Iliana Olmedo
Entrevista

Iliana Olmedo

“El accidente de Chernóbil se vuelve una especie de metáfora de lo que le pasa a una familia. Porque narró la historia de una familia y cómo se fragmenta, se destruye. En la novela conviven los personajes y sus historias, puntos de vista de como se destruye algo”.

Con su más reciente novela, Chernóbil, Iliana Olmedo, doctora en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona, obtuvo el Premio Internacional de Narrativa 2018 convocado por Siglo XXI Editores.


En una charla con la revista Siglo Nuevo, recuerda el proceso creativo que la llevó a conseguir uno de los premios más importantes de la narrativa contemporánea.


El suicidio de su hermana Paula obliga a la fotógrafa de pájaros Daniela Arenas a regresar a la casa de su infancia. Mientras espera a que llegue el cuerpo, escarba en los muchos diarios que ha escrito a lo largo de su vida. Vuelve a 1986, año en que, a miles de kilómetros de distancia, explotó el cuarto reactor de la central nuclear de Chernóbil. Entonces empieza a recordar otras explosiones que sucedieron en su casa. La novela de Olmedo es un recorrido por los intrincados senderos de la memoria y el pasado, por las narrativas que construimos sobre ellos para sobrevivir y, en último término, para perdonar.


Es el recuerdo de la historia de una generación, la de los niños que crecieron oyendo noticias del desastre radioactivo y vieron morir los sueños que sus padres habían cimentado en la energía nuclear. Es también, por tanto, la historia de un fracaso: el de ellos mismos y su incapacidad para crecer, así como constatación de la forma como se malograron sus ideales y esperanzas. Chernóbil es una educación sentimental, una novela sobre el fin de la era soviética, sobre la destrucción gradual y sostenida de México, y sobre la manera de encontrar nuestro lugar en el mundo.




Chernóbil es una imagen lejana a México, ¿qué detona la curiosidad de la autora?


En realidad lo que quería era contar una suerte de historia de la energía nuclear en México, cómo se había realizado la investigación y cómo había fracasado. Lo único que se logró es el proyecto de Laguna Verde, una planta que en realidad produce muy poca energía en el país. Desde los años setenta mi papá formaba parte de una investigación para desarrollar plantas de energía nuclear con el Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares, que todavía está vigente, sólo que ahora no se enfoca en la creación de energía nuclear sino en otro tipo de productos.


Él estaba trabajando en ese proyecto, pero en el 86, cuando sucede la tragedia de Chernóbil, detienen todos los trabajos de investigación y él tiene que buscar otra opción laboral y eso modificó mucho mi estructura familiar. Fue un momento que cambió mucho la estructura de nuestra familia, de ahí el recuerdo.


¿Exorcizas un fantasma del pasado familiar con este ejercicio literario?


En 2006, cuando se cumplieron 20 años de la tragedia, yo estaba viviendo en Barcelona y dedicaron todo un fin de semana a recordar el aniversario de Chernóbil. Empecé a ver toda una serie de documentales y reparé en toda la información que durante años había acumulado sobre la energía nuclear. Ahí fue cuando hice la primera versión de una novela sobre lo que pasaba en Chernóbil y cómo lo podía conectar con México.


¿Qué tan difícil es ficcionar un tema científico como éste?


Tuve que investigar mucho, aunque no habla demasiado acerca de lo que es la energía nuclear sí me interesaba conocer a fondo lo que había pasado la noche del 26 de abril, el momento en el que empieza la novela, y ver qué es lo que había fallado en esa planta. En esa investigación me ayudó mucho mi papá, me pasó bibliografía de cómo funciona una planta nuclear, para conocer que hay uranio natural y activado, cómo son los desechos.


También me costó trabajo buscar información sobre los años ochenta. Es, un poco, como escribir una novela histórica, tienes que empezar a ver cómo eran las cosas en ese momento, cuál era la situación en México, porque yo lo contaba desde mis recuerdos, mi perspectiva de niña, pero no sabes qué es lo que está pasando en el mundo exactamente, tú sólo tienes una mirada muy sesgada, la de un niño que sólo escucha lo que dicen los mayores. Qué fue la devaluación del peso en ese momento con López Portillo, etcétera.


Tienes que investigar, es una similitud entre los temas científicos y los históricos.


Abordas una década con momentos muy significativos para una generación...


Claro, nuestra generación observó como Chernóbil, en el 86, fue uno de los detonantes de la caída del Muro de Berlín en el 89, y luego ya el derrumbe de la Unión Soviética, o su conversión hacía otro sistema política que permitió que se fragmentara en varios países. De hecho, esta tragedia nuclear afecta a tres que son Bielorusia, Ucrania y Rusia. Eso también causó muchos problemas porque los países con mayor bonanza económica han tratado de arreglar el problema de la radiación que dejó Chernóbil de distintas maneras y los más afectados resultaron los más pobres, los bielorrusos.


De ahí es la periodista y escritora Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura. Usé muchos de sus libros, leí testimonios de las victimas que habían vivido de cerca los efectos de la explosión de esta planta. Ella habló con los investigadores que estuvieron en el accidente, con los liquidadores que fueron los que intentaron apagar el fuego al momento de la explosión, con las esposas de quienes murieron días después. Me sirvió muchísimo leerla, esos testimonios me ayudaron a ver que su experiencia se parecía a la de los investigadores de aquí, por ejemplo.




Una ficción muchas veces se vuelve referente de la realidad, ¿hiciste una acuarela para las generaciones que no saben qué pasó en Chernóbil?


Si. Un momento histórico se construye a partir de diferentes narrativas, de un modo similar se construyen la historia y la visión que tenemos del pasado. Lo que intenté, al escribir la novela, fue que todas esas narrativas convivieran y ofrecieran un panorama de los años ochenta en México y lo que había significado, en nuestro país y en el mundo, el accidente de Chernóbil.


Todo este esfuerzo que empezó desde los años cuarenta, al final de la Segunda Guerra Mundial, para investigar la energía nuclear y sus usos –entre ellos la bomba atómica– fue evolucionando con la historia del siglo XX y es algo que, hasta ahora, no se termina de conocer.


Parece algo muy complejo, pero en realidad es algo que se ha tratado de dejar a un lado en las historias nacionales justo porque es algo muy poderoso, algo muy destructivo. Por ejemplo, la bomba atómica, todo ese terror que tenían nuestros padres de que alguien apretara el botón y se acabara el mundo, es algo que hace que sea un tema muy silenciado y parezca muy complejo. No se quiere hablar de eso porque a todo el mundo le da miedo.


En la historia hay diferentes voces, unas muy personales ¿es un simbolismo?


El accidente de Chernóbil se vuelve una especie de metáfora de lo que le pasa a una familia. Porque narró la historia de una familia y cómo se fragmenta, se destruye. En la novela conviven los personajes y sus historias, puntos de vista de como se destruye algo. En la última presentación del libro uno de los comentaristas me dijo que sentía a la madre muy autoritaria. Lo que le argumenté era que la madre es presentada desde el punto de vista de la hija, pero seguramente esta madre tendría otra historia respecto de lo que pasa en esa familia.


También escribí sobre el modo en que construimos la historia. ¿Quién cuenta y qué sabemos sobre el accidente de Chernóbil? No se sabe muy bien lo que sucedió esa noche. Al final, lo que contaron los del Partido Comunista fue que había sido un error humano, pero no estamos seguros. Contaron esa versión como para sanear el asunto, porque si hubiera sido un defecto de la planta entonces eso significa que cualquier otra planta en el mundo podría fallar y hay muchas activas en el mundo. Si lo achacan a los participantes, al ingeniero que no hizo bien su trabajo, lo minimizan. Como en una familia, siempre se cuenta la historia que te deja tranquilo.


También es una memoria familiar, plagada de recuerdos y sinsabores…


Es la historia de un padre, que esta conectado directamente con la energía nuclear, y de la hermana, que es lo que detona el inicio de la novela. La protagonista vuelve a la casa de la familia porque su hermana se acaba de suicidar. Quiere saber qué es lo que pasó, cómo murió su hermana, qué la llevó a ese punto. Cuando investigas Chernóbil te preguntas qué es lo que causó tanto daño, por qué la radiación sigue presente.


La novela tiene un movimiento propio en la línea temporal, eso la hace dinámica...


Originalmente era un relato lineal. Después empecé a ver lo que yo quería contar, el modo en que esta mujer construye su pasado. Cuando piensas en tu historia personal, no piensas de manera lineal; saltas en el tiempo, recuerdas cuando ibas al kínder en tu primer día, cuando murió tu perro... vas saltando, y estos momentos construyen la idea que tienes de ti mismo, tu identidad y la historia con tu familia, la relación que tienes con tu madre, tu padre, tu hermana.


Pensé que lo mejor era que lo lectores tuvieran esta visión fragmentada e hicieran su propio mapa de cómo se construyó esta historia familia. La mujer regresa a sus diarios, los va hojeando, los va leyendo y se da cuenta de los cambios en su forma de pensar. Así es como uno construye su identidad.


¿Ves a la literatura como una forma de interpretar la realidad, en este caso la de dos tragedias, la nuclear y la familiar?


Pienso que es una buena herramienta para entender mejor al mundo. Siempre les digo a mis padres que tienen que leer más novelas porque ahí puedes ver como otros personajes, no necesariamente iguales a ti –te puedes o no identificar con ellos–, reaccionan frente a problemas que son humanos. Compartimos los mismos dolores y las mismas pasiones de los personajes. Mi intención era mostrar un camino que yo recorrí para ver si alguien encontraba alguna respuesta en eso: el modo en que se viven las crisis familiares cuando se suicida un miembro de tu familia, cómo sobrevives a ese dolor. Busqué contar una historia que le pudiera comunicar algo a alguien.


¿El suicidio como reflejo de la explosión nuclear?


La explosión afecta directamente a la familia de la novela porque cambia la situación del padre. Él desaparece en algún punto y ese problema causa que la familia tenga que resolver de alguna manera la situación económica y vital; esto conlleva que la hermana sea una suerte de chivo expiatorio, eso es lo que se va narrando en toda la novela. Al igual que el accidente, esa tragedia familiar deja una huella en la memoria, la radiación no se acaba.


Despliegas una suerte de economía de lenguaje donde el silencio es vital...


En algún momento la novela llegó a tener el doble de cuartillas. Lo que quería era que, no sólo en el lenguaje, también en la información, dijera justo lo necesario. Algo clave en esta familia es precisamente el silencio, nadie quiere hablar, ni en el momento que les toca vivir, ni en el futuro. Cuando ella regresa a lo diarios no quiere contar, le cuesta mucho trabajo sacar está información, todo lo que vivió. La clave para contar esa historia era más el silencio que explicar algo, lo que hice fue sintetizar. Le fui quitando y quitando. Varios lectores me han comentado que dejé muchos cabos sueltos, cosas que no se terminan de explicar, pero es el lector el que tiene que armar su propia explicación. Yo siento que conté de más. Era la idea, ser muy económico para dejar esos secretos.


¿Es más fácil guardar silencio que afrontar la memoria?


Creo que en todas las familias pasa. Sucede algo terrible y no lo hablan. Lo callan, para sobrevivir. Sucede, por ejemplo, con los desaparecidos en un país como México. Nadie quiere hablar de ello, es mejor guardar silencio. Así se construye la historia de todas las familias, con secretos. ¿Van a salir? Unos sí y otros no, esa es la forma en que se escribe la propia historia. A mí me costó muchos años soltar la novela, no quería, porque tiene muchos temas personales. La trabajé con una beca del FONCA, en 2011, y mi tutora siempre me escribía para saber qué pasaba con la novela. Fue un proceso largo.


Nunca pensé ganar un premio como el de Siglo XXI con esta historia. La fui corrigiendo, la fueron viendo otras personas, la leyó mi esposo, Vicente Alfonso, que también es escritor y que pagó el envió al concurso, es un pacto que tenemos. Y bueno, ha sido toda una experiencia personal y literaria.

Comentarios