Un imperio que se desteje
Reportaje

Un imperio que se desteje

Reescribir un nuevo concepto de familia

La familia es una de las formas de organización más antiguas, fue crucial para la supervivencia y se ha mantenido vigente por siglos. Sin embargo, en los últimos años ha sido sujeta a grandes transformaciones; el divorcio, la adopción, el matrimonio igualitario, la identidad de género, la reproducción asistida, entre otros, forman parte de la amplia gama de temas filosóficos y de convivencia que la afectan, siendo incluso centro de controversia ética y moral. ¿Es entonces posible a estas alturas hablar del final de la familia como la conocemos?

Es posible que ésta, ya de por sí sujeta a la cultura y a los cambios sociales, se encuentre ante modificaciones más profundas que la diversifiquen y pongan en duda, pero también esto genera múltiples oportunidades para lograr una mejor comprensión de las relaciones interpersonales.

El modelo más reconocido, el de la familia nuclear, que incorpora padre, madre e hijos, ha dejado de ser el único posible; actualmente se consideran modelos que aceptan como familia incluso a los grupos de roommates, neologismo de origen anglosajón usado para referirse a personas sin un vínculo consanguíneo que comparten un piso. Así pues, se ha prescindido de este lazo que la definía de manera sustancial.

La protección de la familia nuclear ha sido motivo de oposición al establecer derechos para las parejas homosexuales, tanto al matrimonio como la adopción. La monogamia, la unión heteroparental, la procreación y la unión duradera, son elementos que se intentan conservar para favorecer un modelo que se considera estable.

La disparidad en el tema se nota incluso en el origen etimológico de la palabra. Mientras que familia se considera proveniente de la voz latina “famulia” y cuyo significado es sirviente o esclavo, se encuentra también que procede de manera más remota de la voz “vama”, del sánscrito, que corresponde a hogar o habitación. Sin embargo se piensa que también es una adaptación de la raíz “fames” que significa hambre, refiriéndose a las necesidades que se sacian en un mismo lugar. Lo cierto es que el término, como hasta ahora, se fue definiendo en función del grupo de personas que la conformaban, siendo la propiedad privada un elemento sumamente importante en su desarrollo.

Los roomates también son considerados familia. Foto: Shutterstock

FRANCIS FUKUYAMA

La familia es una institución desde la cual surge la sociedad entera; esto implica que no es únicamente una agrupación que natural y arbitrariamente se forma por parentesco, sino que aparece ligada a la propiedad privada y sus roles atienden a una división del trabajo estratégica. Todo esto está dirigido hacia la procreación y la seguridad de sus miembros, más aún de los nuevos.

Bajo este concepto se puede concluir que el comportamiento de la familia tiene una base evolutiva, que es lo que piensa el doctor Francis Fukuyama, un sobresaliente politólogo estadounidense. En su libro publicado en el año 2011, Los orígenes del orden político, analiza el actuar público universal desde la perspectiva del comportamiento humano a través de la historia, tendiendo entre diferentes momentos de la humanidad un hilo conductor que relaciona patrones de conducta en cada cultura.

Asume que algunas conductas tienen su génesis en la predisposición a la que los organismos están sujetos para continuar la especie y, por supuesto, transmitir genes aptos. Se trata de acciones prosociales como el altruismo recíproco, la construcción de reglas y el respeto a éstas, así como la preferencia a favorecer familiares; pero se trata también de una propensión a la guerra cuyo papel sería la defensa propia y del grupo al que se pertenece.

Ejemplo de esto último es el citado por Fukuyama acerca de la sociedad somalí, que no ha tenido un gobierno central fuerte desde la década de 1980. Debido a esto se ven obligados a proteger a sus familias y tienen la libertad de usar armas de fuego para este propósito. Sin embargo, este problema es una vuelta a un momento significativo por el que tendría que pasar cualquier sociedad que intenta constituirse; se trata de un proceso para encontrar una centralización de la fuerza militar que constituirá de manera básica al Estado y que hará posible que no haya más fuerzas rivales, sino una estructura a la que no se le pueda contraponer. La tribu ofrece libertad, pero los estados una mayor oportunidad de supervivencia.

Los pobladores, al tambalearse el Estado, vuelven a una forma de organización que intenta mantener a los grupos familiares en orden. La tribu tiene fuerza como organización y el sentido de pertenencia es lo que la mantiene unida, como si se tratara de una familia extendida; el orden que domina las sociedades es el vínculo consanguíneo.

La violencia en Somalia orilla al “patrimonialismo”, es decir, a apoyar al más cercano en la familia. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Sin embargo, si la institución familiar tiene un papel tan esencial, ¿podría decirse que está en peligro? Fukuyama advierte que toda institución está en riesgo constante aunque cambien las condiciones, pues permanecen en el tiempo pero se adaptan con dificultad. La pobre adecuación a las demandas de las personas (tales como la inclusión o dignidad), propicia un detrimento y como consecuencia impacta en la confianza y la legitimidad que los individuos depositan en estas formas de organización.

Es posible, además, que mientras algunos fenómenos afectan a la familia, otros la reivindican. Fukuyama llama “patrimonialismo” a la propensión natural que tenemos como humanos a favorecer a la familia y amigos en lugar de personas ajenas. Estos principios se vuelven más fuertes si existe alguna falta de confianza en las otras instituciones como el Estado, ya que las personas con mayor cercanía siempre serán en quienes se depositen más consideraciones, aún más en caso de inestabilidad.

Sin embargo, las condiciones del momento histórico en que nos situamos pueden afectar a este llamado “patrimonialismo”. En cuanto a esto, el politólogo menciona que las propiedades ya no son de un grupo familiar, sino de individuos; así, cada persona puede tomar pertenencia de los bienes que se le han transferido antes que proteger un patrimonio compartido con padres o hermanos. Esto puede decantar en un menor interés por la institución de la familia, o puede ser un punto de partida para encontrar otros valores que mantengan su valía.

ÉLIZABETH ROUDINESCO

La preocupación de que exista un desorden por el que la familia actual esté transitando o que esto afecte su funcionamiento, es un tema que Élisabeth Roudinesco, psicoanalista e historiadora francesa, analiza desde sus cambios característicos. En su libro del año 2002 La familia en desorden, la autora sostiene que ésta es una institución humana y universal que funciona vinculando el hecho cultural, es decir la sociedad organizada, a un hecho puramente natural que es la reproducción biológica. Lleva a la diferenciación sexual entre hombres y mujeres a un nivel superior, pues ya cumple la función de lograr la procreación y organizar la sociedad. Además, proporciona la seguridad de que la descendencia pertenece al núcleo familiar y que los bienes se puedan transmitir entre generaciones.

Modelo de matrimonio en que ambos cónyuges son proveedores. Foto: Archivo Siglo Nuevo

Roudinesco hace hincapié en que el lazo familiar, siendo uno de los más fuertes, no desaparece a pesar de los cambios internos; sin importar si se suscita la pérdida de algún miembro o existe conflicto entre varios de ellos, el vínculo permanece siendo de interés. Sin embargo, la historiadora cree que existe un desorden más notorio y peligroso en la actualidad, y para comprenderlo toma en cuenta la historia de la familia dividiéndola en tres grandes periodos de evolución.

El primero corresponde a una tradición anterior a lo que llama “familia moderna” en que se tenía el objetivo primordial de asegurar la transmisión de un patrimonio a la siguiente generación. Durante esta etapa, la unión no se trataba de una decisión propia y poco tenía que ver el lazo afectivo, pues era un acuerdo entre padres.

A continuación se cruza por una etapa en que la familia se constituye fundada en el amor de la pareja. Se hace una división del trabajo que ya no recae únicamente en un proveedor, sino en ambos cónyuges, y el hijo es educado por el Estado y no únicamente en casa. Aunque el deber era contraer matrimonio y mantenerlo para así no perder cierta solidez, es en este momento que, advierte la autora, la familia deja de ser tomada en cuenta ya como célula o parte primordial de la sociedad, por lo que comienza a “desacralizarse” paulatinamente, tornándose mucho más flexible.

Finalmente se transita por la etapa actual, la posmoderna, en la que se establece una unión mucho más simple, donde se acuerda un trato sexual que no necesariamente debe implicar tener descendencia ni una relación larga.

Bajo la premisa de la historiadora, se sostiene que las relaciones familiares, como culturalmente estaban propensas a ser, hacían que hubiera una presión autoritaria, pero también que al pasar de los años se haya intentado prescindir de ésta. La figura masculina, en la que se centraba la sociedad, portadora por siglos de los principios de orden y ley, se va viendo destituida.

Durante siglos ha perdurado una preocupación de que la figura de autoridad cambie y el motor de la sociedad se vea en riesgo. La mano de obra por la que se han fabricado ciudades enteras, la autoridad con la que se han regido naciones (sea o no con un resultado próspero), ha sido de naturaleza patriarcal y sin embargo las mujeres se han antepuesto a labores y a liderazgos que les han sido necesarios.

Mujer arreglando un tanque de guerra. Foto: GettyImage

Tal es el caso del aumento de mano de obra realizada por ellas durante la Segunda Guerra Mundial, fenómeno que guarda una relación ya con una toma de poder y decisión para regir familias y comunidades enteras. Un cambio grande como este, pues, sería asociado con una crisis, como cualquier otro. Es en esta lógica que Roudinesco asume que ha existido un temor a la feminización del cuerpo social entero que amenazaría el poder patriarcal y cambiaría los roles, transformando a la familia tradicional por completo.

A partir de la Revolución francesa y de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, aprobada en 1789, es donde la historiadora sitúa la “irrupción de lo femenino” en la vida pública, como llama a este fenómeno. Mediante esta declaración el matrimonio cambia su naturaleza indisoluble y garantizada por Dios, para establecerse como un contrato entre la pareja. Así, habría un relajamiento de las costumbres, de la división del trabajo y por tanto de los roles de género, además de que surge la primera ola del feminismo, que hace que las mujeres cuestionen más que en otro momento su papel.

Roudinesco reconoce que se ha desestimado de manera sistemática la idea de que la mujer pudiera existir separada de su capacidad de procrear. Desde luego, la maternidad, siendo una parte del rol femenino que ha sido muy valorada y protegida en cada cultura, sería difícil de desmitificar o cuestionar. En cuanto se logró mayor libertad, la mujer pudo desprenderse de su rol y se centró más en su voluntad, como ocurre con el individuo actual de manera generalizada.

A pesar de todo, la familia se conserva. Para Roudinesco esto implica que se envuelve un valor muy significativo en la institución. Además afirma que ante cambios importantes, la sociedad global podría resistirse a la vuelta a un tipo de organización tribal. La alternativa podría ser un cambio gradual que no resulte excesivo para ninguna de las figuras ya reconocidas: una adaptación que logre cierta estabilidad para que ocurra una evolución de lo que conocemos como femenino y masculino y todo nuevo rol se adecue a las necesidades de la familia actual.

CELIA AMORÓS y EL FEMINISMO FILOSÓFICO

Con el énfasis en que la maternidad, labor tan importante dentro del panorama evolutivo, tenga tanto peso, cabe señalar que son las mismas tareas relacionadas con el rol, su rígida interpretación y la discriminación hacia las mujeres como rasgo cultural, lo que las ha alejado de otras posibilidades de autorrealización y liderazgo.

Olympe de Gouges, redactora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Foto: Bonarov

Celia Amorós, filósofa, escritora y ensayista española, aboga por un feminismo filosófico que contemple los principios de pensamiento que dan pie a la lucha.

Si bien se comenzó por mostrar inconformidad exigiendo tener los mismos derechos a los que se habían declarado acreedores los hombres, emitiendo una Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana por Olympe de Gouges en 1791, fue la Vindicación de los Derechos de la Mujer por Mary Wollstonecraft en 1792, el texto que reforzó esta línea de pensamiento y fue considerado fundador del movimiento feminista. Trata la diferencia de géneros como algo cultural y por lo tanto aprendido, y aboga por una educación igualitaria como solución.

El primer movimiento feminista es reprimido y perseguido, frenando su progreso y continuando las injusticias, pero es en 1848 en Estados Unidos que se expone la Declaración de sentimientos, que insiste y desencadena la lucha en Inglaterra. La enunciación busca que las mujeres tengan derechos civiles, entre los que destacan el derecho a participar en la elección de sus representantes políticos. Es así como se intenta dar un paso más hacia la igualdad, pues este reconocimiento de la ciudadanía de las mujeres abriría paso a la adquisición de los demás derechos.

El objetivo se alcanza a finales del Siglo XIX y principios del XX en Europa y en 1920 en Estados Unidos, de manera que se tiene un periodo de cierta tranquilidad. Sin embargo , después de la Segunda Guerra Mundial se da pie a una liberación más marcada y aceptada.

En 1949 Simone de Beauvoir escribe El segundo sexo, donde trata, nuevamente, la importancia de anular la diferencia de sexos y marca la naturaleza cultural de la asociación del género con la asignación de roles. Luego, en 1963, aparece uno de los textos que desencadenaría la tercera ola del feminismo: La Mística de la Feminidad de Betty Friedan, donde se expone la insatisfacción de las mujeres que viven con las comodidades que les brinda la economía en crecimiento, pero sin otro posible rol que el de atender el hogar. La conclusión a la que llega es que las mujeres no han tenido como prioridad su propio bienestar, sino el de los demás.

Actualmente el respeto a la individualidad ha tenido que considerar que existe una amplia gama de personas, cada una con sus características propias y sus necesidades. Noción que además propone la aceptación de que existen modelos de mujer que deben ser reconocidos, incluyendo la mujer homosexual, dando pie a principios que transforman más a la familia.

Familia homoparental. Foto: minimusica.tv

La filósofa española define al feminismo como una consecuencia de la Ilustración. Este movimiento cultural e intelectual generaba ideas como individuo, ciudadanía y abogaba por un respeto hacia el humanismo universal, y la consigna del feminismo tiene el objetivo de lograr una toma de consciencia semejante.

Tomar en cuenta a la mujer como un individuo con todas las características que definen al ser humano, subyace como cuestión central, pero la autora aclara que la consecuencia buscada no sería, pues, obtener todas las características que identifican a los hombres, sino tener las mismas oportunidades para su desenvolvimiento.

Amorós considera que en el mundo han existido otros procesos semejantes a la Ilustración, siendo continuados por acciones feministas que “radicalizarían” las ideas de estos movimientos para incluir al género femenino entre sus demandas. Contempla que la mujer busca únicamente ser acreedora de “lo genéricamente humano”, tener una individualidad plena y con esto los derechos que deberían ser considerados universales tanto para hombres como a mujeres. Esta individualidad, vista como lo que puede elegir la persona para sí misma, atenúa los límites impuestos por la sociedad.

Se trata, pues, de una “transformación epistemológica” (como la llama la autora) en la que conceptualizar nuevos términos se convierte en una manera de politizar, de hacer verdaderos cambios. La perspectiva a partir del feminismo hace notar cosas que antes no se veían, tal es el caso de la violencia de género, que antes se denominaba "crimen pasional" y se veía como caso aislado, siendo tan sólo una consecuencia de un contexto específico.

Para Amorós, en una sociedad en que las mujeres tuvieran un estatuto reconocido de individualidad plena, la capacidad crítica y reflexiva incrementaría, al igual que la unión y el sentido de pertenencia de todos. Este último sería redefinido en un nuevo contrato social, el cual a pesar de afectar la formación de familias tradicionales, podría devenir en la defensa de valores importantes que serían transmitidos, tal vez, por otros tipos de familia.

Un signo de que los roles pueden cambiar está en la necesidad económica que hace salir a trabajar tanto a hombres como mujeres. Adicionalmente, la aparición de un feminismo radical, cuyo nombre no implica una visión extrema sino un enfoque en las raíces del sometimiento, hace ver indispensable una transformación de las relaciones establecidas dentro de la familia, que a su vez flexibiliza los roles para atacar desigualdades.

“Enséñale que es un mundo de hombres”. Anuncio de corbatas de los años 50s. Foto: Amazon Studio

Lo cierto es que ante la mayor posibilidad de toma de decisiones por parte de las mujeres, la maternidad ya no es una opción única. La formación de una familia pueda verse como una meta que tiene cada vez menos prioridad, mas esto no representa su declive total.

ELISABETH BECK-GERNSHEIM

El modelo de familia convencional sigue existiendo pero ha perdido su monopolio y ahora existe una variedad de tipos de familia, según la socióloga alemana Elisabeth Beck-Gernstein, que de igual modo enfatiza en la necesidad de hablar de familias en lugar de familia. Lo que antes se consideraba como una desviación del modelo habitual, actualmente es parte de la diversidad y a su vez, nuevas modalidades de esta reconfiguración son consideradas en nuevas legislaciones.

Algunos ejemplos son el acceso al divorcio de manera más sencilla, la protección a los niños nacidos fuera del matrimonio, el reconocimiento de las parejas convivientes sin lazo formal y el creciente reconocimiento de las parejas homosexuales, los cuales para la autora son signos de progreso.

Bajo esta perspectiva, la indeterminación a la que está sujeta la familia y el proceso de modernización en general, convierte en obsoleta la tesis sobre la importancia de un único ideal. La preferencia por la familia tradicional, afirma la socióloga, es debido a que hasta la primera mitad del siglo XX, las contribuciones en las ciencias sociales, como en las demás ciencias, son realizadas en mayor medida por un grupo favorecido que desde luego seguía la misma norma moral. Después surge una inclusión paulatina que permite otras perspectivas y diferentes estilos de vida que enriquecen la ciencia y la percepción de la organización social.

Beck-Gernsheim explica que la familia se desarrolla diferente dependiendo del rol adquirido por cada miembro y que el feminismo logró poner en tela de juicio la perspectiva de la mujer en la familia, ya que antes se representaba como un refugio caracterizado por la confianza y el amor. Sin embargo, gracias a esto se observaron carencias como una distribución desigual del trabajo y violencia, entre otros problemas.

Pero no únicamente hubo convulsión por esto, sino que se continuó relativizando la familia con la llegada de un creciente multiculturalismo, sobre todo en Estados Unidos e Inglaterra.

La familia, ahora vista desde la perspectiva del feminismo negro, fue considerada también como un lugar de resistencia política y cultural ante un latente racismo, un refugio donde se podía volver y resguardarse en el apoyo mutuo dentro de una comunidad.

La demanda de objetividad para definir a la familia a menudo se encuentra con el problema de que, justamente, su universalidad se somete a la vivencia particular y la cultura a la cual pertenece.

Foto:bestfreephotos.eu

Por otro lado, la familia apropiada es muchas veces definida desde una experiencia que no aplica en otros sentidos, por lo que una sociología de la familia que insista en una supuesta objetividad en relación con datos y definiciones, puede sufrir la amenaza de avanzar por un terreno ideológico más que científico.

Beck-Gernsheim, con esto, hace énfasis en la necesidad de una inclusión en la investigación social, abarcando todos los campos en las definiciones posibles, que brindan diferentes colectivos y constelaciones familiares, para así lograr algo que ella etiqueta como estudios “postfamilia”, que serían innovadores y empíricamente conscientes. Se trataría entonces de redefinir la familia teorizando la diversidad como noción ineludible, dando espacio a las diferentes realidades de vida.

EL DECLIVE DE UNA INSTITUCIÓN

La preocupación por el futuro de la familia radica en la actitud y mentalidad que caracterizan al individuo actual y en qué significaría para él un término como éste. Zigmunt Bauman, filósofo y sociólogo polaco, consideró que existe una individualización importante que deviene en la fragilidad de los vínculos amorosos, lo cual puede significar un detrimento de la solidaridad, valor sumamente importante para el avance de nuestra sociedad.

La disminución del matrimonio, el divorcio, las familias monoparentales y el aumento de la fuerza laboral femenina, se suelen relacionar con el declive de aspectos importantes de la vida comunitaria como la pertenencia, la participación, la confianza en las personas en general y la confianza en las instituciones, y, en consecuencia, la unión y la cooperación.

Por consiguiente, los cambios en la estructura familiar se han interpretado como factores que la debilitan y tienen como resultado el aumento de las necesidades individuales. La visión anterior suele ser la dominante, e incluso las políticas relacionadas con la cohesión social, se centran en la familia, pero la relación pocas veces se ha considerado dentro del escrutinio teórico o empírico de profesionales del tejido social, esta es una opinión que comparten politólogos como Hilary Putnam y Francis Fukuyama.

Los divorcios son comunes en las nuevas generaciones. Foto: Shutterstock/123RF

El matrimonio no se sostiene por ley, pero es un factor para que una relación se mantenga solamente si es satisfactoria para ambas partes. De otra manera, la interacción se torna tensa, inestable y poco sana para cualquiera de sus miembros. Los cambios en la vida familiar se relacionan más con la calidad de sus relaciones y recursos.

El divorcio rompe con algunos lazos que se pueden considerar insostenibles, pero mejora la unión entre otros de los miembros de la familia. Es así como los diferentes cambios han sido permitidos al escuchar las diferentes perspectivas de las personas que las forman o que quieren formarlas, incluyendo así una mejor visión en lo que podría ser una reconstrucción de la institución.

DIVERSIDAD HUMANA

El filósofo español Jacobo Muñoz apoyaba la idea de que la sociedad está en constante cambio y consecuentemente no hay momento en que una familia logre desarrollarse en completa estabilidad, por lo que considera que la institución se encuentra desde hace dos siglos en una encrucijada y con futuro dudoso.

Esto implica, más que un riesgo de extinción, que en virtud de su complejidad sociológica tendrá una inminente transformación. La inclusión como principio importante de la colectividad postmoderna, hace que todos los individuos sean parte de los procesos sociales, por lo que es natural que haya inflexiones y renovaciones. Asimismo, la formación de una familia como la de cualquier comunidad, es una necesidad fundamental para todo individuo que existe desde su pasado tribal, si cambia desde sus cimientos, como lo ha hecho hasta ahora, significa que deberá adaptarse a los ideales y exigencias de la actualidad.

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