Geddes, fotografiar lo imaginario: El arte del tiempo suspendido
Arte

Geddes, fotografiar lo imaginario: El arte del tiempo suspendido

Dice estar más cerca de los artistas académicos del siglo XIX que de los hiperrealistas, ya que las referencias fotográficas no son el eje central de su proceso creativo. Su maestría con el pincel es sólo un medio, no un fin.

Cada trabajo fotorrealista de Jeremy Geddes es una carrera contra el tiempo. La producción de una pintura toma meses, del cálculo quedan fuera los años que puede tomarse la gestación de la idea. El neozelandés realiza múltiples pruebas para determinar los elementos que habrán de conformar la obra final.


En 2003 dejó su empleo en la industria de los videojuegos para dedicarse de lleno a las artes plásticas. Egresado del Colegio Victoriano de Artes de la Universidad de Melbourne, su método creativo ha evolucionado para acortar los periodos de ejecución de sus proyectos.


Los resultados que obtiene impactan no sólo por su nivel de detalle sino por la carga emocional que poseen. Con sus figuras suspendidas en el aire provoca en el espectador un efecto similar al que produce el clímax de una película hábil en mantener a la audiencia al filo del asiento desde el inicio.


(Sus pinturas) encarnan cada poema que has escrito, cada sentimiento que has tenido al estar solo, cada miedo al abandono, y al hacer esto se convierten en perfectas representaciones de la búsqueda de consuelo, la cual es, esencialmente, la lucha humana”, expone Megan Lange, copropietaria de la galería de arte Robert Lange Studios, ubicada en Carolina del Sur, Estados Unidos, sobre el trabajo de Geddes.


Debido a su minucioso proceder, este artista no puede darse el lujo de dejarse llevar por la oleada de inspiración que lo acomete cuando un cuadro surge su mente. El mínimo error en alguna sección del lienzo llega a traducirse en semanas de retraso. En <em>A perfect vacuum</em>, una de sus imágenes icónicas, la premura le costó tanto como acabar rehaciendo tres veces a la protagonista del cuadro.


A fin de evitar estas frustraciones, el también exilustrador de cómics elabora bocetos en los cuales plasma libremente la primera idea y experimenta con la distribución de las figuras, la perspectiva, la paleta de color, la iluminación y las texturas hasta dilucidar con exactitud el sentimiento que desea capturar. Estas pinturas pequeñas lo ayudan a prever cualquier problema técnico y le permiten no perderse en lo que llama “la miopía del detalle” al trabajar la pieza definitiva. Volver a los esquemas preliminares, de suyo simplificados, le facilita ubicar el lugar de cada elemento en la armonía, pero sobre todo, mantener la esencia emotiva de la idea original.


CONSIDERACIONES


Por el papel prioritario que juega el aspecto emocional en su trabajo, Jeremy Geddes no se considera a sí mismo fotorrealista. Dicha corriente artística se basa en el desarrollo de las habilidades del pintor para que sus obras se aproximen a la realidad. Geddes, en cambio, detalla obsesivamente sus obras con el único objetivo de vaciar en ellas, con la mayor exactitud posible, los escenarios creados por su imaginación.


Dice estar más cerca de los artistas académicos del siglo XIX que de los hiperrealistas, ya que las referencias fotográficas no son el eje central de su proceso creativo. Su maestría con el pincel es sólo un medio, no un fin.


Tiendo a creer que si la técnica es errada, probablemente todo detrás de la pintura es de una calidad similar”, comentó en una entrevista para la revista de arte Juxtapoz.


El realismo es el instrumento ideal para comunicar sus ideas, pues el impacto inicial atrapa al espectador y el detalle mantiene su atención. Esto no significa que Jeremy se distancie de otras corrientes artísticas, por el contrario, celebra toda obra que contenga una cualidad expresiva. Sí rechaza el arte conceptual por su dependencia del discurso. Sin él, advierte, la obra no se sostiene por sí sola.


Todo lo que quieras decir en una pintura debe estar dentro de ella. Puedes querer decir mucho, o ser ambiguo, pero si no logras transmitir eso en las cuatro paredes de la pintura, necesitas esforzarte más”, señala.


Su debut en Estados Unidos data de 2012. Montó la muestra Exhale en la galería Jonathan LeVine de Nueva York. Allí reunió en su mayoría obras concluidas a partir del 2009. Ese mismo año visitó el continente asiático con una exhibición en Hong Kong y en 2010 tocó el turno a Beijing. A pesar de que tuvo buen recibimiento en los tres destinos, el neozelandés se mantiene al margen de los círculos de artistas plásticos y del mundo de las galerías. Prefiere pasar varias horas al día encerrado en su estudio, en sus proyectos, en la mejora continua. Sólo exhibe cuando es invitado a exposiciones colectivas. Para vender sus creaciones aprovecha las ventajas que ofrece Internet. Ofrece reproducciones de sus obras por cantidades y tiempo limitadas.


PIEZAS


Entre las obras expuestas en Exhale destaca <em>Pale memory</em>, donde un grupo de personas desnudas es propulsado fuera de un edificio en una suerte de explosión. Aunque la potencia de las ondas expansivas es visible en el muro en destrucción, mientras éste se fragmenta en pedazos los cuerpos se mantienen unidos a pesar de no estarse tocando entre sí. Dan la sensación de estar suspendidos y de moverse en conjunto, como una sola entidad. El realismo de Geddes está supeditado a la imaginación. El mundo que ha creado funciona bajo sus propias leyes, tal como ocurre en los sueños. Los lugares están en constante cambio al igual que las ideas.


Si las paredes no se están desmoronando, de cualquier forma las ciudades permanecen en notable decadencia. La arquitectura retratada está inspirada en Melbourne, ciudad australiana a la que el artista despoja de su bullicio para convertirla en un espacio desolado en la serie <em>Cosmonaut</em>, donde un astronauta navega por la urbe en un ambiente postapocalíptico. El explorador no parece tener control en ninguna situación: cae de cabeza en un callejón sombrío, flota dentro de una habitación envuelto en una enredadera, se aleja irremediablemente de su compañero o finalmente toca el pavimento y un ave es su única compañía.


Hay otra cara de esta serie donde el cosmonauta no vaga por la ciudad sino que flota en atmósferas indefinidas: neblina, un plano negro, un entorno teñido de rojo. Se yergue en poses que evocan imágenes religiosas. En <em>Foundation</em>, por ejemplo, su mano izquierda enarbola un manojo de hojas secas mientras parece que la diestra deja escapar un cráneo.


Las figuras aisladas en espacios vacíos también son abordadas por el neozelandés en sus series Miserere (Tener piedad en latín) y Misère (Miseria en francés). Los elementos individuales están suspendidos en un fondo negro y son iluminados por una sola fuente de luz. En la primera, vemos palomas en trance de caer; en la segunda, niños en posturas retraídas que transmiten temor. Ya no es el caos de los pedazos de edificio saltando al vacío o del astronauta sin dirección, sino la fragilidad de la condición humana. Su serie más reciente, Fury, permite apreciar con claridad su afinidad por las estructuras rotas. En ella concibió cuerpos incompletos y con las extremidades fragmentadas.


A lo largo de su trayectoria, el creador de <em>Acedia</em> ha conseguido representar la vulnerable vida interna del ser humano mediante la recreación del mundo exterior, que es familiar a la humanidad y por tanto permite a cada individuo interpretarlo a partir de su propia realidad. “Es lo que amo de la pintura. No decepciona con un final de mierda porque todos hacen su propio final, aquel que resuena en ellos”, expresa Geddes. Como fotorrealizador de eventos imaginarios que es, no es partidario de que su arte sea encasillado ni sometido a las normas de una etiqueta. Su intención, en todo caso, es seguir explorando la imagen, en especial su potencial como idioma universal.


Twitter: @AnasofMD

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