Los muertos son seres florecidos
Opinión

Los muertos son seres florecidos

Miscelánea

Llenos de virtudes, amados, llorados, bendecidos, los muertos florecen en el corazón de los vivos. Todo funeral es un evento en el que honramos al difunto con el reconocimiento tardío de que era tan bueno, un magnifico amigo, hombre probo y honesto como el que más. Lo decimos aunque el fallecido en cuestión haya sido un político. Ante la pérdida de tan excelente persona, mostramos nuestra congoja con entre uno y tres minutos de un llanto que será mucho más efectivo si se acompaña con una prudente dosis de mocos –como aconseja Julio Cortázar.

Canceladas las cuentas con la vida, el recuerdo es sagrado: la sabiduría de papi, la ternura de mamá, la gracia y la belleza inalterable de la hermana muerta en la flor de la edad. Todo cadáver queda absuelto de pecado. Por la pureza que la muerte confiere, los difuntos son ángeles guardianes a quienes podemos encomendarnos confiadamente: “¡Cuídame!, protégeme de las Gorgonas”, le pido cada mañana a mi difunto Querubín.

Por todo lo anterior, llegado noviembre lo que toca es celebrar como se merece a la Catrina, tan amiga de los mexicanos. Adornarla con esos pequeños soles que llamamos cempasúchiles, ofrecerle su mole con bastante chocolate, llevarle mariachis y pelarle los dientes. Que se vaya enterando: si su llegada es oportuna, la recibiremos como se merece.

En este noviembre se me antoja deslizarme en cualquier cantina y después de ponerme a tono con cuatro o cinco mezcales, acercarme a la Catrina, que debe andar de buen humor; invitarle unos tragos y decirle que quiero ser su amiga y, en nombre de nuestra amistad, pedirle que cuando llegue mi hora no se anuncie, que aparezca sin preámbulos y mientras paseo por un bosque de pinos, que me abrace por la espalda y tapando mis ojos con sus manos me pregunte: “¿Adivina quién soy?” Después, un paro cardíaco, un resbalón, un ataque de risa, en fin, cualquiera de las chucherías que la muerte tiene para sorprendernos.

Me gustaría terminar en un solo acto “la tragedia profana y sacra, racional y pasional, sensual y angélica que es la vida”. Según están las cosas por el mundo, en este momento me amenaza más la vida que la muerte, especialmente cuando pienso en que la voluntariosa muerte se olvida de nosotros y nos deja a merced del tiempo para que éste realice en nuestro cuerpo sus hechizos malignos: alzhéimer, un tumor en el cerebro, un pulmón que se declara en huelga. Médicos, hospitales, respiradores, sondas, tubos, agujas; y seguimos ahí, nomás durando en lo que debe ser el purgatorio.

Si la muerte no hace su trabajo oportunamente, ni la cultura ni la experiencia ni la lectura ni la riqueza acumuladas nos evitan la humillación de la enfermedad y la dependencia. Declaro mis respetos para ella cuando llega a rescatarnos con oportunidad y discreción.

Disfruto por anticipado las flores: mastuerzos, buganvilias, garberas de muchos colores, como ha sido mi vida; así como los reconocimientos y las bendiciones que me esperan en el funeral. De ahí, ligera y transparente pasaré al lugar donde según imagino, abrazaré a los amadísimos seres que se me adelantaron, encontraré aquel libro, escrito por de mi amado Fernando Savater, que olvidé en la banca de un parque; y recuperaré la medallita de mi primera comunión que me pidió prestada una compañera y es que cuando le dije que me la devolviera me amenazó –si me la quitas pediré al Niño Jesús que se muera tu mamá- y pues no se la quité -y mi mami vive todavía. Ni modo, tengo la peregrina idea de que del otro lado aparecerán todas esas chucherías que alegran la vida cuando aún es hermosa.

Eso sí, mientras la muerte no me invite a pasar por su puerta, sigo añorando en las tardes de lluvia la presencia de mis difuntos para compartir con ellos mi mejor vino, una acalorada discusión, una pelea, en fin, todo eso que llamamos vida.

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