Reflejos de la hoguera inmortal: Mueran los hijos de Troya
Literatura

Reflejos de la hoguera inmortal: Mueran los hijos de Troya

Hacer del hermano de Agamenón, confiesa el autor, le habría quedado bien pues acababa de sufrir un desengaño a manos de una chiquilla que “hasta tenía el nombre adecuado para asumir el papel de adúltera”.

Si un lector carece de hábitos como leer la contraportada de un libro que por alguna razón inescrutable llama su atención y luego echar un vistazo al contenido antes de que el celador de la tienda le reconvenga y señale con su dedo flamígero el letrero de “No hojear”, corre el riesgo de perderse una obra como Helena, Helena, amor mío.

Esta novela del italiano Luciano de Crescenzo (1928) comienza con un proemio que es más bien un relato entrañable: el de conflictos entre chiquillos de la década de los cuarenta del siglo pasado que, privados del referente de las disputas entre indios y vaqueros, pero pulidos con las herramientas de una educación clásica, se dividían para sus grescas en aqueos y troyanos.

El grito de guerra de los griegos infantilizados (¡Mueran los hijos de Troya!) gozaba de una doble agresividad gracias a la familiaridad sonora entre el nombre de la ciudad de altas murallas y el vocablo “troia” que, en italiano, se corresponde con la persona que ejerce la prostitución.

De Crescenzo, napolitano, escritor, guionista y cineasta, recuerda que, a la hora de repartir los personajes, si bien sus preferencias se inclinaban por Aquiles, Ulises, Diomedes, alguno de los Ájax, debido a su constitución física, nada intimidante, “tuve que conformarme con ser Epístrofo, un héroe focense que incluso Homero había desdeñado, mencionándolo sólo una vez en la lista de los capitanes”. Al menos no lo obligaban a ser el cornudo de Menelao. Hacer del hermano de Agamenón le habría quedado bien, confiesa el autor, pues acababa de sufrir un desengaño a manos de una chiquilla que “hasta tenía el nombre adecuado para asumir el papel de adúltera”.

CLAVES

Los aficionados a las obras enmarcadas en los años que el ejército aqueo se mantuvo a las puertas o en las playas de Ilión, desarrollan cierto colmillo a la hora de evaluar títulos contemporáneos que retoman los dichos y hechos en torno a la destrucción de Príamo, Héctor, Paris y compañía.

Un magnífico agüero es que se haga mención del príncipe Palamedes, hijo de Nauplio, quien rivalizaba y hasta superaba al fecundo en ardides. Esto no era muy del agrado del rey de Ítaca, tan es así que se cargó a Palamedes con maniobras nada honorables que incluyeron falsificación de documentos y siembra de pruebas.

Otro es el robo del Paladión, una rústica representación de Atenea que los aqueos debían forzosamente sacar de la ciudad enemiga. Esa tarea se le encomendó a Ulises y a Diomedes. Los héroes lo consiguieron pero, cuenta la leyenda que la vuelta al campamento fue especialmente trabajosa porque a la primera oportunidad el fecundo en recursos trató de asesinar a Diomedes por aquello de hacerse con toda la gloria, éste consiguió desarmar a su compañero de armas y culminar la empresa dejando una huella de ignominia, una mancha más al tigre, en el historial del hijo de Laertes.

Que el esposo de Penélope y padre de Telémaco era un pícaro queda bastante claro, y eso nos lleva a otro elemento grato presente en la obra del italiano. Concluida la trama principal, la cual es rematada con un pequeño epílogo, el volumen trae un pequeño diccionario de mitología. En la entrada correspondiente a Autólico, abuelo de Ulises, se hace alusión a un turbio asunto que involucró a Sísifo y a Anticlea, madre del fecundo en recursos, ya casada con Laertes. La conclusión del autor es que, a fin de cuentas, el protagonista de la Odisea “tenía un padre ladrón, un abuelo ladrón y un bisabuelo, Hermes, dios de los ladrones.

ARGUMENTO

De Crescenzo nos cuenta la Ilíada y algunas cosas más al tiempo que narra la travesía de Leonte, joven cretense de 16 años que viaja a Troya en busca tanto de su progenitor, Neópulo, rey de la isla de Gaudos, como de mayor seguridad puesto que su tío Antifinio ha mostrado hallarse muy cómodo en el trono. Leonte logró sobrevivir a un atentado en su hogar y se embarcó hacia la guerra porque “Mejor los troyanos que los parientes”.

Un viejo llamado Gemónides se encarga de aconsejarlo para que no cometa imprudencias como arriesgar la vida. Para su fortuna, y a diferencia de precoces asesinos de la talla de Aquiles o de Neoptólemo, hijo del pélida que a la misma edad del cretense ya había manifestado una belicosidad digna de Ares, Leonte se comporta como un chico normal, hace caso de los consejos y muestra humanidad en el campo de batalla.

Sus pesquisas los llevarán a trabar conocimiento con Tersites, un guerrero bajito, jorobado, de aspecto cómico, una pierna más corta que la otra, con cabeza de pera y un mechón de pelo en medio del cráneo. A este llamativo personaje se le da bien eso de provocar a los jefes aqueos, sobre Agamenón dice que es “el ladrón por excelencia”, sobre el hijo de Laertes comenta que “utiliza la mentira como sistema de vida”.

En un diálogo con el fecundo en ardides en el interior de una tienda-bar llega a decir a la concurrencia que “Si Ulises os dice que el sol brilla en lo alto del cielo... no le creáis (...). Y si al salir comprobáis que realmente allí está el sol, igualmente no le creáis. (...) no lo habría dicho si no ocultara bajo cuerda algún condenadísimo truco”. El aludido lo hace callar a punta de garrotazos.

Ya recuperado de la golpiza, Tersites ofrece su ayuda a Leonte. La investigación del cretense avanza y van surgiendo peligros que deberá sortear para dar con el paradero de su progenitor. Al riesgo de combatir frente a las murallas construidas por Apolo y Poseidón agregará aventuras como introducirse en Ilión, confrontar a uno de los reyes aqueos, entrar en tratos con troyanos, secundar al pélida en sus devaneos amorosos con una hija de Príamo y enamorarse él mismo de una mujer que no puede ser otra que Helena aunque ella afirme llamarse Ekto.

Cuando le cuenta la pasión nacida a Tersites, éste responde que no le sorprende ni la belleza descrita ni el nombre pues, como ha venido asegurando “Estamos combatiendo por una fémina que no existe”. La reina de Esparta, según el lúcido soldado, no es una mujer sino una apariencia y le recuerda a Leonte que ektos significa “lo de afuera, exterior, apariencia, nube, humo. ¡Helena es un fantasma!”

PLATILLO

Este platillo helénico ofrece al lector una prosa tan ágil como cinematográfica. No hace falta mucho esfuerzo para imaginarse incluso a los personajes inventados por el escritor italiano y situados en la batalla que dio lugar a la célebre hoguera.

Se agradece el énfasis puesto en mostrar a héroes y dioses como personajes que se mueven no al ritmo de lo mejor sino de lo peor que hay en ellos, que se conducen no al arbitrio de la razón sino del capricho. Son seres capaces tanto de negar su responsabilidad en actos atroces como de ufanarse por ello. Las confidencias del autor dan más sabor al caldo.

Helena, Helena, amor mío es, al final, y como lo comenta en algún momento Luciano de Crescenzo, una carta de amor a la mitología griega por sus efectos en la vida de quienes se sumergen en sus historias.

El del Caballo de Troya no es solamente el relato del engaño que acabó con una ciudad, dentro de ese armatoste estaban representadas, ya fuera por ascendencia o descendencia, derecho propio o favor divino, invención de los que cantaban las hazañas o voluntad de los pueblos que las escuchaban y querían verse representados en ellas, las virtudes y los defectos, también la mediocridad, inherentes al género humano.

A propósito de este libro no está de más reiterar el gran servicio que prestan las contraportadas y cuánto se agradece revisitar el campamento aqueo de la mano de quien fuera en la infancia un héroe focense desdeñado por Homero.

CONTACTO: @ivanhazbiz

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