La vuelta del “padre” y las revueltas de la vida
Ciencia

La vuelta del “padre” y las revueltas de la vida

Efectos del regreso del río en la fauna

Con agradecimiento para el MVZ. Guillermo Leyva por el acompañamiento y la filmación del evento.

Para iniciar este relato deseamos ubicar al lector en el mes de septiembre del año 2008.Habían transcurrido 17 años desde la última gran avenida del río Nazas, iniciada en agosto de 1991 y finalizada en febrero de 1992. Poco se sabía del impacto de la inundación que invade el lecho seco del río sobre la fauna silvestre. Por ello, nos dimos la tarea de hacer observaciones en campo de los efectos que éste evento “cataclísmico” ejerce sobre las poblaciones de animales.

Otro motivo que incitó nuestra investigación procedía de nuestros recuerdos de la avenida de 1991. En aquel entonces, siendo aún estudiantes de la carrera de biología, quedó en nuestra memoria una poderosa imagen de un viaje de estudios a la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Realizamos el traslado en tren (aquel fue, seguramente, uno de los últimos traslados ferroviarios antes de que se suspendieran los trenes de pasajeros; quienes tuvimos la fortuna de vivirlo siempre recordaremos con nostalgia aquello como un genuino periplo). En ese viaje notamos una inmensa cantidad de cadáveres de peces y parvadas de aves migratorias, formaban una línea de varios kilómetros adyacente al bordo de la vía, precisamente la cual cruza y al mismo tiempo fragmenta la Laguna de Mayrán, donde reposa finalmente el caminar del Padre Nazas, en sus esporádicos regresos.

En 2008 se tenía la expectativa que las aguas del Nazas llegaran a los puentes que comunican a las ciudades de Torreón, Coahuila, y Gomez Palacio, Durango, en determinada fecha. Esto no sucedió debido a la gran cantidad de volumen necesario para inundar el vado anterior al cerro de las Calabazas del municipio gomezpalatino, eso brindó un tiempo invaluable para la idea de buscar lugares donde la fauna silvestre residente del aluvión bajo (entendido como depresión del relieve o canal seco donde fluye el cuerpo de agua en cada avenida), no fuera tan perturbada por las poblaciones humanas, mayormente concentradas en el área urbana de las tres ciudades de la región conocida como La Laguna (Torreón, Gómez y Lerdo) y los ejidos cercanos al lecho seco. Decidimos hacer un recorrido acompañando en tiempo real “la punta de inundación” para obtener la evidencia del efecto, adaptaciones y estrategias de los seres vivos ante el fenómeno.

Foto: Cortesía J.L. Estrada y Sandra Leyvas

Nuestra “cacería de la vanguardia de inundación del río” inició en los ejidos de la Flor y Santoña, de Gómez Palacio. De acuerdo a los relatos de personas mayores, contemporáneos de antes de la construcción de las presas, allí existe una desolada y gran planicie de inundación; describen que en esos sitios hubo pequeños bosques de sauces, mezquites y sabinos; aún hoy, en invierno, se destacan por su color dos sabinos o ahuehuetes, es probable que con varios cientos de años en sus anillos, ubicados en las cercanías de la planicie del duranguense ejido San Felipe, evidencia viva de las “vegas” o brazos del río que en aquel entonces albergaban vegetación abundante. Quienes esto escriben, al ser nativos de los ejidos mencionados, no podemos dejar de ver a la distancia esos sabinos cuando tenemos oportunidad de viajar por la autopista, ya que son árboles con considerables altura y diámetro de tronco, características que llamaron nuestra atención desde nuestra época de infancia. Desgraciadamente, para cuando arribamos al mencionado lugar de La Flor-Santoña hacía bastante que el río había pasado, nos dimos cuenta por las personas que en ése momento hacían competencias de clavados en las aguas aparentemente tranquilas del recién llegado.

Aunque en primera instancia ubicar el avance del flujo hídrico del río parecía una tarea fácil, no lo fue en campo, a ello contribuyeron las características del terreno, como el hecho de que no existe carretera pavimentada adyacente a los márgenes del río y que las carreteras solamente tienen contacto de forma puntual con el cauce en algunos poblados. Durante el recorrido de búsqueda hicimos varios intentos infructuosos, llegamos a donde o ya había pasado o aún faltaba por llegar (en aquel entonces no se contaba con los actuales y útiles drones). Fue a unos cientos de metros del ejido Tacubaya, del municipio coahuilense de San Pedro, donde finalmente, hallamos un excelente paraje sin personas en las cercanías, con la sierra de San Lorenzo de fondo y con una superficie importante de dunas, concentradas probablemente en un pasado no tan remoto producto de la confluencia donde llegaron a conectarse las aguas del Nazas y del río Aguanaval.

Foto: Cortesía J.L. Estrada y Sandra Leyvas

Al llegar al ejido Tacubaya, una gran gentío hacía fiesta por el muy reciente paso del agua. Preguntamos y nos informaron que hacía cinco minutos que acababa de pasar; decidimos continuar por la terracería adyacente del margen del vado. Una gran sorpresa nos llevamos al ver una multitud de gente, en camionetas, a caballo, en bicicleta y a pie, literalmente acompañando entre risas y bailes a ritmo de cumbia a “la punta del Nazas”. Tuvimos que adelantarnos en el transecto (trayecto con científico propósito) hasta un lugar menos poblado para instalarnos y observar el comportamiento de la fauna -pero de aquella que no gusta mucho de la cumbia- ante el arribo de la inundación.

En el lugar que elegimos llamaron nuestra atención unos restos de carrizales (raíces y tallos), seguramente de épocas de abundancia del recurso hídrico; asimismo, pudimos atestiguar que el flujo del agua es de avance muy lento en áreas de planicie de inundación y todo lo contrario, muy vigoroso y formando rápidos, en donde el cauce se angosta: en ambas situaciones nos interesaba registrar el comportamiento de las especies de animales silvestres.

Los resultados fueron bastante asombrosos. Algunos “expertos” se aventuraban a decir que dichos organismos simplemente serían barridos y exterminados por la intempestiva avenida. Nada de eso, pudimos constatar como las especies residentes en sus refugios, cuevas, nidos y madrigueras dan muestra de un tipo muy interesante de detección de lo que para ellos seguramente representó un “tsunami del Nazas”; se pudo registrar y fotografiar a tarántulas, serpientes y lagartijas, ratas canguro, conejos y liebres, ardillas entre otras. Tanto la fauna con madrigueras en las planicies de inundación como la instalada en los cauces reducidos, pareció manifestar un “presentimiento” del evento, abandonaron sus refugios en un rango aproximado de 5 a 20 minutos antes de la llegada del agua. Debemos mencionar que en los sitios donde el lecho era amplio, la fauna de menor talla, algunos mamíferos (conejos, rata canguro y ardillas), lagartijas y serpientes que no alcanzaron a tiempo la orilla elevada del vado, fue observada nadando con una aparente facilidad o naturalidad, lo cual constituye un registro muy especial para los estudios de biodiversidad y ecosistemas.

Foto: Cortesía J.L. Estrada y Sandra Leyvas

Un caso particular de lo interesante que resulta la capacidad de nado, específicamente para el caso de reptiles adaptados al desierto, lo muestra una especie de lagartija en peligro de extinción-endémica de las dunas distribuidas en lo que fueron las lagunas hoy secas de Viesca y Mayrán, denominada vulgarmente como lagartija arenera, de nombre científico Uma exsul. También conocida como chivilla de las dunas, posee la capacidad de nadar en la arena para escapar de sus depredadores y pertenece a un grupo de lagartijas que viven exclusivamente en dunas, cuya distribución incluye de forma intermitente sitios de acumulación de arena desde el suroeste de Coahuila hasta el suroeste de los Estados Unidos. Uma exsul ha sido reconocida por métodos genómicos como la más antigua del conjunto; una interrogante que existe es: ¿cómo una especie adaptada exclusivamente a lugares de dunas, o depósitos arenosos, los cuales son restringidos y pocos, pudo distribuirse en el pasado en lugares tan distantes? El hecho de haber observado la conexión entre las dunas adyacentes al río, la observación en campo de la natural capacidad de nado de las especies propias de un desierto y la evidencia paleontológica de que todavía en el pleistoceno (hace 10 mil años) prácticamente todos los cuerpos de agua continentales (como ríos y lagunas) de Norteamérica estaban interconectados nos hace suponer que las vías fluviales funcionaron como carreteras de distribución de biodiversidad.

Obtuvimos una gran satisfacción al ver los rostros de admiración y asombro de algunos pobladores de los ejidos cercanos que al percatarse de nuestra presencia así como de la filmación y toma de datos de la fauna silvestre, se acercaron a preguntar sobre nuestras actividades; respondimos a una gran cantidad de preguntas sobre fobias y creencias que tienen respecto de serpientes, lagartijas y demás fauna; pudimos recomendarles no eliminar estos animales ya que muchos son controladores de plagas que atacan a sus cultivos y les expusimos muchas otras ventajas del cuidado de sus ecosistemas.

Foto: Cortesía J.L. Estrada y Sandra Leyvas

Finalmente, debemos mencionar las emociones encontradas que generó en nosotros el poder tener registros visuales en tiempo real de lo que representó, guardadas todas las proporciones, una suerte de “hecatombe hollywoodense”. Por un lado, tuvimos oportunidad de reflexionar sobre el poder y la responsabilidad que detenta el actual sistema económico desde el llamado manejo oligárquico de cuencas, donde unas cuantas familias controlan y aprovechan el recurso hidráulico de toda una región impactando de muchas formas los ecosistemas que nos rodean y donde vivimos. Por otro lado, es sobrecogedor percibir cómo la naturaleza recobra de cuando en cuando sus espacios generando todo tipo de expresiones en la diversidad biológica, la cual tiende a adaptarse de maneras siempre asombrosas; también impresiona atestiguar como lo que para algunos ecosistemas con sus especies “pioneras” o recuperadores de espacio representa una devastación, para otras especies representa una nueva oportunidad de sobrevivir: una explosión del regreso vital, como en el caso de los anfibios (tepocates o ranas bebés, el colosal sonido nocturno del canto de los sapos para aparearse, sonido cada vez más difícil de escuchar en la región) o de las significativas parvadas de aves migratorias o la gran floración de plantas anuales, algas (lama) y la aparición de numerosos hongos que impiden entender lo árido de la región. Todo esto pudimos fotografiarlo en días posteriores en una Laguna de Mayrán recién inundada por el regreso del Padre Nazas.

CONTACTO: [email protected] (Investigadores de la FCB-UJED).

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