Los maestros
Nuestro mundo

Los maestros

Nuestro mundo

Es una frase común entre las personas que buscan el sentido de vida o restaurar o fortalecer la paz interior, también entre aquellos que quieren saber más de sí mismos o tener un mínimo control de sus emociones: cuanto estás listo, el maestro llega.

Los padres somos, quizá, los primeros que tenemos contacto con el corazón, la cabeza y el alma de los hijos. El magisterio lo ejercemos con el estilo de vida, las palabras, los ejemplos, las congruencias y las incongruencias.

Nuestros alumnos -nuestros hijos- van decidiendo, conforme van ganando libertad y autoestima, lo que quieren aprender y lo que no, desde la conciencia y la inconsciencia. Hay casos donde los hijos se apegan al guión porque les funciona, hay otros en que descartan por completo las enseñanzas.

Es frecuente que nos preguntemos sobre el por qué de las reacciones tan dispares de los componentes de un mismo sistema familiar. La pregunta es válida y adquiere más sentido si admitimos la individualidad de cada quien. Podemos tener el mismo papá y la misma mamá y ser muy distintos porque en el fondo los cambios suceden siempre y de un hijo a otro hijo pudieron moverse ideas y sentimientos. Además, cada uno de nosotros viene dotado de cargas energéticas y sensibilidades diferentes.

Una vez que llegamos a la escuela tenemos a esos maestros que llenan nuestros vacíos de conocimientos académicos, pero también, silenciosamente acaso, los vacíos emocionales que resultan de la ausencia voluntaria o involuntaria de las figuras paternas.

El maestro es el que estimula, el que con una mirada refuerza las ganas de seguir adelante, el que imbuye la curiosidad por saber más sobre algún tema, el que nos muestra el camino de la justicia, de la democracia, del diálogo, al tiempo que nos advierte sobre las consecuencias de nuestros actos. Todos tenemos en mente a la maestra que te hizo ser mejor o a la maestra que hirió tu ser porque no creyó en ti, te descalificó, te avergonzó o de plano te maltrató.

Los maestros de todos los días son nuestros pares. Con ellos aprendemos a vivir las travesuras, las diferencias, la manera de reír, de hablar, de comportarse, y cómo hay que mover el cabello o plantarse frente a los chicos. De ellos aprendemos a ser responsables, a priorizar lo importante. Junto a ellos surgen anécdotas que nos harán reír cada vez que nos encontremos. Ellos nos enseñan o les enseñamos la lealtad, la honradez, la paciencia, la perseverancia, son nuestros entrenadores de valores.

Cuando crecemos los maestros aparecen en la figura de los jefes y los compañeros de escena laboral. Aquél te enseña a trabajar el orgullo, otro te fuerza a reconocer eso que siempre niegas y que también eres. Están los que te recuerdan lo que fuiste cuando tenías otra edad y los que te ponen en contacto con tus más extremas debilidades.

Hay quienes creen que no existe más nada por aprender y se constituyen a sí mismos como autoridades que dan cátedra de vida. Es común oírlos predicando, corrigiendo, burlándose, aconsejando, opinando, imponiéndose.

Luego están esos otros maestros que se invocan, que se buscan intensamente, a veces sin rumbo, sin certezas, sólo esperando encontrarlos. De pronto llegan en forma de amigos, confidentes, guías espirituales. Los escuchamos con devoción, con la certeza de que seguir sus enseñanzas nos hará estar mejor en todos los planos de la vida.

Varios maestros se presentan disfrazados de enfermedad, de tragedias, de muerte, de bonanza, de riqueza, de alegría extrema, de errores, de emociones fuera de control... De ellos podemos aprender más en un instante que en todos los días de la vida juntos. La cuestión es si podemos reconocerlos, aceptarlos y trabajar con ellos.

Aprendemos del prójimo más cercano, que casi siempre es la pareja. También es posible aprender de ese que te mira desde el espejo. Cada amanecer es una oportunidad de encontrar a ese ser especial que será propicio para avanzar en la obra más importante de la vida: forjar la mejor versión de nosotros mismos.

Comentarios