Rapid INN
Opinión

Rapid INN

Miscelánea

En tiempos no muy lejanos, acorde a la doble moral de la sociedad, los hoteles de paso siempre se ubicaban con discreción en las afueras de la ciudad. Hoy en cambio, anticipan el gozo del retozo con las vibrantes luces de neón y nombres tan sugerentes como el Rapid INN que titula esta nota. La clientela suele ser mayormente de infieles: ellas encuentran pretexto, ellos no lo necesitan.

Al volver a casa y recordar la travesura, ambos sonríen, besan a su conyugue y acarician al perro. El adulterio existe desde que se inventó el matrimonio. Aunque siempre ha habido hombres y mujeres infieles, hasta hace bien poco, la infidelidad era el secreto mejor guardado del ellas. Según me entero, la infidelidad femenina ha aumentado notablemente, tal vez como una forma de rebelión contra la cultura machista en la que la infidelidad masculina no ha sido socialmente mal vista, sino por el contrario, festejada por los hombres siempre dispuestos a la complicidad con sus congéneres.

La casa grande para la esposa y el nidito de amor para la amante, ha sido una práctica masculina muy democrática, lo mismo entre políticos, poderosos empresarios o humildes trabajadores. Un pequeño lujo que se da en muchos casos con la aceptación solapada de esposa y amante. Hoy, sin embargo, las aventuras amorosas no son como las de antes porque el matrimonio no es como antes. Durante gran parte de la historia (y todavía hoy en muchas zonas del mundo) el matrimonio era una alianza que garantizaba estabilidad económica y cohesión social. “No es por vicio ni por fornicio sino para tener un hijo en tu propio beneficio”, rezaban los conyugues antes de realizar el acto sexual. Es evidente que nada tenía que ver eso con el amor, la expectativa de una intimidad fascinante y un sexo arrebatador que comparten ahora las jóvenes parejas cuando deciden comprometerse “para siempre” en matrimonio. Nada que ver con la complicidad, la camaradería y todo lo que hoy supone el matrimonio en el que ambos conyugues esperan que la persona elegida sea previsible y fiable, y al mismo tiempo fuente de asombro, misterio y aventura, familiaridad y novedad, cotidianeidad y sorpresa.

La evolución de la relación conyugal ha alcanzado un punto en el que se cree que no debería haber infidelidad, puesto que han desaparecido las razones para su existencia. Aunque toda generalización es errática, una mayor edad de los conyugues y la experiencia sexual previa al matrimonio, ofrece más posibilidades de entendimiento y comprensión. En otras palabras, el matrimonio perfecto que nos vacuna contra cualquier deseo de aventura.

Además, la tan socorrida libertad de romper o divorciarse hace obsoleta la infidelidad. Siendo así, no debería haber motivos para buscar nada fuera de casa. Y sin embargo, en Occidente el adulterio se ha convertido en una de las principales causas de divorcio. Personas equilibradas, maduras, atentas y muy comprometidas con su relación, en el momento menos pensado cruzan la línea: Quiero a mi mujer/marido. Somos los mejores amigos y somos muy felices juntos, pero tengo una relación con otra persona. Sobre eso existen algunas teorías como que: A menudo (dice Octavio Paz) lo más embriagador que descubre uno en una aventura, no es la nueva pareja sino a sí mismo. O, a veces cuando buscamos la mirada de otra persona, no nos apartamos de nuestra pareja, sino de la persona en la que nos hemos convertido.

Parece que más que otro amante, lo que buscamos es una nueva versión de nosotros mismos. Según mi loquero, nuestra imaginación y nuestra creatividad parecen más ricas en nuestras transgresiones que en nuestros compromisos. ¿Será? Hay se lo dejo de tarea pacientísimo lector.

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