La transfobia y sus hogueras
Reportaje

La transfobia y sus hogueras

Prejuicios que atacan

Los primeros indicios de luchas sociales en pro de la defensa de los derechos humanos de las personas transexuales se remontan al siglo XIX. A finales de esa centuria, cuenta Susan Stryker, directora del Instituto de Estudios LGBT de la Universidad de Arizona, aparecieron los primeros brotes de movimientos políticos y organizaciones de ese corte.

En 1895 se fundó en la norteamericana ciudad de Nueva York el Cercle Hermaphroditos, un pequeño club para andróginos. Otro referente a considerar surgió en Alemania en 1897, el llamado Comité Científico Humanitario liderado por el médico Magnus Hirschfeld, cuyo objetivo fue luchar contra la persecución hacia la comunidad LGBT institucionalizada en la ley germana.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos nació el movimiento The Society for the Promotion of Equality in Dress, gestado en Los Ángeles y vigente hasta nuestros días. En esta época, alrededor de 1950, indica la activista Juana Ramos Cantó, se acuña el término transexual, ya que fue el momento en que el avance tecnológico hizo posible la transformación corporal y sexual del ser humano, incluyendo la cirugía de genitales.

En 1951, Christine Jorgensen, mujer transexual estadounidense, viajó a Dinamarca y comenzó a realizarse una serie de operaciones. En 1952 se convirtió en la primera persona en haber experimentado una cirugía de reasignación de sexo.

Gracias a la lucha contra la discriminación encabezada por Martin Luther King y el movimiento de liberación sexual impulsado por las comunidades hippies, la idea de la defensa de una sexualidad más abierta y alejada del tradicionalismo religioso cobró fuerza.

A finales de los sesenta, en San Francisco se presentaron boicots y revueltas en los comercios que discriminaban y no permitían el acceso de transexuales a sus instalaciones. Uno de los casos más sonados fue el de la cafetería Compton’s en agosto de 1966. Dicho establecimiento era el único que permitía la entrada a clientes transexuales, contrario a otros bares de temática gay en San Francisco que los excluían debido a que el travestismo era ilegal y su presencia podía justificar que la policía realizara redadas para clausurarlos.



Una de las primeras manifestaciones por los derechos de los transexuales (1982). Foto: El País/ Colita.

En 1978 se suscitó la primera marcha LGBT en Ciudad de México. Todavía pasarían algunos años antes de que se abrieran bares y centros nocturnos destinados a la convivencia de las minorías sexuales.

Un hecho significativo ocurrió en 1990, el 17 de mayo de ese año se conmemoró por vez primera el Día Internacional contra la Homofobia, la Lesbofobia y la Transfobia a raíz de la eliminación de la homosexualidad masculina y femenina de la lista de enfermedades de la Organización Mundial de la Salud.

El siglo XX sentó bases para que la lucha por los derechos de los transexuales se adentrara en las áreas de investigación de las más importantes universidades del mundo. Hoy día, en bibliotecas físicas y virtuales existen un sinfín de textos sobre el tema. Informarse se ha convertido en algo primordial, especialmente para aquellas personas que, por su condición, se sienten amenazadas por la agresividad del mundo machista.


DEFINICIÓN

Las personas transexuales se definen como aquellas que poseen una convicción y un sentimiento de pertenencia al sexo opuesto con el que nacen. No se identifican con su anatomía y optan por buscar maneras para cambiar su identidad por la del otro género. Hombres y mujeres transexuales se someten a tratamientos hormonales y llegan a realizarse cirugías estéticas como el aumento o disminución de pechos, hasta llegar a operaciones más serias que incluyen la remoción y reconstrucción de los genitales.

Dentro de este segmento existen dos clase de personas transexuales: las que nacieron como mujeres, pero se sienten y viven como hombres, y las que nacieron como hombres, pero se sienten y viven como mujeres.

Moisés Martínez, en su ensayo Mi cuerpo no es mío. Transexualidad masculina y presiones sociales de sexo, indica que desde su perspectiva, la clase médica, la familia y la sociedad “hipersexualizan” al neonato desde que ve la luz y modelan clichés de comportamiento de los que es complicado salir.

Martínez se autodefine como hombre transexual, es decir, nació teniendo el sexo femenino pero su identidad es masculina. En su texto expone que “A pesar de nuestros genitales, somos hombres, pero se espera de nosotros un comportamiento femenino”.



Cabe señalar que la transexualidad no es sinónimo de transgénero, pero sí guarda una relación estrecha, puesto que este último término se refiere a aquellos seres humanos que se identifican con el sexo opuesto, mas no tienen intenciones o no han iniciado un proceso transexualizador con su cuerpo.

El psicólogo Felipe Hurtado Murillo explica que el protocolo clínico que se emplea para la transexualización de un individuo se apega a los estándares propuestos por la Asociación Mundial de Profesionales para la Salud Transgénero, y se divide en tres partes: una psicológica, una hormonal y otra quirúrgica.

Para la activista española Beatriz Gimeno, la transexualidad “es un desafío que interpela prejuicios, creencias o certezas que tenemos acerca del cuerpo, el sexo y el género”. En una sociedad donde sexualidad y género se basan en un binomio, las personas que deciden identificarse con aristas diferentes suelen ser vistas con incomprensión y rechazo.


HOSTILIDAD

Ser un transexual en sociedad suele deparar encuentros con una aversión denominada “transfobia”. En edades tempranas, por ejemplo, el acoso escolar ocasiona que muchos niños transgénero abandonen la escuela. Años después, razones de aversión les dificultan obtener un empleo. No son pocas las ocasiones en que, llegando a la adolescencia y debido a sus preferencias de género, son echados de casa.

En México, con sus dotes para el machismo, a las mujeres transexuales se les dificulta, mucho más que a sus pares hombres, el encontrar trabajo debido a su aspecto. El artículo 5 constitucional establece que a ninguna persona se le puede negar el derecho a dedicarse a alguna profesión lícita. La realidad es otra. Ante la falta de oportunidades, muchas féminas trans acaban por salir las calles de las grandes ciudades a ejercer la prostitución. En ese mercado con escasas garantías de seguridad, hay transfóbicos que se elevan a la categoría de verdugos.


TUMBA LATINOAMERICANA

En un estudio llamado Transrespeto versus transfobia, realizado en 2012 por la organización Trasgender Europe, se encontró que, entre 2008 y 2011, un total de 831 personas transexuales fueron asesinadas alrededor del mundo. La investiga destacó que el número de casos iba en aumento ya que en el primer año analizado hubo 146 registros y en el último se abrieron 251 expedientes.



En el listado de la transfobia mortal de los años revisados, los siete primeros lugares correspondieron a naciones del continente americano. Brasil encabezó la lista con 325 casos, seguido de México con 60, Colombia con 59, Estados Unidos con 54, Venezuela con 48, El Salvador con 35 y Guatemala con 31. En el octavo lugar apareció la primera nación no americana, Turquía. En el noveno hubo otro Estado de las Américas: Argentina, con 18 transmicidios o feminicidios trans.

Los investigadores de este tema manejan varias razones a la hora de explicar la violencia latinoamericana hacia los transexuales. Entre ellas, una fuerte hace referencia a una postura ideológica que se afianza en estructuras sociales y religiosas (cuestiones como la familia modelo, donde siempre hay un papá y una mamá, entre otros). También inciden el grave problema educativo que enfrenta la región y los estereotipos alimentados por mensajes provenientes de los medios de comunicación.

En recuentos recientes, la clasificación no ha cambiado a sus punteros. Brasil y México siguen en los sitios de preeminencia con 171 y 56 asesinatos en el periodo comprendido entre octubre de 2016 y septiembre de 2017.

En el país sudamericano han surgido foros como homofobiamata.wordpress.com en el que señalan que cada 19 horas un integrante de la comunidad LGBT en Brasil muere de forma violenta a causa de la homotransfobia.

La mexicana Comisión Ciudadana contra los Crímenes por Odio y Homofobia consignó que entre 1995 y 2015, mil 310 personas integrantes de la comunidad LGBT fueron asesinados en territorio nacional.

La inseguridad tiende a actuar a sus anchas en México. La violencia transfóbica suele aprovechar un campo fértil para la impunidad; se manifiesta desde formas leves como insultos, pasando por situaciones de discriminación (como el impedir el acceso de mujeres transexuales a espacios concurridos como bares), hasta desembocar en crímenes de odio.

Al igual que los feminicidios, esta clase de ultraje suele ser efectuado por varones. No se trata de simples asesinatos, las víctimas fueron torturadas, humilladas y violadas antes de que el agresor decidiera terminar con sus vidas.

Aunado a esto, las chicas transexuales tienen que batallar con la escasa, cuando no nula, opción de acceder a servicios médicos de calidad en el sector público. Datos de Human Rights Campaign revelan que el 19 por ciento de las mujeres trans del mundo son portadoras de VIH.

En 2011, a casi un siglo de la promulgación de la Constitución, se promovió una iniciativa de reforma el artículo primero para agregar una protección estatal relacionada con el derecho a no ser agredido o discriminado por preferencia sexual o identidad de género.



Féretro de Paola Ledezma. Foto: Cuartoscuros

Hoy día, dicho contenido constitucional dice: Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.

El artículo cuarto habla del derecho del ciudadano mexicano a una identidad y a un nombre. Las chicas transexuales muchas veces optan por cambiar legalmente su identidad. Hasta ahora la Ciudad de México es el único estado en el país que realiza este trámite. La apertura jurídica de la capital del país, sin embargo, no exenta a la megalópolis de su peligrosidad: es la demarcación con mayor cantidad de crímenes de odio transfóbico registrados. La cifra es de 36 personas transexuales asesinadas en los últimos 20 años.

El 30 de septiembre de 2016, Paola Ledezma, una mujer transexual de 25 años, originaria de Campeche y quien trabajaba como sexoservidora en Ciudad de México, murió de un par de disparos, uno en el pecho y otro en la cabeza. Pasó sus últimos momentos dentro del automóvil de un cliente, en el cruce de Insurgentes Norte y Puente de Alvarado, frente aun grupo de compañeras que hicieron lo posible por ayudarla.

Una de ellas, Kenya Cuevas, grabó a Paola agonizando y subió el video a Facebook. Las imágenes se viralizaron. Arturo Felipe Delgadillo Olvera, exmilitar, fue detenido. El Ministerio Público clasificó el caso como un homicidio en agravio de una persona del sexo masculino.

Delgadillo Olvera fue liberado dos días después. Las autoridades alegaron “falta de elementos”. Varios medios de información consignaron datos de la declaración del exmilitar: Paola no dijo que era hombre, discutieron, ella misma había accionado la pistola.

La indignación de las compañeras de la víctima cobró forma en una protesta luctuosa. Primero, acudieron a reclamar el cuerpo para realizar el funeral. Cuando la carroza se dirigía al camposanto, Kenya Cuevas pidió hacer un desvío, llevaron el féretro al lugar donde Paola expiró, abrieron el ataúd y se produjo una manifestación de cuerpo presente.

Días después, el 13 de octubre, el cuerpo de Alessa Flores fue encontrado en la habitación de un hotel de la colonia Obrera de la capital mexicana. Presentaba signos de estrangulamiento. Además de trabajadora sexual era activista, participaba con regularidad en mesas de discusión y diálogo, defendía el derecho a la diversidad y buscaba crear conciencia sobre la importancia de no discriminar.



Foto: EFE/Esteban Bibas

Tópico frecuente en sus ponencias era la denuncia de la falta de preparación, la escasa educación y los prejuicios con que los policías capitalinos suelen tratar a la comunidad transexual. También se quejaba de que la mayoría de los perpetradores de transcidios en el país no está tras las rejas. Alessa tenía dos años organizando altares de muertos en memoria de mujeres transexuales asesinadas. Su caso, al igual que el de Paola, causó indignación y manifestaciones.

El 19 de junio de 2018, Nataly Briyith Sánchez, mujer transgénero de origen hondureño e integrante del colectivo Diana Sacayán, fue ultimada por un cliente al que recibió en su departamento en Tuxtla Gutierrez, Chiapas. Nataly llegó al estado sureño huyendo de la violencia de las pandillas de maras. Su condición de vulnerabilidad pues, valía por dos: mujer transexual e inmigrante.

Otro caso reciente es el de Alaska Contreras Ponce, quien ostentaba el título de Reina Gay 2018 en el estado de Veracruz. Fue hallada muerta en el municipio de Martínez de las Torres en julio pasado. Su cuerpo presentaba huellas de tortura, tenía golpes, circundaba su cuello un alambre de púas. Alaska tenía 25 años y estudiaba estilismo.

La activista trans Jazz Bustamante, miembro del Frente Nacional Feminista, asegura que con el caso de Alaska se alcanzó la cifra de 15 transcidios en Veracruz tan sólo en lo que va de 2018.

Meses atrás, en una conferencia de prensa, Bustamante había advertido sobre la frecuencia con la que se perpetran estos crímenes de odio en territorio veracruzano, se ubica en el podio de estos ilícitos entre las entidades mexicanas. Además, había señalado que de los 29 asesinatos de transexuales consignados en 2017 en Veracruz, las autoridades sólo resolvieron cinco casos.

El crimen de Alaska Contreras causó revuelo en los medios; los otros transcidios tuvieron poca cobertura mediática. La empresaria mexicana y mujer trans Ophelia Pastrana, en entrevista concedida al medio español El Diario, atribuyó ese escaso interés al clasismo, ya que Alaska era una chica de la sociedad veracruzana y no una prostituta.

La Organización de las Naciones Unidas emitió en agosto pasado un comunicado en el que llamaba al gobierno mexicano a poner atención al alto índice de transcidios, emprender acciones y castigar a los culpables.

En el libro Crímenes de odio por homofobia, un concepto en construcción, editado por la organización Letra S, existe un apartado dedicado al tratamiento que brinda la prensa roja mexicana a los crímenes mortales contra mujeres transexuales. En la oenegé observaron una notable presencia de machismo transfóbico y un nulo reconocimiento de la identidad de género de las víctimas al referirse a ellas como varones.



Alaska Contreras Ponce. Foto: Facebook

Revisaron notas de medios como La Prensa, El Metro y El Sol del Mediodía. Encontraron que, para estos periódicos, las víctimas son hombres disfrazados de mujeres y no mujeres transexuales, tampoco se señala que fuesen actos transfóbicos. Este tipo de amarillismo escrito, consignan en el volumen, suele ser el más consumido por el ciudadano de a pie, generalmente varón, que fácilmente puede acceder a él a un bajo costo y en cualquier puesto de periódicos. El discurso de las notas, consideran en la oenegé, se replica y alimenta el imaginario social que sostiene el morbo y los prejuicios con los que se ataca a las personas transexuales.

Análisis de este tipo no son exclusivos de México. En septiembre de 2017, el colectivo peruano Féminas se manifestó contra medios de comunicación del país inca, los acusó de fomentar la discriminación en sus reportajes y de utilizar términos equivocados y ofensivos para referirse a la comunidad transexual.


TRANSFEMINISMO

En El imperio transexual (1979), su autora, Janice Raymond, afirmaba que todos los transexuales violan el cuerpo de la mujer al reducir sus formas a mero artificio, apropiándose este cuerpo... Esas palabras están en la raíz de lo que más tarde se convirtió en el TERF, Trans Exclusionary Radical Feminist, una variante feminista que se define como transexcluyente y que no debe confundirse con el feminismo radical.

El TERF percibe a la mujer transexual como una intrusa dentro del movimiento, como un agente en funciones de usurpación que alimenta estereotipos de género al querer afirmarse como fémina.

El imperio transexual no sólo generó simpatizantes, también detractores. En 1994, Riki Anne Wilchins, activista lesbiana transexual, enfrentó cara a cara a Raymond en una librería de Nueva York.

Wilchins le recordó una frase de Simone de Beauvoir, “No se nace mujer, se llega a serlo”, y acusó a la autora de ser ella la que servía a las instituciones al llevar a cabo un performance sobre lo femenino. Riki Anne fue una de las primeras mujeres en escribir sobre transfeminismo, publicó Read my lips (Lee mis labios) en 1997.



El acceso a trabajo digno es una de las luchas de la comunidad trans. Foto: Presentes

Sin embargo, el discurso TERF tiene partidarias como Sheila Jeffreys, profesora de la Universidad de Melbourne, quien señala que el movimiento por los derechos de las personas transexuales es sirviente del patriarcado y de la homofobia, además de fungir como un tipo de violencia sexual contra las mujeres. En esa misma línea se hallaba Mary Daly. Fallecida en 2010, Daly era catedrática del Boston College y escribió Gyn/Ecology, obra en la que compara al transexualismo con el Frankenstein de Mary Shelley; lo describe como una especie de sirena quirúrgica que invade el mundo femenino con sustitutos.

En 1991, a Nancy Burkholder, una mujer transexual declarada lesbiana, le fue negado el acceso a un festival de música exclusivo para mujeres biológicas en Michigan. Este acontecimiento dio pie a una reflexión sobre las teorías feministas con miras al siglo XXI. Surgieron trabajos, como El género en disputa de Judith Butler, en los que prácticamente el género era abolido.

Voces que abogan por la esencia unificante e igualitaria del feminismo no han dejado que la ideología TERF impere en el gremio. El discurso de Beatriz Preciado, por ejemplo, ve en el transfeminismo, la teoría queer y otras corrientes, frutos de una madurez del feminismo como teoría política.

Para la filósofa Sayak Valencia, el transfeminismo es una coyuntura del pensamiento y de la resistencia social apta para integrar las variables entre géneros, corporalidades y sexualidades con las hipótesis de las luchas feministas.

Sobre los orígenes del activismo trans, la activista Roshell Terranova comenta que si bien en un principio el acercamiento con el movimiento feminista de México fue difícil, puesto que sus integrantes se rehusaban a reconocerlas como mujeres, hoy día ambos grupos coinciden en varios frentes, su relación es más cordial y el objetivo de sus luchas es el mismo: el reconocimiento de sus derechos humanos.


ARTE DEFENSA

El arte tiene la cualidad de hacer más comprensibles los fenómenos sociales y el de la transfobia, y la lucha contra ella, no es una excepción. El terreno artístico se ha convertido en una plataforma para denunciar las formas de aversión que se detonan en una sociedad en contra de los transexuales. En América Latina ha sido especialmente relevante el papel de la cinematografía.



El muestrario fílmico se remonta a principios de los treinta del siglo pasado, cuando la aparición del Código Hays, cuyo espíritu puede resumirse en “lo que podía verse y lo que no”, inclinó los contenidos de las películas de Hollywood a favor de algunos sectores sociales y políticos conservadores. Bajo esa luz, la presencia de referentes LGBT en el cine era anulada.

Las décadas pasaron, vino una apertura y hoy día el séptimo arte es una pantalla grande capaz de ofrecer tanto entretenimiento como oportunidades de reflexión.

De vuelta a nuestro tema, un filme sobresaliente y de reciente manufactura es Una Mujer Fantástica (2017), de Sebastián Lelio, donde el trabajo de la actriz transexual chilena Daniela Vega contribuyó a que el filme ganara el Óscar en la categoría de Mejor Película Extranjera.

Otro trabajo latinoamericano destacado es Abrázame como antes (2016), del costarricense Jurgen Ureña, quien reclutó a Jimena Franco y a otras actrices transexuales no profesionales para que protagonizaran un rodaje que se mueve en la solidaridad surgida entre grupos excluidos a raíz del abandono social provocado por la pobreza y la prostitución.

Costa Rica, país que no posee ninguna ley que prohíba expresamente la discriminación con base en la identidad de género, registró cinco asesinatos por transfobia entre 2008 y 2016, según el estudio de Transgender Europe.

Ureña comenta que su proyecto surgió en 2009 a raíz de que comenzó a convivir con un grupo de travestis que ejercían la prostitución en un barrio de San José. Para él, la sociedad de su país tiene amplios sectores conservadores que si bien no emplean una transfobia frontal contra las chicas, sí ejercen la ignorancia social, de manera que se muestran indiferentes ante su existencia y lo que les atañe.

Creo que los tránsfobos en Latinoamérica se sienten amenazados en su identidad, en su masculinidad, en el ejercicio de la ciudadanía. Sienten que hay mucho terreno que podrían perder si se reconocen los derechos que les corresponden a las personas transexuales. Y lo sienten, justamente, porque hay una gran ignorancia y como resultado de esa ignorancia hay un gran miedo. El fenómeno de la otredad tiene una gran vigencia, estamos señalando a otras personas como esos otros que nos amenazan”, concluye Ureña.

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