Un futuro con nostalgia
Opinión

Un futuro con nostalgia

Jaque Mate

Es un nuevo gobierno con grandes pretensiones. Se imagina a sí mismo como una “cuarta transformación” del país, pero muchas de sus políticas que impulsa son más bien un retorno al viejo PRI, aquel que constituyó una dictadura de partido.


El propio Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador lo comentó en su discurso inaugural, al criticar los logros de los tiempos del “neoliberalismo” mientras ensalzaba a los liberales del siglo XIX. El paraíso al que dijo querer retornar es el de los gobiernos de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, en los que los presidentes mantenían una visión nacionalista mientras un poderoso secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, cuidaba las finanzas públicas para asegurar un alto crecimiento económico sin inflación.


No será fácil, sin embargo, regresar a ese paraíso terrenal, que en realidad nunca existió. En las décadas de 1950 y 1960 no sólo México, sino todo el mundo crecía a un paso más acelerado. La economía internacional no estaba tan globalizada y por lo tanto no había tanta competencia, pero la falta de ella significaba también mayor pobreza. La mayoría de los mexicanos ganaba sueldo mínimo, mientras que hoy únicamente un mínimo de trabajadores lo hace. El viejo PRI, por otra parte, sofocaba con violencia cualquier disidencia, como lo hizo López Mateos con la huelga ferrocarrilera de 1958 y 1959, y Díaz Ordaz con el movimiento estudiantil de 1968. A muchos les preocupa el mayor papel que el nuevo gobierno está dando a las fuerzas armadas. Después de años en que la izquierda se opuso a la participación del Ejército y la Marina en labores de policía, el nuevo régimen la ha institucionalizado con la creación de la Guardia Nacional.


Muchas de las políticas planteadas en las primeras semanas del nuevo régimen son reminiscentes de las que tomaba ese viejo PRI. La cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, a pesar de estar ya muy avanzado y de la opinión de todos los especialistas, es una de ellas. La pretensión de ser autosuficientes en gasolina y maíz, como en aquellos tiempos, terminará por darnos una economía menos competitiva. Las obras faraónicas sin posibilidad de rentabilidad ni viabilidad ambiental, como el Tren Maya, están de regreso.


Como en los años del desarrollo estabilizador, el Presidente le ha dado a su secretario de Hacienda, en esta ocasión Carlos M. Urzúa, un respaldo importante para mantener los equilibrios macroeconómicos. Por eso el presupuesto de 2019 no generó inquietudes en los mercados. El problema, sin embargo, es cómo se está gastando ese dinero, con inversiones en proyectos que no serán rentables, como la nueva refinería de Dos Bocas, y que si lo fueran, podrían ser realizados por la iniciativa privada, y con la reducción en cambio del presupuesto de inversión hídrica, lo que agravará la crisis de agua que ya sufre el país.


Quizá el problema es que el nuevo gobierno está tan imbuido de la idea de que representa todo lo bueno, que su Presidente terminará en la historia junto a Hidalgo, Juárez, Madero y Cárdenas, que no ha sabido escuchar otros puntos de vista. En eso se parece al viejo PRI, que sin duda tuvo algunos aciertos importantes, pero que llevó al país a una crisis económica monumental y que no permitió la democracia hasta que la sociedad lo obligó a aceptarla.

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