El cine como acto de resistencia
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El cine como acto de resistencia

La voz indígena en la pantalla grande

Uno de cada diez mexicanos es indígena, perteneciente a alguna de las 68 etnias que existen en el país, por lo que es increíble que resulten tan ajenos a la población mestiza.

Las comunidades autóctonas han sido relegadas y saqueadas a lo largo de cientos de años. Primero por los españoles conquistadores y ahora por el crimen organizado o por compañías extranjeras que pretenden explotar los recursos sobre los que se asientan sus tierras. Hasta la fecha, las autoridades y los medios han sido prácticamente omisos ante las violaciones de sus derechos humanos.

Y no sólo se trata de desplazamientos forzados en el sentido literal, sino también de forma cultural. Su educación básica se ve truncada por la falta de acceso a las aulas y por el idioma. Sus lenguas no son consideradas en las escuelas ni en espacios públicos, ni siquiera en instituciones de gobierno que deberían ser capaces de atender debidamente a cualquier ciudadano. Este rechazo se extiende hacia los demás aspectos de sus culturas.

Parte de esta responsabilidad recae en los medios de comunicación masiva, que han transmitido por décadas una imagen irreal de su cultura, la cual se ha alojado en el imaginario colectivo. Para hacer frente a este problema, los indígenas se han apropiado de las mismas herramientas que perpetuaron su marginación, y han encontrado en las cámaras un arma para alzar la voz.


REIVINDICAR LAS RAICES

Para el etnólogo Francisco de la Peña, la imagen distorsionada de los habitantes de pueblos autóctonos tuvo su origen en la Época Dorada del cine mexicano. Entre las décadas de los 30s y los 50s, los personajes nativos se construían principalmente a partir de alguno de los siguientes clichés: el salvaje que vive en la naturaleza, la criatura llena de misticismo, la figura meramente folclórica, o el que se ve reducido a una víctima de abusos.



Foto: IMDb

En la mayoría de los casos, se trataba de representaciones en que predominaba la ignorancia, la ingenuidad y hasta la agresividad. Evidentemente, los cineastas no habían tenido un acercamiento real a las comunidades étnicas ni tenían interés en incluir a verdaderos indígenas en sus películas. El filme Ánimas Trujano (1961), por ejemplo, es protagonizado por un oaxaqueño alcohólico y problemático interpretado por el actor japonés Toshiro Mifune.

Sin embargo, paralelo a las grandes producciones propias de esta época, se gestó un movimiento fílmico que sí buscaba un acercamiento a las poblaciones autóctonas: el documental etnográfico, pionero del cine indígena en Latinoamérica.

En la década de los 50s, el Instituto Nacional Indigenista de México inició la creación de documentales sobre la vida de las comunidades indígenas. El material audiovisual estaba apegado a la realidad de las etnias, pero estas sólo tenían el papel de objeto de estudio. No intervenían en la cinta y su contexto era descrito por un narrador, tampoco llegaban a conocer el resultado final de lo que había sido capturado por las cámaras. Además, el tono de las cintas era meramente institucional, para dar a conocer los objetivos y actividades de la organización.

Fue hasta 1977 que se creó el Archivo Etnográfico Audiovisual (AEA) del instituto. La meta de su fundador, Óscar Menéndez, era dar voz a los integrantes de estas poblaciones a través de documentales. Estos eran desarrollados en conjunto por un equipo de investigadores y uno de cineastas, quienes se encargaron de ahondar en la vida de los indígenas desde diversas perspectivas, que fueron plasmadas en 39 filmes producidos a lo largo de la década de los 80s.

Se trataba de reivindicar a las comunidades autóctonas con una narrativa veraz, dándoles a sus miembros el poder del micrófono. Con el tiempo, también les otorgaron la oportunidad de opinar sobre el tratamiento que se daría a cada tema en los documentales. Asimismo, a pesar del alto costo monetario que implicaba, adquirieron equipo para proyectar las cintas en cada pueblo étnico retratado.



Desplazamiento indígena en Chiapas, México. Foto: El Universal

NECESIDAD DE RETRATAR LA VERDAD

Tal vez el paso más grande del AEA fue en 1988, cuando se organizó el primer taller de cine para indígenas. Era la primera vez que ellos podrían inmortalizarse en la pantalla desde su propia visión. El resultado de este curso fue La Vida de una familia Ikoods, dirigido por Teófila Palafox, presidenta de la organización de artesanas de San Mateo del Mar, Oaxaca. El proyecto presenta la actividad pesquera y artesanal de una sociedad matriarcal. Se enfoca en los valores más importantes para la comunidad y esto queda de manifiesto desde la primera toma: la hija de la artesana leyendo a Lope de Vega, dejando claro que no se trata de una población cerrada y que, por el contrario, están en constante crecimiento personal.

Lamentablemente, los talleres no continuaron como una actividad regular, pero el trabajo del AEA sentó un precedente para que el cine dejara de ser “sobre” indígenas y pasara a “ser” de indígenas. En los últimos años, la era digital ha favorecido la producción cinematográfica de este tipo gracias a que los costos de grabación se han reducido considerablemente. Además, la distribución ya no se limita a festivales especializados, sino que puede hacerse llegar a un público más amplio a través de plataformas en Internet.


EL CINE COMO ARMA DE DENUNCIA

Actualmente, los cineastas indígenas han pulido su técnica y narrativa para contar las historias de su comunidad, denunciar las injusticias que padecen, preservar su tradición oral y sus leyendas, así como relatar experiencias íntimas, adentrándose también al mundo de la ficción. Esto último es muy importante porque con ello la vida étnica deja de limitarse a la investigación documental y se adueña también del mundo de la imaginación.



Yolanda Cruz y el actor Alejandro Santiago en la filmación de Migrant Heroes. Foto: NTX

Quizás una de las creadoras más destacadas es Yolanda Cruz. Originaria de Cieneguilla, Oaxaca, emigró a Estados Unidos cuando tenía 16 años. Ahí estudió dirección y producción de cine en la Universidad de California. Todos sus trabajos están basados en su tierra natal, y ha logrado exhibirlos en lugares como el Museo Guggenheim de Nueva York y festivales de la talla del Sundance. En este último fue acreedora a un taller para desarrollar su primer largometraje de ficción, La Raya (aún en producción), asesorada por Robert Redford. Su última producción es una serie web titulada Migrant Heroes (2015), donde aborda el fenómeno migratorio en una serie de mini-documentales.

La cinta de Alberto Cortés, Corazón del tiempo (2009), también proyectada en el Festival Sundance, muestra cómo crecen las generaciones jóvenes bajo el esquema del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Se trata de una ficción que revela la realidad de estas comunidades autónomas.

El cine indígena ha trascendido fronteras y se ha abierto espacio en foros internacionales, incluso llegando a la entrega del Oscar en 2016 con El Abrazo de la Serpiente (2015), una producción dirigida por el colombiano Ciro Guerra que sigue el trayecto de dos científicos guiados por un chamán amazónico en la búsqueda de una planta sagrada. Fue nominada a Mejor Película de Habla no Inglesa, y es interpretada por habitantes nativos, cuya lengua y entorno fueron respetados.

La National Film Board de Canadá lanzó la plataforma más grande de cine indígena disponible en Internet, con más de 3 mil metrajes. Su acceso es gratuito e incluye proyectos de varios países.

Lo que empezó como una forma de expresión que difícilmente podía ser proyectada dentro de las mismas comunidades indígenas, ha roto barreras y ahora avanza hacia lo que podría ser, por fin, un lazo entre la cultura predominante y la indígena, de la cual todavía falta mucho por aprender.

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