Ángel de la ideología
Nuestro mundo

Ángel de la ideología

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La conocida como Plaza del Eco, en la colonia Ampliación Los Ángeles, es procurada por visitantes, deportistas, scouts y frustrados futbolistas que llevan a sus hijos a patear el balón entre los árboles. La feracidad artificial del suelo no siempre resiste ni vence el uso rudo.


De cualquier modo la plaza es un bien municipal privilegiado. Tiene carisma, ángel, bomba de agua para que los vecinos rieguen hasta en los días de lluvia sus árboles, jardines y banquetas; tiene un kiosco (que no es kiosco) y una cancha de básquet con moderno piso de nueva administración municipal.


Las bancas que ostentaban un azul obviedad (la plaza está ubicada en coordenadas del partido político azul que administra el municipio); pasaron de ese azul a un gris que sugiere que a alguien le remordió la conciencia de tanto azul pintado de azul.


Se localiza la plaza –teniendo como referencia la presidencia municipal– en el norte de la ciudad. Por el poniente comienza donde estuvo la mítica alberca Esparza cuyas aguas, después de pasar por la pila, regaban algodonales vecinos. Por allí empiezo yo a transitarla para trasudar colesterol y triglicéridos.


El peatón que como yo se interne en la Ampliación los Ángeles entra en lo que fueron algodonales abonados con un fertilizante que sigue produciendo verdor de frondosos pingüicos, de los llamados, creo, pata de vaca y de árboles de naranja agria que perfuman de azahar y cuyas hojas trituradas por los dedos liberan un aroma de verde profundo.


Otro adorno vegetal es el de abundantes palmeras de las llamadas, creo, coco plumoso. El zacate, ahora nombrado pasto o césped, también crece con regocijo y adorna los intersticios de las banquetas y sube por cañuelitas propias de los postes de electricidad y arriba surge con alegría de triunfador.


En su recorrido peatonal, el viandante que imaginemos que se dirige a la Plaza del Eco a postrarse ante un ángel que se apareció durante esta administración municipal, notará escasa la señalización y que las calles llevan nomenclatura de próceres y patricios de la economía regional.


El viandante notará también que las banquetas están descuidadas, descascaradas del recubrimiento, del “chapalcualeo” que nombran los albañiles. Sus propietarios no son peatones sino dueños de vehículos que les permiten ignorarlas. Contrastan con las de las instalaciones mormonas.


La abundancia de automóviles de la clase media permite entender por qué es difícil encontrar en la colonia un taxi. Pero la cruzan los Polvorera y los Jacarandas con su tufo de dísel podrido por el mecanismo de combustión que por descuido atenta contra el olfato.


Al pasar por un frente enrejado lo más probable es que uno sufra el asalto de la furia ruidosa de los perros. Y a propósito de estos amigos del hombre, las banquetas siempre están agraviadas por abundante y misterioso fecalismo canino de quién sabe qué propietarios.


En fin, el viandante imaginario que más bien es peregrino atraído por la aparición del ángel, llega a la plaza, oye pájaros rezagados, niños en juegos infantiles y la potente bomba de agua que surte con abundancia los hidros que zumban o traquetean casa tras casa.


Admira la comba que en su exterior pasó de un amarillo brillante a un azul tristón. Se planta en medio del antikiosco en el centro de la plaza. Al instante sus oídos y sus ojos son cautivados por los ecos de la concavidad y por la pintura cósmica que la engalana con un espacio celeste poblado por signos del zodiaco y un ángel.


La artística pintura del cosmos es además el arte como vehículo de la ideología católica. A lo peor me equivoco en mi visión del ángel pomposo porque interpongo mi atea ideología. Y pintar un ángel en un sitio municipal no es ideología, como sí lo es verlo como yo lo veo. Cosas del poder dominante.

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