De Beethoven a Juan Gabriel el 13/12/2018
Nuestro mundo

De Beethoven a Juan Gabriel el 13/12/2018

Nuestro Mundo

Me tocó escribir este texto el 13 de diciembre cuando todavía resonaban tamboras, cohetes y salmodias del fervorín guadalupano. Los vecinos de enfrente montaron un altar, una mesa de reliquia popular y un sonido de millones de decibeles que reproducía cánticos para la virgen morena.

El altavoz que hacía temblar los vidrios y descascaraba las paredes, entre cantilenas, himnos, baladas, rancheras y norteñas en honor de la morenita del Tepeyac, de pronto me sorprendió con una tonada de Juan Gabriel pero con letra totalmente cambiada para hacerla guadalupana.

Me hizo sonreír el ingenio popular. Sentí empatía por la audacia del suplantador de los sentimientos de Juan Gabriel expresados en la letra; no la respetó, pero sí el sentimiento de la melodía y supo calzar sus palabras de homenaje religioso en las cadencias de Amor eterno, del músico de las masas.

Sin embargo eso me llevó a pensar de nuevo en una conjetura análoga que me da vueltas en el cerebro cuando oigo el que quizá sea el himno guadalupano más famoso y, por otro lado, la sonata Appassionata, de Beethoven. Me parece que las primeras notas del himno son la frase principal de la sonata.

Repito, me parece. Con la facilidad de Internet, en cualquier rato, quien sienta curiosidad por cotejar puede escuchar el primer movimiento de la obra beethoveniana, el Allegro assai, y entonar Desde el cielo una hermosa mañana para asombrarse con la similitud.

El ingenio del poeta popular que le cambió la letra a Amor eterno, de Juan Gabriel para convertirla en balada religiosa me llevó a recordar otras suplantaciones de los militantes del cristianismo que aprovecharon las creaciones de otros para llevar agua a sus pilas e hisopos.

Por ejemplo, creo que el dios Hermes de los griegos, fue convertido en San Cristóbal. Hermes recibió de Zeus el privilegio de ser mensajero de los dioses, amparo de los viajeros, custodio de los caminos y le proporcionó un báculo y un sombrero de alas anchas entre otros artículos y dones.

El San Cristóbal de los católicos es patrono de los conductores (choferes), de los caminantes, de los marinos, es decir, de quienes andan por rutas de tierra y de agua. Su imagen como amparo del Jesús niño viajero se puede ver en estampitas, cuadros, medallas, estatuillas cercanos al chofer, y como Hermes, empuña un cayado.

La admirable Sor Juana, con material literario, también quiso contribuir a las suplantaciones. En la loa del auto sacramental de El divino Narciso –igual que en el mismo auto–, se impone la ideología imperialista de la España del siglo XVII, mezcla de gobierno seglar y poder católico.

En la pieza de teatro breve, el personaje alegórico llamado Religión les dice a los personajes Occidente y América (ésta es México): “Soy la Religión Cristiana / que intento que tus provincias / se reduzcan a mi culto”. Estos tres versos dan idea del sentido de la obra.

Como ya Celo (alegoría de la fuerza invasora) ha reducido con sus armas y sus caballos al pueblo de América, adorador de Huitzilopochtli y practicante del rito del Teocualo, Religión le dice que ahora: “el rendirla / con razón, me toca a mí / con suavidad persuasiva”.

Después del triunfo de la violencia sobre América, Religión ofrece el culto que ha de suplantar los ritos que, para ella, son paganos, y le dice a América que, aunque no lo saben, en el acto de adoración del Teocualo adoran al Dios católico: “No es deidad nueva / sino la no conocida / que adoráis en este altar / la que mi voz os publica”.

La otra suplantación ocurrida en el Anáhuac es la que cada año se refuerza con otras como la del bardo popular que quitó la letra de Amor eterno, de Juan Gabriel y le puso cumplidos guadalupanos; es la suplantación de la diosa mexica Tonantzin por la virgen española que ya sabemos.

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