Desarmando a la obesidad
Salud

Desarmando a la obesidad

Acciones preventivas

La forma en que nos nutrimos es resultado de un complejo proceso llamado metabolismo en el que intervienen múltiples factores, tanto de naturaleza biológica como de carácter social en el marco de nuestra cultura.

Las conductas que favorecen la actual epidemia de obesidad, se originan desde la infancia y están fuertemente arraigadas, por lo que es muy difícil modificarlas.

Los humanos tenemos particularidades cuya importancia suele darse por sentada, aunque influyan de manera continua sobre nuestra conducta, salud y bienestar sin que seamos conscientes de ello. Algunas de tales características son:

1.- La estructura anatómica y fisiológica; capacidad para correr diversas distancias a velocidad moderada, gran desarrollo encefálico y tubo digestivo largo, cuya consecuencia son necesidades dietéticas propias.

2.- El desarrollo de un lenguaje, cuyo resultado es facilitar nuestra comunicación en torno a ideas y emociones.

3.- El desarrollo de una cultura que influye sobre la manera de concebir la vida y el universo y, por lo tanto, sobre la conducta.

4.- La vida en sociedad que nos ha llevado a ser sedentarios.

CAUSAS

La obesidad se debe a un exceso en la proporción de masa grasa en el organismo. La masa grasa es uno de los componentes del peso corporal que en su mayor parte se localiza en el tejido adiposo. Este acumula cualquier sobrante de energía no utilizada. Para ilustrar la magnitud de esta reserva, en adultos no obesos la grasa depositada representa, en suma, tomando en cuenta ambos sexos, entre 15 y 25 por ciento del peso corporal total, y cerca de 100 mil calorías que sería suficiente para sobrevivir varias semanas sin alimento.

Medio kilogramo de grasa comparado con medio kilogramo de músculo. Foto: Fit Father Project

Así, la razón primaria de la obesidad es simple: se acumula tejido adiposo (y en consecuencia el peso corporal aumenta) si en forma sostenida, la ingestión de fuentes de energía excede al requerimiento.

La ingestión de energía ocurre en forma de nutrimentos combustibles (principalmente glucosa y ácidos grasos). Es intermitente y balancea desde cero, hasta un límite máximo que depende de cada individuo. El gasto energético está representado por el movimiento y el calor, es continuo y oscila entre un gasto mínimo (mayor que cero) y algún límite máximo que también es individual.

Para cada persona, momento y circunstancia, el balance de energía tiene un valor óptimo. En la regulación de la cantidad y tipo de alimentos que se ingieren, intervienen los mecanismos basados en el hambre y la saciedad. La primera depende de una hormona llamada grelina, producida en el estómago, y la saciedad de otra hormona llamada leptina, producida en los adipocitos.

Ya sea debido a cambios en la ingestión, en el gasto o en ambos, en la obesidad el ingreso supera al gasto y el balance de energía se torna peligrosamente excesivo. Este exceso de energía se deposita, en forma de grasa, en el tejido adiposo (el adipocito tiene una capacidad ilimitada para almacenarla). Una persona sedentaria (la que no hace ejercicio, por ejemplo algún deporte), si ingiere en exceso 300 calorías diarias, acumulará 33.33 gramos por día, un kilogramo al mes, seis kilogramos en seis meses y 12 kilogramos en un año.

CONSECUENCIAS

La obesidad sostenida y no tratada, conduce, entre otras, a las siguientes complicaciones: hígado graso, síndrome metabólico y diabetes mellitus.

Demostración de hígado graso. Foto: UANL

El hígado graso, también llamado no alcohólico, es una condición anormal donde los hepatocitos (células funcionales del hígado), acumulan cantidades excesivas de triglicéridos. Ocurre en más del 30 por ciento de los casos de adultos con sobrepeso u obesidad. Aunque en etapas tempranas no afecta la función de los hepatocitos, puede conducir a cirrosis hepática y en pocos casos, al cáncer primario.

El síndrome metabólico ocurre hasta en el 50 por ciento de los casos de obesidad. Esta condición tiene como fondo una resistencia a la acción de la insulina (hormona que normaliza los niveles de glucosa en sangre). Consiste en un grupo de signos que se pueden resumir en cinco:

1.- Circunferencia abdominal. Medida arriba del ombligo igual o mayor a 94 centímetros en el hombre y 88 centímetros en la mujer.

2.- Hipertensión arterial.

3.- Glucosa en sangre en ayuno, mayor a 100 mg por ciento.

4.- Triglicéridos en sangre en ayuno, mayor de 150 mg por ciento.

5.- Lípidos de alta densidad, grasa buena (HDL, por sus siglas en inglés) menor a 40 mg por ciento en hombres y menor a 50 mg por ciento en mujeres.

La suma de la circunferencia abdominal más dos de los últimos cuatro signos, establece el diagnóstico. (tablas, 1, 2 y 3).

En la diabetes mellitus tipo dos (que hoy vemos ya en niños obesos), como en otras enfermedades crónicas, suele suceder que transcurre un periodo subclínico y el diagnóstico se realiza cuando las personas acuden al médico a causa de las complicaciones propias de la enfermedad.

El diagnóstico tardío trae como consecuencia complicaciones que afectan la calidad de vida de los individuos, porque dañan órganos como el ojo (retina), los riñones (insuficiencia renal), el corazón, y provocan ateromas en las arterias coronarias (obstrucciones por depósitos de grasa y otros tejidos), que conducen a arritmias, angina de pecho o infarto.

Una buena noticia para las personas con obesidad y síndrome metabólico con hipertensión, hiperglucemia y alteraciones de los lípidos, es que al bajar 10 kg, posiblemente reduzcan las cifras de presión arterial de glucemia y de lípidos.

Tenemos sólo una idea vaga sobre la cantidad de niños y adolescentes con diabetes ligada con la obesidad, pero sí hay datos sólidos sobre los adultos.

Los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT 2016), mostraron que en México hay aproximadamente 7.3 millones de personas con diabetes mellitus entre la población mayor de 20 años, de los cuales 50 por ciento desconocía que padecía esta enfermedad.

RECOMENDACIONES

Para comprender el incremento de la prevalencia y magnitud de la obesidad en el presente, es necesario tomar en cuenta la naturaleza bio-psico-sociocultural de los mexicanos.

Foto: News Update

Las acciones para prevenir la obesidad deben empezar desde la infancia, debido a que este padecimiento es la manifestación de una compleja serie de procesos biológicos y psicológicos que ocurren en contextos sociales y culturales concretos y a lo largo de todo el ciclo de la vida humana.

Los cambios ocurridos en la alimentación a partir de la segunda mitad del siglo XX, que han afectado a la población mexicana, deben ser tomados en cuenta, de manera retrospectiva y prospectiva, para la planeación de acciones preventivas y el tratamiento de la obesidad.

La prevención y el tratamiento de esta enfermedad deben centrarse en la adecuación de la dieta y la actividad física a lo largo de toda la vida. Un buen principio para enfrentar con valentía nuestra realidad personal es: midámonos, pesémonos y calculemos:

1. Circunferencia abdominal (valores normales, hasta 90 centímetros en el hombre y 80 centímetros en la mujer).

2. Índice de masa corporal (IMC), peso en kilogramos entre estatura al cuadrado, multiplicar éste último dato por sí mismo.

3. Peso saludable (PS), estatura al cuadrado por 20, 23 o 25 más un 5 por ciento; para los que fueron en ese orden, delgados, medianos o robustos antes de ser obesos.

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