Banderas
Opinión

Banderas

Miscelánea

<small>El alma misma está exiliada, errante, viene de fuera. El nacimiento es un viaje al extranjero.
Empédocles</small>


¡Oh Santa Bandera! de heroicos carmines/ suben a la gloria de tus tafetanes/ la sangre abnegada de los paladines/ el verde pomposo de nuestros jardines/ la nieve sin mancha de nuestros volcanes. (Letra: Rafael López / Música: Julián Carrillo).


Ante los homenajes que por estas fechas rendimos a la bandera, es inevitable recordar el himno que cada lunes tempranito, en el patio del colegio, cantábamos en su honor. Yo lo hacía con enjundia porque de alguna manera el himno me sonaba patriótico e inspirado.


Mi mundo era pequeñísimo y mi entendimiento de bandera y patria se limitaba a mis padres, la escuela y quizá hasta el jardín donde sin pasaporte ni documentos que acreditaran propiedad, las hormigas y las mariposas retozaban libremente como según nos cuenta el Génesis, retozaron Adán y Eva antes de morder la manzana que les ganó la expulsión del paraíso y su aterrizaje en este planeta del bien y del mal. Muy pronto aparecen en su historia los celos, la envidia y el crimen. El miedo al diferente: de otra raza, de otro color, o se relaciona con su Dios de otra manera; comienza a generar entre los hombres la guerra, las insignias, y finalmente las fronteras.


Hoy, ya bastante crecidita, además de que sigo sin entender eso de “la gloria de tus tafetanes” el himno que cantábamos en el colegio me parece rabón y cursi. Creo que nuestra bandera se merece algo mejor. Con los años, mi apreciación de patria se ha ampliado poco y apenas alcanza a arropar el dulce mar de Acapulco, los Portales de Córdoba, mi Pico de Orizaba y todas las nueces, los higos y las granadas de los laguneros.


Sin embargo, soy más consciente de que nuestra bandera es símbolo de unidad y cohesión de una sociedad que con sus ricos y sus pobres y sin clasificaciones que fracturen a los fifís, mezquinos y neofacistas; del sabio pueblo de los chairos –adjetivo cuyo significado no acabo de entender– e imagino como un eufemismo que emerge de mentes limitadas sin el pulimento y que nada tiene que ver con nuestra identidad tantas veces hecha, desecha y parchada por circunstancias que abarcan indigenismo, coloniaje, mestizaje, el afrancesamiento que curiosamente impuso un indígena oaxaqueño llamado Porfirio, y la penetración cultural de los ventajosos inmigrantes que se adueñaron de gran parte del norte de América y ahora se sienten los dueños del mundo.


Según entiendo yo, entre nuestros rituales: la muerte, la fiesta, la patria, la familia, la Guadalupana; pero también están el “Jalogúin”, Santa Clós y Starbucks, los mexicanos seguimos en proceso de construir una identidad, aunque ahora ya sabemos que no es emanación permanente de un ser nacional, sino un conjunto de opciones accidentales que nos van moldeando.


Según esas mismas opciones, el lábaro patrio también ha evolucionado. Del estandarte que con la imagen de nuestra Virgen Morena utilizó don Miguel Hidalgo para arengar al pueblo, y que allá por el año 1821 sería sustituida por el águila coronada del imperio de Iturbide.


Más adelante “verde blanco y colorado la bandera del soldado” –como decíamos los niños muy antiguos– y que con algunos retoques en el escudo del águila, es la que honramos hoy como insignia de libertad y la incuestionable dignidad de todos los mexicanos. En mi corto entendimiento del sentido de nuestra bandera, no puedo ni quiero pensar en ella como pendón de guerra y en nada que se parezca a “un soldado en cada hijo te dio”.


Por el contrario, la asumo como un símbolo de paz y de unión entre los mexicanos y de la amistad que ofrecemos al mundo. Si no representara todo eso, tendríamos que pensar seriamente en modificarla una vez más. Que Dios bendiga a la bandera que nos representa en el mundo como un país que desde la democracia, trabaja unido para construir la justicia, la equidad y el espacio propicio para la cultura. Perdón pacientísimo lector, hoy me puse tan pedagógica que doy asco. [email protected]


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