren divertirse.


Cabe mencionar que la novela tiene dos finales. Para la segunda edición, publicada en 1981, el autor hizo cambios al último capítulo y puso a disposición del lector una conclusión “más fiel a la sicología de los personajes y a la realidad”.


Si se quiere echar un vistazo al final original sin tener que conseguir una primera edición de la obra, el interesado puede ver la película. Como siempre, la adaptación fílmica deja fuera relatos que dan esplendor al escrito, a cambio ofrece un par de escenas que no figuran en el libro.


IBARGUENBOT


En junio pasado, llegaron a los estantes de las librerías ediciones nuevas de la obra de Ibargüengoitia, con portadas aprobadas por Joy Laville, esposa del autor, bajo el sello editorial de Joaquín Mortiz.


Laville, pintora y escultora, eligió las portadas pensando que serían mucho más fieles y acordes con lo que al guanajuatense le hubiera gustado.


Fue muy importante contar con su complicidad”, compartió la directora literaria de Grupo Planeta en México, Carmina Rufrancos. La renovación de la estela libresca de Ibargüengoitia se concretó luego de un trabajo de diez años. Laville falleció en abril pasado.


Además de estos lanzamientos, y con el fin de tender puentes entre la obra del guanajuatense, finado desde el 27 de noviembre de 1983 como resultado de un accidente aéreo, y las nuevas generaciones, se abrió la cuenta de Twitter @ibarguenbot.


Programado con inteligencia artificial, el bot envía mensajes formados con oraciones surgidas de la pluma del escritor.


La dinámica consiste en hacerle alguna pregunta. ¿Le ganará México a Brasil? (La pregunta fue hecha la víspera del enfrentamiento entre las selecciones en la Copa Mundial de fútbol.) Su respuesta tuvo algo de oráculo de Delfos: Todo comenzó en el Parque Sullivan, siguió en el Parque Sullivan y terminó en el Parque Sullivan, extraída del cuento La vela perpetua.


¿Ya sabes quien ganará el domingo, @ibarguenbot? Ahora creo que el estilo de gobernar es una parte fundamental del Gobierno. ¿Para qué somos buenos los mexicanos? Durante la hora que siguió estuve pensando que si en Cuba hacían las cosas como en México, estaba perdido, porque iba a ser necesario hacer un oficio por triplicado.


¿De qué sirve la cultura? En una cafetería, en Washington, descubrí a un mexicano por la manera de comer el huevo revuelto.


Las opiniones de la cuenta están extraídas de los libros. El corpus es de 7 mil frases tomadas de Sálvese quien puede, Viajes en la América ignota, Los relámpagos de agosto, Los pasos de López, Instrucciones para vivir en México, Dos crímenes y La ley de Herodes.


El propósito no es menor: rescatar la mirada descarnada del autor sobre el poder y la impunidad, la corrupción, el absurdo y lo cotidiano, y conectarlo con los nuevos públicos. Ya sea en las páginas de sus libros o en las avenidas digitales las palabras de Ibargüengoitia son insustituibles.


CONTACTO: @ivanhazbiz

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