El enigma de París
Literatura

El enigma de París

Del cielo al suelo. La Torre y el crimen

El año es 1889 y el escenario principal es “la ciudad luz”, la batida por las olas pero nunca hundida París, en vísperas de la inauguración de la famosa Exposición Universal. En consecuencia, uno de los puntos ineludibles es la asombrosa construcción que servía como arco de entrada y fungió como gran centro de atención de esa muestra, aunque con el paso del tiempo ha devenido uno de los principales símbolos de Francia y cuyo primer nombre era totalmente descriptivo: “La Torre de 300 metros”.

Éste monstruo arquitectónico fue concebido en junio de 1884 por los ingenieros Maurice Koechlin y Émile Nouguier, posteriormente se agregó el arquitecto Charles Léon Stephen Sauvestre quien realizó el diseño final, introduciendo diversos cambios al bosquejo original; actualmente lleva el nombre del ingeniero que finalmente la edificó: Alexandre Gustave Eiffel, dueño de la consultora y constructora en la que laboraban Koechlin y Nouguier.

Sin embargo, Eiffel no siempre tuvo interés en semejante portento, cuando le mostraron el primer croquis manifestó su indiferencia, aunque consintió que sus ingenieros continuaran trabajando en él. La intervención de Sauvestre salvó el proyecto por la vía de entusiasmar al jefe, a tal punto que en septiembre se presentó una patente a nombre de Eiffel, Koechlin y Nouguier para la construcción; poco después el primero obtuvo la titularidad exclusiva comprando los derechos de sus ingenieros.

En 1886 se abre un concurso para la construcción de la torre, en el que participan más de cien proyectos y el de Eiffel resultó ganador.

REUNIÓN

Casi la totalidad (cuatro de sus cinco partes) de El enigma de París, novela de Pablo de Santis, está ambientada en la entusiasta vorágine que habitualmente acompaña a las ocasiones extraordinarias. Sí, la Exposición Universal está a punto de ser inaugurada pero entre tantos portentos y pabellones hay un hecho que destaca: por primera vez se reunirán todos los miembros de Los Doce Detectives, una especie de sociedad o hermandad cuyos célebres miembros son reconocidos como los mejores investigadores del mundo.

Proceso de construcción de la Torre Eiffel. Foto: Creative commons

La ocasión parece inmejorable. Si la Exposición pretende agrupar todas las maravillas del saber humano, no es cosa de dejar fuera la principal habilidad encarnada por Los Doce, que más que atrapar criminales y castigar delitos se trata de la capacidad para resolver misterios. Desde luego, cada uno de los invitados tiene su propia idea de la profesión, su propio método y sus propias herramientas.

Las nacionalidades representadas en el grupo también son variadas. Tenemos a Caleb Lawson, inglés; Tobías Hatter, alemán; Fermín Rojo, español; el norteamericano, Jack Novarius; el holandés, Anders Castelvetia; el italiano Magrelli, conocido como “el Ojo de Roma”; el griego Madorakis, detective de Atenas; Zagala, portugués; Sakawa, japonés. Completan la docena el argentino Renato Craig, el francés Louis Darbon y el polaco radicado en Francia, Viktor Arzaky. Los dos últimos se disputan el título de “Detective de París” y hay una fuerte enemistad entre ambos. No son los únicos, entre los doce hay múltiples encuentros, encontronazos, rencores y desconfianza.

Otra cosa que tienen en común todos (o casi todos) los invitados, es la figura del asistente, al estilo del célebre doctor Watson. Cada uno con ciertas peculiaridades pero más o menos estereotipados. Menos agudos, menos observadores, bastante más ingenuos que los detectives a quienes acompañan; pero no por ello menos importantes. Entre sus funciones más destacadas se encuentra representar el sentido común en los diálogos que mantienen con sus jefes y, por supuesto, tomar notas de cada caso para posteriormente escribir el relato de las mejores aventuras de la carrera de su respectivo detective.

En esta novela se denomina a dicha figura adlátere, la definición ofrecida reza: “Dícese de aquel que sigue a otro como si fuera su sombra”. Actualmente los diccionarios que recogen el término coinciden en darle un matiz despectivo, el de la Real Academia Española, lo define como: “Persona subordinada a otra de la que parece inseparable”; por su parte Larousse consigna: “Secuaz o acompañante de una persona”.

Sin embargo, no siempre fue así, parece tratarse de una distorsión del vocablo en desuso aláteres que tenía el sentido de compañero, camarada, allegado; sin matices negativos. Ambas palabras derivan de la locución latina a latĕre, que significa literalmente “al lado”.

TRAMA

El protagonista y narrador no es ninguno de los afamados investigadores sino un adlátere, el joven, simpático e inexperto Sigmundo Salvatrio, hijo de un zapatero, dato que puede parecer ocioso pero no lo es tanto; será clave en la solución del misterio. Salvatrio fue enviado por Renato Craig en su representación, ya que un asunto de salud aunado a ún escándalo profesional, le impiden acudir a la cita en París. Salvatrio llega a la primera reunión con un mensaje para Viktor Arzaky y un objeto para la pequeña exhibición que corresponde montar a la asociación de detectives con el objetivo de mostrar sus técnicas y herramientas a los visitantes de la Exposición Universal.

Sin un misterio por resolver no hay novela detectivesca, así que como puede suponerse, ocurre algo que de distintas maneras ocupa a todos los invitados. Louis Darbon muere en circunstancias extrañas, despeñado de la Torre Eiffel y no está claro si fue un accidente o un asesinato. Arzaky reclama el derecho a conducir las pesquisas, hay voces a favor y en contra. Parece natural que sea el polaco quién se ocupe del caso, finalmente están en la ciudad en que ejerce su oficio, por el otro lado la víctima potencial era su rival y no faltan las sospechas en su contra.

Durante la investigación rápidamente se desplaza el foco de atención del muerto a la Torre, que se roba cámara y cobra protagonismo. En la realidad a la Torre Eiffel no le faltaron detractores y tanto el proyecto como la construcción estuvieron envueltos en polémicas y protestas, principalmente la comunidad artística la atacó duramente mediante manifiestos y discursos. En El enigma de París se explota ese hecho, encarnado en una serie de amenazas anónimas.

Pablo de Santis. Foto: Secretaría de Cultura de Argentina

Darbon estaba a cargo de investigarlas; Arzaky retoma el hilo de sus indagaciones tratando de entender cómo y por qué murió. Aparecerán bastantes personajes secundarios y se agregarán otro par de enigmas por resolver.

La creación de Pablo de Santis sigue con bastante rigor las fórmulas clásicas del género: sospechosos inocentes, villano improbable, código secreto, pista falsa, crimen misterioso/imposible, estructura cerrada y solución coherente. Su obra es al mismo tiempo teoría y práctica de cómo escribir una historia de éste tipo, puesto que se aprovecha a Los Doce Detectives para convertir algunos pasajes de la novela en una reflexión sobre el género.

Hay dos cosas más dignas de resaltar. La primera es que El enigma de París compara y enfrenta dos formas de hacer policiacos, la clásica representada por los famosos “crímenes de cuarto cerrado”, desplazada por una más moderna, encarnada en los asesinos seriales; y si el tipo de crimen y de perpetrador cambió, también tuvieron que cambiar los detectives. La segunda es que la historia está construida con una serie de relatos dentro del relato principal, a la manera de las matrioshkas, una muñeca dentro de la otra. Aunque a primera vista la técnica puede resultar un poco agobiante debido a la sobreabundancia de narraciones, diríase que está hecho ex profeso, a la manera de la Torre Eiffel que vista de cerca aparece desordenada y caótica, pero recupera la armonía cuando se observa el conjunto.

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