¡Entren santos peregrinos!
Opinión

¡Entren santos peregrinos!

Miscelánea

La realidad no es sólo como se percibe en la superficie, también tiene una dimensión mágica y, si a uno se le antoja, es legítimo exagerarla y ponerle color para que el tránsito por esta vida no resulte tan aburrido.
Isabel Allende


El año va completando su vuelta y una vez más me ofrecerá la oportunidad de cargar a “Los Peregrinos”. Desoyendo las protestas de los jóvenes de la familia que lo consideran obsoleto, en un canasto con paja volveré a acomodar a la Virgen embarazada junto al querido San José, que como todos los años presidirán mi posada. Cantaré con velitas encendidas y compartiré con quien quiera, piñatas, ponche y pozole. Quien prefiera festejar con sus tres mil amigos virtuales, pues allá él, yo seguiré celebrando mi Posada anual, aunque el gordo sangrón que ha secuestrado la Navidad, se burle de mí desde todos los rincones: Jo jo jo.

Necesito cumplir el ritual que me permite rescatar a la niña que esperaba la temporada navideña como algo mágico y feliz. Diciembre no era un mes, era un lugar en que liberados de la escuela, los niños estábamos libres para jugar a todas horas y llegado el tiempo de Posadas, arrojarnos sobre los tepalcates para aperrarnos de los dulces de la piñata que tenía caca-caca-cacahuates de a montón. Nunca faltaba algún chiquillo descalabrado pero nadie se alarmaba por eso: un poco de mertiolate, unos curitas y a seguir jugando.

Alguna vez, con el errático palo piñatero le tumbé los dientes a mi vecino Jorgito Ceballos. Yo, con un paliacate tapandome los ojos y él en el lugar equivocado: sangre, dentista, mucho alboroto pero no fue gran cosa, después de todo, la nueva dentadura le quedó mucho mejor alineada que la que la naturaleza le había concedido. Nada de que lamentar. Yo, siempre cobarde, nunca me arrojé a los tepalcates, prefería esperar que alguien compartiera conmigo los humildes trofeos con que nos contentábamos los niños muy antiguos.

Computarizados y sobre informados, los pequeños de hoy, nunca verán –como yo los vi- entrar en mi pequeña recámara a los majestuosos Reyes con todo y elefante, camello y caballo. Sin televisión ni redes sociales, a los niños muy antiguos nunca nos preocuparon las amenazas nucleares, el calentamiento global o el narcotráfico. Jugábamos a los encantados y a las canicas. Éramos muy inocentes y pensábamos que el mundo era pequeño y seguro. Hoy, aunque no renuncie a la alegría de las Posadas, reconozco que la temporada navideña me pone nostálgica y chillona.

Extraño la infancia de mis niños y la aventura de salir el cinco de enero a media noche para arrebatarnos los juguetes con la multitud de Reyes Magos que atascaban las jugueterías para surtir las cartas de sus pequeños; cartas que por cierto no eran ambiciosas: Una muñeca que haga pipi como la de mi amiga Jossie, pedía la más pequeña de mis hijas. La otra que ya a los siete años ya era un poco sobresalida, pedía un pintalabios y unas zapatillas con tacón alto; eran de plástico pero parecían de cristal. La verdad es que a mi también me hubiera gustado tener unas así. Los niños pedían balones y bicicletas pero lo importante era la imaginación y la fantasía que despertaba en chicos y grandes la espera de los Santos Reyes.

Ahora, para mantenerme sonriente, abrazadora, besucona y obsequiosa como exige la temporada, requiero una sobredosis de energía y paciencia: no protestaré, no me quejaré y hasta afearé la entrada de mi casa con un abominable Santa Clós inflable que en la Noche Buena se hará cargo de los regalos, que ya no llegan de Oriente sino que en enormes contenedores, vienen de China.

Perdida la capacidad de asombro, hoy los niños no se sorprenden con nada. Saben de todo y lo que no saben lo preguntan a su teléfono con Internet. Son los signos de los tiempos. Menos mal que los brindis y los abrazos todavía no son virtuales. Que entren pues los Santos Peregrinos. ¡Salud pacientísimo lector!

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