Los verdugos de la creatividad femenina
Reportaje

Los verdugos de la creatividad femenina

El hurto de un talento

Si en tiempos del gran juez, donde se condena de manera implacable el accionar de los ciudadanos, sin necesidad de juicio, si a algún gracioso con pretensiones filosóficas se le hubiera ocurrido lanzar al escrutinio público la frase: “detrás de un gran hombre hay una gran mujer", harían falta los #hashtag para lincharlo, y la hoguera de las redes sociales recibirían un buen combustible para que ardiera el desdichado.

Ahora, imaginémonos por un instante, si más allá de una simple frase machista, como las que abundan en nuestro lenguaje cotidiano y virtual, lo que se descubriera es que un gran talento para pintar, escribir, o crear, estuviera escondido tras la firma de un hombre, y su verdadera autora permaneciera escondida en el anonimato ¿sería esta misma tribuna la que obligaría al usurpador a reconocer su hurto? o ¿también condenaría a esa mujer por permitirlo?

No se trata de aquellas relaciones creativas donde el matrimonio traspasó la frontera de la creación, donde la influencia de una pareja marca la columna vertebral del acto creativo, como el caso de Camille Claudel y Rodin, o Gabrielle Munter y Kandinsky; o incluso las relaciones creativas de parejas como la de John Bratby con Jean Cooke; se trata de un proceso histórico que durante siglos creó un sistema tan machista que hizo posible que el trabajo de muchas mujeres, fuera robado, literalmente, por un hombre.

Con antecedentes propicios para ese cruel escenario, la historia también enseñó que grandes mujeres como la escritora británica Mary Anne Evan, tuviera que firmar sus textos a mediados del Siglo XIX, bajo el seudónimo masculino de George Eliot, para lograr ser más que reconocida, publicada. Y es que esa misma sofística sociedad inglesa, fue el escenario de otro suceso similar, la de la también escritora británica Violet Paget, quien en la misma época que su colega, se vio obligada a firmar sus novelas bajo el nombre masculino de Vernon Lee.

La vida está plagada de casos que muestran que extraordinarias obras presentadas al público por hombres, en realidad fueron ejecutadas por mujeres. En 2014, el director estadounidense Tim Burton, decidió llevar a la pantalla grande uno de los fraudes más memorables en la historia del moderno, bajo el titulo Big Eyes.

Margaret Doris Hawkins y Walter Keane (1963). Foto: Bettmann/Corbis

Corrían los convulsos y complicados años sesenta, cuando un poco talentoso pintor pero muy astuto vividor, llamado Walter Keane, convencía a su esposa Margaret Doris Hawkins, extraordinaria pintora de una técnica tan sutil y detallada, como seductora, de que si él se presentaba como autor de las obras, éstas serían no sólo más reconocidas, sino mejor pagadas, bajo la simple excusa de género, es decir, por ser hombre.

Durante años, mientras Margaret pintaba y recreaba mundos imaginarios que la llevaban a estar entre sus personajes de ojos grandes y llamativos, durante jornadas de 16 horas, el plagiario de su marido, se paseaba por las pasarelas del arte, acaparaba los reflectores de la prensa por las buenas criticas vertidas a la obra de su esposa, y disfrutaba las mieles del reconocimiento, derrochando el dinero, saltando entre romances con las admiradoras de su supuesta obra y llevando la vida de excesos que la fortuna permite.

Afortunadamente está historia tuvo un final feliz, y no me refiero a la cinta de Burton, sino a la justicia, que tras una denuncia de Margaret, durante el juicio el jurado pidió a los dos que pintaran una obra frente a ellos con el estilo que los había llevado a la fama, Walter aludió imposibilidad por un dolor de hombro, ella terminó la pintura en 53 minutos, el jurado condenó a su ex marido a pagar una retribución de cuatro millones de dolares por daños emocionales. También autorizó a la pintora a seguir firmando como Keane.

Una pequeña mirada a la historia, nos permite, a través de algunos ejemplos conocidos, reconocer en su justa dimensión, el trabajo de grandes mujeres, que durante año permaneció anónimo, precisamente, por postulados tan injustos como ese que sostiene que alguien tiene que estar tras la grandeza de alguien, y no al lado, al frente o de la mano.

TAMBIÉN EN LA CIENCIA

Tampoco la ciencia se ha salvado de la injusticia al momento de reconocer el papel de las mujeres. El Premio Nobel de Fisiología o Medicina, Joshua Lederberg, obtuvo la distinción científica por su trabajo en la genética bacteriana, y el descubrimiento de el fago λ, inventando además la técnica de réplica en placa, un avance que en la medicina condujo a toda una revolución para el ser humano. Sin embargo, su esposa Esther Miriam Zimmer, considerada por varios científicos, como una genio del laboratorio, trabajo durante años como asistente de su marido, sin remuneración ni reconocimiento.

Chien-Shiung Wu. Foto: Getty Images

Durante muchos años, incluso la propia Academia Sueca, que entregó en 1958 el premio al científico estadounidense junto con otros dos colegas, reconoció el trabajo de Esther, quien tuvo que trabajar mucho para conseguir el nombramiento como maestra investigadora. A la fecha, varios libros que mencionan el Nobel de Lederberg, agregan: “… el nobel le fue otorgado gracias a los descubrimientos de su esposa Esther Lederberg”.

De igual forma, la física nuclear Chien-Shiung Wu, quien llegó a los Estados Unidos desde China en 1936, durante la Segunda Guerra Mundial, para trabajar en el Proyecto Manhattan en el desarrollo de la bomba atómica. En la década de 1950, Wu comenzó a trabajar con los físicos teóricos, Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang, quienes querían su ayuda para refutar la ley de paridad. Esta ley, que había sido aceptada durante décadas, sostenía que "había una simetría fundamental en el comportamiento de todo en la naturaleza, incluidas las partículas atómicas", como lo explicaba en palabras legibles la revista Time.

Aunque Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang, desarrollaron la teoría que refutaba la ley de paridad, fue Wu quien desarrolló y llevó a cabo los experimentos que sirvieron como prueba. En 1957, Lee y Yang recibieron el Premio Nobel por su trabajo, pero la contribución de Wu fue ignorada. Nina Byers, ex profesora de física en la Universidad de California, dijo en una ocasión a la revista National Geographic, sobre la exclusión de Wu: "la gente encontró la decisión del Nobel indignante".

OMITIDAS DEL ARTE Y DEL ENTRETENIMIENTO

Para la mayoría de las personas que han jugado el popular Monopoly, que la compañía Parker Brothers lanzó a la luz en 1930, su inventor fue Charles Darrow; y según el New York Times, la historia de Darrow, un mito estadounidense alegoría del sueño americano, un hombre desempleado hace un juego de mesa, se convierte en millonario, contribuyó a opacar a la verdadera autora del juego: Elizabeth Magie.

Elizabeth Magie Phillips creó The Landlord’s Game, antecesor de Monopoly. Foto: The Strong

Treinta años antes de que el mundo conociera la versión de Parker Brothers. Magie creó en 1902 el juego que eventualmente se convertiría en Monopoly, y lo llamó "El juego del propietario", y solicitó una patente en 1903. Su juego en realidad estaba destinado a promover los valores progresivos de Magie al demostrar que los monopolios son malos. En las décadas posteriores el juego de Magie, "The Landlord's Game" obtuvo pocos seguidores y, finalmente, fue presentado a Darrow, quien hizo algunas modificaciones y se lo vendió a Parker Brothers, la compañía también compró la patente de Magie.

El director y critico de cine, Mark Cousins, realizó el documental Story of Film; a través del cual rememoró el importante papel de las mujeres en los inicios del cine, reconociendo a una de las pioneras del séptimo arte, la francesa Alice Guy, no sólo como una pionera del cine, sino como la primera persona que realizó una película de ficción, además de haber dotado al cine de los primeros efectos especiales a finales del Siglo XIX.

Además de ser la primera mujer propietaria de un estudio Solax Company, que fundó en 1910, con el cual realizó más de 300 películas en cuatro años. Sin embargo, su marido, Herbert Blaché, quien trabajó junto con ella en la fotografía y la producción, logró convencerla de que su nombre fuera primero en los trabajos que presentaban. Incluso en los primeros libros de la historia del cine su nombre no aparece, aunque en las últimas dos décadas su nombre ha sido revindicado, en parte gracias al trabajo de críticos como Cousins.

El caso más reciente, lo protagonizó una mujer japonesa que pasó diez años trabajando, durante más de cuatro horas al día, en el estudio del artista español Antonio de Felipe. Fumiko Negishi, tenía un sueldo de mil 300 euros al mes, a cambio dejaba su propuesta personal, y realizaba obras que le encargaba el coincido como el “Warhol español”. Luego de un despido injustificado, la japonesa reclamó en un juicio, la autoría o coautoría, de más de 200 abras que el español presentó como suyas.

Fumiko Negishi posa con sus obras. Foto: letrasentrevinos

En una primera parte, un juez ordenó al artista español, pagar a Negishi una indemnización de más de 24 mil euros por el despido injustificado. La polémica sigue, porque una de las premisas del arte contemporáneo, reza que la obra no es necesariamente de quien la pinta, porque prevalece la idea, el concepto, quien sería el verdadero dueño de la pieza; aunque, muchos expertos debaten sobre el tema, y cada día crecen quienes apoyan a la japonesa en su lucha. El español se limitó a explicar a través de un comunicado, que su ayudante, se dedicaba a trabajar en cosas tediosas que el no quería realizar, como trabajan muchos otros artistas.

MÁS INJUSTICIA

Tampoco se pueden olvidar casos como el de Jocelyn Bell Burnell, científica británica quien como estudiante de investigación en la década de 1960, notó una misteriosa señal pulsante en los datos de un radiotelescopio. Con el tiempo, y después de una observación minuciosa por su parte, se reveló que era un nuevo tipo de estrella: un púlsar.

Anthony Hewish, el tutor de la tesis de Bell, recibió en 1974 el Premio Nobel de Física por este descubrimiento y por la síntesis de apertura de radio. Jocelyn Bell no recibió condecoración, fue descartada del equipo de investigación ya que “sólo era una estudiante de doctorado”. Una injusticia a la que ella misma, en un alarde de humildad, justificó diciendo: “el problema del Nobel es que se otorga hasta a tres personas, pero en ciencia se trabaja en equipo”.

Nacida en Vermont en 1861, Nettie Stevens realizó estudios cruciales para determinar que el sexo de un organismo era dictado por sus cromosomas en lugar de factores ambientales u otros. Después de recibir su doctorado de Bryn Mawr College en Pennsylvania, Stevens continuó en la universidad como investigadora que estudia la determinación del sexo.

Jocelyn Bell Burnell en 1967, el mismo año que descubrió el púlsar. Foto: Roger W Haworth/Flickr

Al trabajar con gusanos de la harina, pudo deducir que los machos producían espermatozoides con los cromosomas X e Y, los cromosomas sexuales, y que las hembras producían células reproductivas con solo los cromosomas X. Esta fue evidencia que apoya la teoría de que la determinación del sexo está dirigida por la genética de un organismo.

Se dice que un compañero investigador, llamado Edmund Wilson, hizo un trabajo similar, pero llegó a la misma conclusión más tarde que Stevens. El reconocimiento lo recibió Edmun.

Willie Mae Thornton fue una influyente cantante y compositora de blues afroamericano cuya carrera se extendió desde la década de 1940 hasta principios de la década de 1980. conocida como Big Mama, fue la cantante original de Hound Dog.

Esta misma canción sería más tarde uno de los éxitos memorables de Elvis Presley, y que lo llevó a vender la nada despreciable cantidad de dos millones de copias del disco que contenía la melodía. Sin embargo, Big Mama no llegó a recibir ni la sombra de los beneficios que el cantante norteamericano obtuvo.

De igual forma casos como el de la activista Anna Arnold Hedgeman, ha sido olvidada. Ella fue una de las principales promotoras y organizadoras de la Marcha de Washington. Con poco reconocimiento, fue la única mujer en el comité organizador de esa actividad, donde Martin Luther King pronunció su famoso discurso I Have a Dream.

Al comité organizador, que estaba integrado por seis hombres, además de Anna, se le conoce como el grupo de los seis, y fue muchos años después, que algunos activistas reclamaron a un séptimo personaje, Hedgeman.

Anna Arnold Hedgeman, Averell Harriman y Martin Luther King Jr. Foto:United States Library of Congress/Wikipedia

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