Fin del centenario de Arreola
Nuestro mundo

Fin del centenario de Arreola

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Al concluir 2018 terminará el centenario del nacimiento de uno de los grandes narradores mexicanos del siglo XX, Juan José Arreola. Nació el 21 de septiembre de 1918 en Zapotlán, Jalisco. A sus cien años su pensamiento lo mantiene joven, en el libro La palabra educación sentencia: “Juventud no es la del que tiene veinte años. Joven es aquel que se conmueve ante cualquier injusticia en el mundo”.

Dos imágenes de Arreola tengo vivas en la mente y deploro que allí se me hayan muerto otras. Las dos palpitan en la escenografía del “aeropuerto” de la Facultad de Filosofía y Letras (FFL) de la UNAM, espacio entre la entrada de la biblioteca y los umbrales de otros espacios.

En una de esas imágenes el escritor de Zapotlán mira el tablero de los horarios, yo lo miró a él con sorpresa y asombro. La sorpresa de su presencia de escritor famoso y el asombro por su vestimenta. Su figura espigada no se mueve mientras sus ojos hurgan los horarios, la cabeza poco echada hacia atrás.

No se le desliza un gorro como el de Sherlok Holmes y el filo quizá se besa con la esclavina en la nuca. Esta prenda es una capita que le cubre los hombros y la espalda y le viaja montada en la capa. Ambas son de tela color crema de cuadrícula no grande. La figura de Arreola es la de aquel personaje de la literatura.

En ambientes como el de la FFL era muy conocida la extravagancia del escritor. Como dije arriba, la confirmé varias veces en la misma institución. Por lo menos en cada ocasión traía su cabellera rizada y canosa cubierta con distintos sombreros, gorros etc.

Precisamente sombrero de bombín y bastón de empuñadura de bolita, lleva Arreola en la otra imagen de él que habita mi cabeza. No parece un Chaplin, sino, por el resto de su indumentaria, un dandi emigrado de los albores del siglo XX al segundo lustro de los sesentas.

Por el tiempo en que lo vi en la UNAM compré Confabulario. La edición es de 1966 y la cuarta de forros lo honra: “La presente edición, que reúne por primera vez el conjunto de la obra artística publicada e inédita de Juan José Arreola, se ofrece a los lectores como uno de los más acabados ejemplos de la prosa literaria en México”.

En 1973 adquirí un libro un tanto raro publicado por la SEP cuando yo trabajaba allí. Gozó de un tiraje de 40 mil ejemplares. Por ese tiempo muchos escritores, también notables, eran publicados por sus importantes editoriales apenas en mil ejemplares.

Cabe aclarar que no sólo la fama de Arreola contribuyó al excepcional tiraje, sino el hecho de que la SEP distribuía cierta cantidad de volúmenes entre los maestros. El libro a que me refiero es La palabra educación. Fue preparado por Arturo Ojeda, su discípulo del taller literario. Reúne textos cortos, mucha de la obra de Arreola tiene esta característica.

Después compré La feria, una de las piezas más celebradas del escritor de Zapotlán, en segunda edición, mayo de 1974. Dos de sus atributos que me conquistaron son, uno, las voces populares, mismas que le escuchaba constantemente a mi mamá, voces de raigambre rural y añeja; dos, que su protagonista adolescente, trabajador de una imprenta, pasa sucesos como los que después vive un personaje similar en una novela que ocurre en Torreón y se titula Iniciación en el relámpago.

Otra referencia bibliográfica es a un libro que agoniza largamente en mis estantes, Antología de Juan José Arreola, preparada por el arriba mencionado Arturo Ojeda, quien la dotó de un sustancioso prólogo. Lo patrocinó la SEP en 1969.

La alusión final es a El último juglar (1998), “memorias” de Arreola firmadas por su hijo Orso, quien anuncia: “he querido pintar para ustedes el retrato del último juglar”. Hasta aquí estas líneas en memoria del gran escritor de Zapotlán al concluir el año en que cumplió su primer centenario.

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