Las despedidas
Nuestro mundo

Las despedidas

Nuestro Mundo

Para Iván


Duelen las despedidas, por lo que se dijo, por lo que no se dijo, por lo que se hizo o se dejó de hacer, por las palabras que se quedaron atoradas en el corazón, por los silencios inoportunos, por lo que suponemos pudo ser el futuro, por el pasado imborrable que siempre permanecerá.


Recién hemos pasado la conmemoración del Día de Muertos y eso me lleva a pensar en las despedidas. Si bien suceden todos los días, no es sino hasta que perdemos el aliento de vida cuando nos percatamos de que ésa despedida eventual de hoy puede ser la última.


El problema es que el punto final de nuestra historia, que es puesto por el escritor de la creación, casi nunca es anunciado. ¿Sería diferentes el comportamiento, las actitudes, las palabras, gestos, deseos, anhelos y pensamientos en caso de saberlo? Sospecho que sí.


Salimos de casa, o salen los demás, y a lo mucho se dedica un “Dios te bendiga” dicho más por costumbre que por un deseo ferviente de que esa persona a la que nos dirigimos sea acompañada y protegida. Un beso dado al aire, una pregunta suelta, el “¿a qué hora regresas?” o un “no me esperes a comer”. Ni si quiera nos fijamos en lo más elemental.


Llegamos a la oficina, a la empresa en la que trabajamos y saludamos mecánicamente, no procuramos vernos a los ojos, apretarnos las manos y decir algo agradable que haga distinta la mañana. Más tarde partimos con un escueto “ya me voy” y otra vez no dimos oportunidad a que las miradas se cruzaran, a detectar en ellas ansiedad, alegría, esperanza, desesperanza. Así lo hacemos porque al día siguiente, afirmamos con contundencia, nos volveremos a encontrar y todo seguirá igual que siempre.


¡Ah! La soberbia de creerse infalible, intocable. Adiós es una palabra compuesta por una conjunción que se una a la palabra Dios. A-Dios, es entonces, un ofrecimiento, lo que viene después de la partida, lo que habrá y que no sabemos qué es.


¿Tenemos certeza de que el hasta luego no se convertirá en un profundo y último adiós? No. Sólo podemos suponerlo y no olvidarlo. Ahí está todo. No olvidar que hoy me ves y mañana no. El consejo es no procrastinar dejando para luego el abrazo, la reconciliación, el agradecimiento. No escatimar en decirle a los demás, cuantas veces sean necesarias, lo que representan para nosotros, chulear los ojos de tu mujer, reconocer el esfuerzo del hombre por estar dispuesto a dar, poner la mano en el hombro del amigo y decirle que todo pasa y que pronto se sentirá mejor, llamar por teléfono si no podemos estar físicamente, sólo para decirle a alguien “pensé en ti”, cocinar nuestra mejor receta y entregarla porque dieron ganas, sin más motivo que arrebatarle una sonrisa a esa persona.


Podríamos hacer tanto si quisiéramos, si sintiéramos, si recordáramos que somos mortales.


Despedirse puede ser doloroso, pero también esperanzador, eso depende de la profundidad del momento en que dos cuerpos se separan, dos mentes se distancian o dos corazones se escinden.


Las despedidas son necesarias porque nada es para siempre. El mejor momento en una reunión de amigos se acaba, la Navidad se esconde en el cajón y deben pasar 364 días para volver a sentirla, también le decimos adiós a la niñez, a la adolescencia, a la salud, a los amigos que se van, a los hijos que parten, a las ilusiones que dejan de serlo.


Pero el otro lado de la moneda es más brillante. Las despedidas también son ciclos dolorosos que se cierran, te despides de una relación tóxica, de malos hábitos, de conductas dañinas, de personas vampiros que chupan energía, de obligaciones impuestas, de consideraciones falsas, de cosas que se convierten en lastres.


Vaya con Dios”, decían antes los mayores, hoy lo resumimos en “Adiós”. La prueba máxima del desapego, dejar que algo o alguien se vaya de nuestras vidas, es empezar a dar señales inequívocas de que vamos avanzando.


Yo me despido de ti, agradecida por tu lectura, por tus recomendaciones, por tus comentarios. Gracias, queridos lectores, por regalarme un poco de lo más preciado que tienen, su tiempo.

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