El eterno retorno de Schmucler
Literatura

El eterno retorno de Schmucler

Una vida elíptica

Quien conoce la calle Ámsterdam —de la colonia Condesa, en la Ciudad de México— sabe que ésta no tiene fin por terminar donde empieza, es elíptica, y probablemente no hay visitante que no haya sido engañado alguna vez por su geometría”.

La avenida Ámsterdam, inaugurada en la década de los veinte del siglo pasado, tiene una longitud de 1.9 kilómetros, conserva su estilo art decó y bancas hechas de concreto, decoradas con azulejos y con un farol adosado. Además está situada en los terrenos que alguna vez albergaron la pista del hipódromo que construyó el Jockey Club.

La configuración de la calle, combinada con otros factores, determinará el destino de uno de sus habitantes, el pequeño Galo, quien se convertirá en El guardián de la calle Ámsterdam. La existencia del protagonista quedará sellada por la elipsis dentro de una simpática historia en la que el eterno retorno, simbolizado por la geografía urbana, se convierte en uno de los temas centrales.

Galo es un niño que vive con sus padres, él es carpintero, ella, vendedora de legumbres en el mercado. Una mañana como cualquier otra el padre coloca una silla en el patio de la casa, junto a una buganvilia recién plantada, y ordena al vástago que lo observe trabajar: “A ver si algún día aprende a ser carpintero”. Ante la poca disposición de Galo para dedicarse a ese oficio sentencia que “será carpintero o no será nada”.

El padre es un hombre instalado en la monotonía de su trabajo: medir, serruchar, clavar, lijar… Para acompañar sus labores tiene una radio de bulbos en la que día con día escucha el noticiero y así padre e hijo asisten al ascenso de Hitler al poder y los prolegómenos de lo que acabará por convertirse en la Segunda Guerra Mundial; las noticias terminan y el padre se toma un breve descanso, cigarrillo en mano, para apreciar mejor las melodías que sustituyen a la emisión informativa: tangos en la voz de Carlos Gardel.


DETONANTE

La vida de los moradores de este tranquilo y típico hogar de clase media baja mexicana se verá completamente trastocada con la llegada de una clienta muy especial que llega a hacer un encargo urgente: un baúl de madera.



La mujer explica que dentro de una semana partirá, ya que trabaja en una empresa que se lleva sus negocios fuera de México, para siempre. Todo pasa en un instante, al verla el carpintero queda flechado instantáneamente de la alta, esbelta y rubia mujer de ojos azules, tan distinta de la propia.

Al día siguiente se repiten los rituales cotidianos, aunque con una ligerísima variación, el padre ha colocado en su bolsillo un pequeño peine con el que se acicala al terminar las noticias… Entonces, como puede preverse, la mujer aparece y cruza la puerta del patio. El carpintero, como poseído por algún embrujo, la toma en brazos, bailan un tango, la voz de Gardel acompaña la liturgia hasta que es interrumpida por los gritos de la legítima que vuelve antes del mercado porque trae nuevas para compartir; acaba de enterarse de que el presidente dará inicio esa misma tarde a la expropiación petrolera. El incidente concluye en tragedia. Para colmo, el padre abandona el hogar y propone llevarse a Galo con él. La esposa decreta: “Mi hijo no saldrá nunca de esta casa”.


DECISIONES

Las sentencias de los padres, igualmente absolutas, lapidarias y aparentemente innegociables, se clavan en la psique del pequeño, obsesionándole. “Galo cumplió siete años y tenía una madre, una buganvilia y una silla, y dos grandes asuntos que resolver: si saldría o no de la casa y cómo aprendería a ser nada”. Estas son sus cuitas existenciales, nada desdeñables para tan pocos años. Finalmente decide que la indicación paterna debe seguirse, ser nada no puede ser tan difícil, ya aprenderá, lo conseguirá. Pero, ¿qué hacer respecto a la decisión materna? Sólo se le ocurre una manera de estar seguro sobre cuál es la mejor decisión. Para saber si debe obedecer la consigna primero necesita conocer el exterior, verlo con su propio par de ojos. Se arma de valor y, en lo que considera un desafío a la autoridad del hogar, traspasa los límites de la casa y se lanza a explorar el mundo.



Avenida Amsterdam. Foto: gringopotpourri.com

Tratándose de su primera incursión fuera de la construcción que, hasta el momento, constituye todo su universo, no tiene una idea preconcebida de hacia dónde debe dirigirse, un rumbo o un destino fijado de antemano. Opta por lo que le parece la solución más obvia: caminar siguiendo la misma calle y en la misma dirección, lo que parece una idea tan buena como cualquier otra. Quizá incluso un poco mejor que otras, por su similitud con la consigna para manejarse en un laberinto, caminar pegado a una de las paredes y girar siempre en la misma dirección.

La calle que le tocó seguir fue la Ámsterdam. El trazo engañoso de la avenida ni siquiera tuvo que esforzarse para ejecutar su travesura, tras un buen rato de recorrer y mirar el novedoso, por desconocido, bullicio del barrio, el explorador se encontró otra vez en el punto inicial, justo ante la puerta de su casa. “Entonces entró, se sentó en su silla junto a la buganvilia y pensó: he visto autos, casas y mujeres, he visto ventanas y perros y niños como yo; he visto bicicletas y camiones, pero si la calle me trajo otra vez aquí, no tiene sentido que vuelva a salir. Mi madre tenía razón. Y pensando eso aprendió algo muy importante para su futuro: que así como las cosas se van, tienen necesariamente que regresar”. Esto es especialmente cierto para las cosas que se van por Ámsterdam.


DESTINO Y SECRETO

La madre no entiende por qué Galo no quiere salir, trata de obligarlo, sufre una especie de ataque, hace que un médico lo revise, éste no detecta problemas de su competencia y no tiene otro consejo más que ser paciente. En busca de una segunda opinión recurre a los servicios de una sanadora, quien ofrece una explicación que parece verosímil, la madre acaba por resignarse a la peculiaridad del niño.

La ausencia del marido carpintero trastorna a la familia emocionalmente, pero también en otros órdenes, por ejemplo, en aspectos más prácticos como el económico. Sin los ingresos que aportaban sus actividades la estabilidad del hogar peligra, es necesario buscar una manera de subsanar el déficit. Galo no puede ir a la escuela, mucho menos trabajar. Entonces su madre decide instruirlo en las labores domésticas y, cuando lo cree preparado, o cuando la situación apremia, se decide a rentar dos habitaciones de la casa.



Sergio Schmucler. Foto: La mirada encendida blog

Gracias a este recurso Galo tendrá contacto con un amplio abanico de personajes que le traerán noticias y le permitirán conocer los mayores acontecimientos de casi medio siglo —de principios de los cuarenta a inicios de los ochenta, probablemente los más intensos del siglo XX—; trabará amistades e incluso tendrá algún flechazo.

Los primeros inquilinos que aparecen son judíos alemanes que huyen de la guerra. En seguida veremos llegar el exilio español, personificado en un peluquero que, además de su domicilio, instala su negocio en la casa, la Peluquería Guernica. Hasta la casa de Galo llegarán de visita la Revolución cubana (1957), el movimiento estudiantil de 1968, la muerte de Franco, las dictaduras latinoamericanas y sus consiguientes exilios; todo esto relatado con distintos recursos que a menudo involucran la radio, los periódicos y a distintos actores mayores y menores de la historia.

Además de antropólogo, guionista, cineasta y creador de El guardián de la calle Ámsterdam, Sergio Schmucler también es un exiliado argentino que vive en México desde 1976. Ésta es su segunda novela y en ella ha logrado un interesante relato sobre la experiencia del exilio, del imparable nomadismo humano, a partir del sedentarismo más extremo, el de Galo, que en su sempiterna inmovilidad está siempre ahí, viendo pasar la Historia, sus cambios y sus permanencias.

¿Por qué Galo decide erigirse en guardián de la calle Ámsterdam? ¿Qué hay en Ámsterdam que merezca ser vigilado y protegido? Es un secreto, relacionado con el tiempo y el espacio, su circularidad y sus repeticiones, que sólo Galo y los lectores que sigan sus periplos podrán desentrañar.


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