En busca de la inmunidad colectiva
Salud

En busca de la inmunidad colectiva

Una protección invaluable

Una vacuna es cualquier sustancia preparada con el fin de generar inmunidad (resistencia) contra una enfermedad estimulando la producción de anticuerpos.

Suele llegar a nosotros con la forma de una suspensión de microorganismos ya sea muertos o atenuados, o bien nutrida con productos o derivados de esos seres vivos diminutos.

El método más habitual para administrarla es la inyección, aunque hay otros tipos como nasales, orales y con vaporizador.

¿Por qué son importantes las vacunas? Porque factores como una higiene correcta, el saneamiento y el agua potable son insuficientes para detener a muchas enfermedades infecciosas que pueden propagarse con independencia de lo
aseado que ande uno y de lo limpio que esté el entorno.

Vacunarse no ha perdido su carácter necesario. Sin tasas de inmunización óptimas, eso que en la comunidad médica llamamos la “inmunidad colectiva”, males prevenibles por este método y que se han vuelto raros, como la tosferina, la polio o el sarampión, pueden reaparecer a toda velocidad.


SEGURIDAD

Todos los preparados que se administran han sido sometidos a pruebas rigurosas a lo largo de varias fases de ensayos clínicos. Además, se les evalúa regularmente una vez comercializados y se da seguimiento a los reportes que pueden alertar sobre sus efectos adversos.



La fiebre es un efecto colateral de algunas vacunas. Foto:123rf

La mayoría de las reacciones, vale decir, son leves y temporales, dos muy comunes son el dolor en el lugar de la inyección o tener fiebre. Rara vez se sufren efectos colaterales graves.

Está ampliamente demostrado que es mucho más fácil sufrir lesiones de consideración por la influencia de una enfermedad erradicable mediante vacunación que por la vacuna: la poliomielitis puede causar parálisis; el sarampión es capaz de producir encefalitis, ceguera, incluso la muerte.

Los beneficios de estas medidas para curarse en salud superan por mucho los riesgos y, sin ellas, habría muchos más enfermos y difuntos.

Las vacunas interaccionan con el sistema inmunitario y producen una respuesta similar a la generada por las infecciones naturales, pero sin causar la enfermedad ni poner a la persona en riesgo de sufrir las complicaciones que ésta entraña. Eso de permitir la infección natural para desarrollar resistencia puede acarrear efectos poco deseables como los defectos congénitos asociados con la rubéola o el cáncer hepático a partir de la hepatitis B.

Los motivos principales para vacunarse son proteger al individuo y a las personas que lo rodean. El éxito de este tipo de programas preventivos depende, en síntesis, de que todos garanticen el bienestar de todos.

Las pruebas de la comunidad médica han confirmado que administrar al mismo tiempo varios preparados para estimular las defensas no tiene efectos negativos en el sistema inmunitario de los niños. Esto es especialmente destacado si se considera que los infantes están expuestos todos los días, a la hora de comer, por ejemplo, a sustancias ajenas que desencadenan respuestas inmunitarias. No sólo eso, las bacterias que viven en la boca y la nariz son numerosas. Los pequeños están expuestos a muchos más antígenos en un resfriado común que cuando son vacunados.



Las vacunas vivas atenuadas previenen enfermedades como el sarampión, la viruela y la rubéola. Foto: El Universal

Para conservar en buenas condiciones la vacuna se utiliza un compuesto llamado tiomersal, el cual contiene mercurio pero no es peligroso. No hay datos de que las cantidades de esta sustancia usadas en los preparados preventivos supongan un riesgo para la salud. Tampoco hay evidencia de que exista una relación entre la vacuna triple vírica y el autismo o los trastornos del espectro autista.


DE TEMPORADA

No hay intervención sanitaria preventiva que ofrezca el mejor balance costo-beneficio: evita entre dos y tres millones de muertes anuales por difteria, tétanos, tosferina y sarampión. Además, aún queda margen de mejora. Si se incrementara la cobertura vacunal mundial se podrían evitar 1.5 millones de defunciones.

También resulta en ahorros para las familias. El caso de la gripe estacional es un ejemplo. Las sustancias para anticiparse a que haga de las suyas se vienen utilizando desde hace más de 60 años. El arsenal médico disponible inmuniza contra las tres cepas circulantes más prevalentes cada año. Se trata, sin duda, del mejor método para reducir la probabilidad de padecer gripe grave y convertirse en un agente de contagio. Evitar ese mal de temporada salva costos en atención médica y pérdidas de ingresos por ausentismo laboral.



Foto: jalisco.gob.mx

En todo el globo, el dato es de la Organización Mundial de la Salud (OMS) la tasa de cobertura de vacunación es del 86 por ciento, lo que se traduce como alrededor de 116.5 millones de niños. Se estima que 19.5 millones de lactantes de todo el mundo aún no reciben las vacunas básicas. Cerca de seis de cada diez de estos infantes viven en una decena de países: Angola, Brasil, Etiopía, India, Indonesia, Iraq, Nigeria, Pakistán, República Democrática del Congo y Sudáfrica.

En la comunidad médica existe consenso sobre la importancia de tareas como reforzar la inmunización sistemática, acelerar el control de las enfermedades prevenibles, introducir nuevas vacunas y estimular la investigación y el desarrollo de la próxima generación de estas sustancias.

La vacunación ha obtenido éxitos rotundos en frentes como el del combate al sarampión, cuya mortalidad a nivel mundial ha disminuido en un 84 por ciento; de 550 mil muertes en 2000 a 89 mil 780 en 2016. Las actividades para proteger han tenido gran impacto en la reducción de las cifras mortales.

En los resultados de la Encuesta Nacional de Niños, Niñas y Mujeres 2015 realizada en México por Unicef se consignó que sólo el 34 por ciento de los infantes de 24 a 35 meses recibió todas las vacunas recomendadas para su edad y que al 6 por ciento no se le administro ninguno de estos preparados.

Para la vacunación de rutina, la OMS recomienda que todos los pequeños sean protegidos contra la tuberculosis, la difteria, la tosferina, el tétanos, la poliomielitis, el sarampión, la hepatitis B, la Haemophilus influenzae tipo b, la neumonía/meningitis, el rotavirus y la rubéola.

Hoy día, los programas permanentes nacionales atienden cada año a más de 25 mil niños mexicanos.


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