Una cápsula de tiempo
Opinión

Una cápsula de tiempo

Miscelánea

Esta es la primera época que ha prestado mucha atención al futuro, lo cual no deja de ser irónico, ya que tal vez no tengamos ninguno. Arthur C. Clarke

Un mechón de pelo, una pluma fuente, algunos anillos, mensajes, saludos al futuro. Todos los cofrades de Letras en la Frontera pusimos algo nuestro en la “cápsula de tiempo”. El 21 de septiembre pasado, en incorruptible caja de plástico sellada y fechada, la enterramos en una esquina del jardín de una risueña casa del centro de San Antonio, Texas, donde todos los años, con un corazón generoso y mexicano, nos festeja Alfredo Ávalos, organizador y líder moral de quienes nos agrupamos bajo sus alas para festejar el Español –idioma original de los dueños de estas tierras antes que los inmigrantes europeos impusieran sus hamburguesas y su lengua- y que, junto con las profundas raíces culturales de un pueblo que no niega la cruz de su parroquia, se mantiene vivo y fresco. 

Sabrá Dios quienes abrirán en diez años nuestra “cápsula de tiempo” aunque imagino que quienes lo hagan aterrizarán por ahí en sus pequeños autos voladores –los vi en Internet y de inmediato pensé en futuros embotellamientos en el cielo. Tampoco faltará entre los convocados alguien que comparta un relato sobre su reciente viaje a la Luna o quien haya sustituido su corazón enfermo por uno artificial. Me surge la duda de si la prótesis que sustituye al corazón biológico es tan perfecta como para acelerarse ante la vista del amado.

Me gusta pensar que en diez años yo ya no andaré por este mundo. No quiero ser aguafiestas pero, me inquieta el rumbo que va tomando la humanidad. En este momento ya rebasamos con mucho el Mundo Feliz imaginado por Aldous Huxley en el que la muerte no tiene importancia, el sexo ha perdido su condición de misterio, tenemos pastillas para dormir, para despertar y una burbujeante tableta de Blost a media mañana para alegrarnos el día. Confieso que me asusta formar parte de una sociedad que, orientada a la tecnología, desatiende los libros y las artes que son el alma de los pueblos.

No quiero participar de una sociedad des-almada que acabe por depositar totalmente la memoria, la inteligencia y la imaginación en su teléfono inteligente.

En esas cavilaciones andaba cuando la carcajada de una guapa inmigrante guatemalteca me regresó al atardecer en que, entre confesiones y despedidas, cerrábamos la reunión del 2018. Fui campeona desde pequeña y a los diecisiete años participé en las Olimpiadas de Ajedrez en Ucrania. Me casé a los 19. La luna de miel duró siete días y al volver mi marido me aleccionó: tienes que entender que ahora eres una mujer casada, dejarás el ajedrez, a tus compañeros de juego, y no te vas a inscribir en la Universidad porque desde ahora tu único lugar debe ser tu casa. En ese momento comencé a planear mi huida.

Siempre a escondidas gestioné una beca, junté algún dinero y en cuanto pude escapé. Acá en San Antonio estudié mi carrera y lo único que extraño es a mi familia, cuenta quien es ahora una flamante psicóloga.

Ya en el terreno de las confidencias, otro de los cofrades comparte: soy de Aguascalientes, llegué aquí a los 17 para cuidar a un enfermo. Empujaba su silla de ruedas, lo atendía y llegué a encariñarme con él. A los dos años se murió, me dejó algún dinero y comencé a estudiar; me gradué y ahora trabajo en el periódico local.

Fue así como entre historias y en un ambiente latino y amistoso cerramos nuestra reunión 2018. Mientras rescato en la memoria la entrañable experiencia de compartir la música de la amistad y la alegría del re-encuentro; yo que he sido tan cobarde no salgo del asombro ante la audacia de estos nuevos Odiseos que dejando todo atrás se aventuran a lo desconocido con la esperanza de encontrar una vida mejor. Si el esfuerzo y esa cosa caprichosa que llamamos suerte los acompaña, algunos la encuentran, aunque nada impide que todos ellos vivan soñando con el regreso a su particular Ítaca.

Perdón pacientísimo lector, es que recuerdo y me emociono.

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