Fabián Solymar 'DAGOR'
Entrevista

Fabián Solymar 'DAGOR'

Graffitero, artista visual y fotógrafo documentalista. Es uno de los tantos creadores emergentes de Venezuela que han tenido la posibilidad de llevar su discurso a más de treinta ciudades de América y Europa. Fabián Solymar “Dagor”, joven exponente del street art sudamericano, con su propuesta visual ha ganado un lugar en la escena, gracias a una permanente exploración de formas geométricas y tipografías, mezcladas con un llamativo uso del color, que van más allá del graffiti convencional, obras con abstracciones tan complejas y limpias, que de las paredes y muros saltó a las salas de museos y galerías.

Así mismo, a sus treinta años, conservando la tradición familiar por la fotografía, el venezolano con sangre de origen húngaro se ha dedicado a retratar a diferentes personajes de la vida pública de su país, al igual que cientos de fenómenos sociales, así ha congelado imágenes de la convulsión social y política del país sudamericano, que encontraron publicación en periódicos de Venezuela, Estado Unidos y otros medios del continente; esto a pesar de que el artista entiende que en estos momentos traer en la mano una cámara en Venezuela, es más peligroso que traer un arma de fuego. Recientemente visitó México, para realizar algunas obras en diferentes ciudades del país.

¿Cómo viste la escena mural en México?

A mí siempre me ha gustado México porque es un país que tiene mucha cultura. En la tradición del mural, desde Diego Rivera y Siqueiros, este país se ha mantenido como pionero. La propuesta en México es tan variada como de gran calidad; es un país que por su tamaño ofrece muchas más oportunidades a los artistas. Lo que puedo percibir es que tiene ciudades muy importantes, donde el movimiento artístico es enorme, más allá de la Ciudad de México, por su carácter de capital del país.

Yo nunca había visitado el norte de México, y las noticias que tenía, eran relacionadas a la violencia del narco, por muchas personas y colegas de la Ciudad de México que me decían que era peligroso, pero lo que me encontré fue una región con crecimiento, incluso me ha gustado más la estancia en el norte que en la capital, es más tranquilo y el factor humano es cálido. Además, como mi trabajo en la fotografía documental me ha llevado a recorrer muchos fenómenos relacionados con la violencia, ese tema me parece interesante, porque es como ver la reacción de la gente ante una situación difícil. Como fotógrafo visitar una región como esta es mucho más rico, en cuanto a la imagen, que visitar una ciudad como Nueva York.

¿Qué recuerdas de tus inicios en el graffiti y el arte?

Yo comencé haciendo graffiti tradicional, eran letras con un seudónimo. Desde que inicié a pintar siempre intenté hacer letras raras o deformes, y cada vez se fueron deformando más. Yo soy empírico en el arte. El grafiti me llevó a una investigación personal del arte, de movimientos, estilos; hasta que me di cuenta que lo que estaba haciendo era una abstracción geométrica, lo hacía inconscientemente porque me gustaba la forma.

Foto: Carlos Campos Rodríguez

Por parte de la familia de mi papá, que es de origen húngaro, siempre han sido coleccionistas de arte, además desde mi bisabuelo son fotógrafos de profesión, es familiaridad desde muy temprana edad con el arte, fue como una escuela de técnicas y estilos. Además, en Venezuela es más fuerte el arte geométrico, sintético, en su mayoría, lo maestros venezolanos son abstractos, a diferencia de México, que es muy fuerte en lo figurativo. Yo me familiaricé con lo geométrico viendo artistas como Cruz-Diez, Jesús Rafael Soto, muchos artistas de Venezuela que me marcaron un camino.

Por ahí me fui, y empecé a deformar esas letras del inicio, y como hoy día todo lo sacó de ese formato, esa exploración me llevó al movimiento Madi, y me di cuenta que estaba haciendo un trabajo que tenía un sentido, y a eso le empecé a llamar abstracción geométrica de la tipografía. Claro, luego comencé a trabajar con una gala de colores especifica, porque no sólo es la forma sino el color, la textura. Hay muchos factores.

¿Es intencional que trabajes más en la obra pública que en la de caballete?

Yo siempre trato de hablar con muchas personas cuando estoy realizando una intervención pública, y me he dado cuenta que la percepción de arte también ha cambiado bastante a través de los años, durante mucho tiempo el lienzo fue el soporte tradicional, y ahora creo que el movimiento mundial de arte urbano causa más impacto que una obra sobre soporte tradicional para el público en general. En mi caso me gusta mucho pintar obra pública, porque es para todos, no sólo para una pequeña élite, y he tenido una recepción de la gente increíble. En la calle la gente que no sabe de arte me comenta cosas muy interesantes. Creo que si logra cambiar su cotidianidad, me preguntan por las formas, los colores, siempre trato de escuchar a las personas y escoger espacios muy fotográficos, con historia, para hacer los murales. No es sólo pintar una pared, sino intervenir un sitio que tiene un trasfondo, eso me importa mucho, yo creo por la parte fotográfica.

¿Conservas el sentido social del mural público?

Por ejemplo en Venezuela tengo un trabajo en uno de los barrios más grandes y marginados del país: Petare. Es una de las favelas más grandes de latinoamerica, y yo tengo un trabajo ahí dentro, he pintado como ocho o nueve murales en ese sector, y por ejemplo ese trabajo es doblemente interesante, primero porque se realiza directamente involucrando a la comunidad, y segundo, por que ahí no lo ve nadie que le interese el arte, digo, ese público que va a museos o galerías, ese tipo de público jamás visita un lugar como este.

Yo siento que aporto más haciendo una intervención en un lugar así, marginado, que en un espacio más comercial o céntrico. Por ejemplo, en este barrio tuve una anécdota, pintando uno de los murales invitamos a un grupo de cerca de treinta niños de la comunidad a que nos ayudaran, es decir los hijos de quienes viven ahí, a muchos ya les habían asesinado a sus padres por delincuencia, y eran niños de 10, 12, 13 años que no iban a la escuela, no tenían ningún tipo de contacto con el arte o la cultura, y los enseñamos, convivimos con ellos, compartimos.

Foto: Carlos Campos Rodríguez

Cuando terminamos el mural, buscamos un transporte y los llevamos al Museo Cruz-Díez de Venezuela, yo estaba exponiendo ahí en ese momento, les dimos un taller, un recorrido, jugamos y fue una experiencia increíble, porque creo le logramos cambiar la vida a esos niños aunque fuera por un momento, y eso fue a partir de un mural. Ese tipo de historias me interesan mucho al momento de escoger donde realizo una obra.

¿Por qué te alejas del discurso político en la obra?

Yo he tratado de dejar un poco de lado el discurso político en mi trabajo, lo que he podido percibir cuando hago un mural frente a la gente, es que mi trabajo los saca de su día a día. Algunos me dicen que los colores les dan paz, les trasmiten tranquilidad, y ese tipo de cosas son ideales, viviendo en una país como en el que estoy, que está súper politizado, en el día a día la conversación son los problemas actuales con el gobierno, y por eso creo que ahora vale más la pena sacar un poco a la gente del estado de locura en el que ya se encuentra mi país.

Ahorita pintar un mural en Venezuela es casi imposible; primero porque el gobierno ya casi no lo permite, es muy controlado, pero también porque ya no hay insumos para pintar, y lo poco que se consigue tiene unos precios muy elevados, que nadie los puede pagar. Todos los compañeros que comenzaron conmigo tuvieron que salir del país. Ser emigrante ya no te permite hacer este tipo de trabajos, porque le debes dar prioridad al trabajo para sobre vivir. Yo me quedé y seguí insistiendo, he logrado hacer un montón de murales allá. Mucha gente me pregunta que cómo le hago, todos están en la lucha diaria por buscar comida, cosas que no hay, y creo que les puedo ofrecer un escape.

¿Existe mucha censura?

El gobierno no quiere este tipo de iniciativas, porque puede estar en contra del discurso oficial, eso es complicado. Por eso prefiero alejar mi trabajo del discurso político, no por indiferencia, sino por sobrevivir trabajando, y porque en mi estilo la geometría es mi discurso.

¿Cómo ves tu país, cuando llegas del extranjero?

Una sensación muy extraña. Por ejemplo, en mi caso yo amo Caracas, he estado en treinta o más ciudades en el mundo, de América y Europa, y sigo pensando que Caracas es la mejor ciudad que existe en el planeta, amo mi país. Claro ese es mi punto de vista sentimental, de lo que siento por Venezuela y por mi ciudad. Y obvio, llegar ahí, y no conseguir insumos de comida o medicinas, te genera un sentimiento encontrado, como de amor y odio.

Cuando regreso de Miami, que es como símbolo del consumismo, o de acá de México, que tiene una situación comercial y mercantil normal, llegó a mi ciudad y si es muy fuerte el impacto que genera el cambio.

¿Te cansa que a dónde vayas te pregunten por la situación de Venezuela obligatoriamente?

Yo ya me rio. Es la pregunta típica que te hace la gente, es una dictadura. Ya son veinte años y la gente se ha acostumbrado, desde Hugo Chávez, toda una generación que hemos crecido en el mismo sistema político. Muchos de los jóvenes que han nacido en este período ya están acostumbrados, porque no conocen o no han salido del país.

Foto: Carlos Campos Rodríguez

¿Y al arte que tanto lo ha afectado?

Yo creo que en los tiempos de crisis la creatividad se refuerza más, se buscan los medios. Si alguien quiere ser artista lo será, este pasando lo que ese pasando, o este viviendo cualquier contexto, de alguna manera. Así le toque pintar con tierra, buscará la forma de expresar algo.

Creo que de esas situaciones salen cosas increíbles. En Venezuela ahorita hay una gran cantidad de artistas con propuestas extraordinarias, es difícil exponer, porque todos los museos son manejados por el gobierno, y la mayoría de las exposiciones que se presentan son de temas políticos, claro, a favor del gobierno. Hay muchos artistas que han abierto su galería en la casa, en un local, y esa escena independiente beneficia mucho la calidad del discurso creativo, porque es algo que si se quiere, hay que hacerlo de la manera que sea, como en Cuba, más allá del régimen político, las propuestas son de una gran calidad.

¿Cuál es tu relación con los otros soportes de trabajo, más allá del mural público?

Actualmente tengo una propuesta algo escultórica, en soportes de madera, no son talladas, pero yo corto la madera con la sierra y hago unos ensambles también muy geométricos, esa es una parte que sale del lienzo convencional. Hace poco presenté una serie de serigrafía sobre vidrio, trabaje en vidrios con formas irregulares, orgánicas; siempre estoy experimentando soportes diferentes. Busco salirme un poco de la comodidad del lienzo, con el mismo lenguaje, una identidad que me permite que cuando el público ve una obra ya me identifique.

¿Te van las redes sociales como las nuevas galerías?

Yo creo que en la actualidad es una de las cosas más importantes que hay para el arte. De ahí yo he sacado contactos a nivel mundial, invitaciones a exponer, incluso para la compra. Creo que es un movimiento muy fuerte, si tú quieres una obra de un artista, ahora lo contactas directamente a través de su Facebook o su Instagram, creo que las galerías ahora se tendrán que replantear su vocación, su estrategia, su papel en el mundo del arte.

Creo que el papel de la galería y el curador es muy importante, porque no es sólo el trabajo, hay todo un proceso de difusión y organización que por lo general no lo hace el artista, y ese trabajo en equipo sigue siendo necesario, bueno al menos para mí.

Tu relación con la fotografía si es política, y bueno no podías tener un escenario más propicio que tu país.

Sí, bueno, viéndolo desde el punto de vista de mi familia, existen más de 140 años de fotografía ininterrumpida. Por ejemplo mi abuelo, estaba en Hungría y por un tema político llegó a Venezuela por invitación del presidente Marcos Pérez Jiménez, que era el dictador de mi país en la década de los cincuenta; mi abuelo era como el retratista oficial. Luego mi padre siguió trabajando como fotógrafo.

Ahora, con relación a mi trabajo plástico, que es geométrico, y nunca lo he querido mezclar con el discurso político, la foto si me ha permitido documentar fenómenos sociales. Yo tengo trabajos fotográficos de protesta, pobreza, marginación, he estado en lugares que me han costado malas experiencias, por ejemplo en una protesta reciente un guardia nacional me disparó, estuve hospitalizado un tiempo, y son cosas fuertes, que siempre digo que por esa otra faceta no quiero vincular mi trabajo artístico con la política, porque con la foto ya tengo suficiente. Ahí reflejo más esa parte de la denuncia.

@uyohan

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