El origen del lujo
Reportaje

El origen del lujo

Comodidad frente a sobrevivencia

Sociedades como la mexicana, en la que el 80 por ciento de la población se sitúa en un estrato socioeconómico bajo de acuerdo a las estadísticas de la Secretaría de Economía federal, destina su gasto monetario principalmente en la adquisición de artículos para sobrevivir, como alimentos y bebidas. En promedio, el ingreso por habitante ronda los seis mil pesos mensuales, por lo que adquirir un artículo fuera de ese rango podría considerarse un lujo, basado en la definición de este término: “aquello que sobrepasa la capacidad económica de un individuo para adquirirlo”. Siendo así, la compra de un teléfono celular para aquel 80 por ciento de la población significaría un lujo, y pese a ello la tendencia en la adquisición de teléfonos inteligentes es ascendente, de acuerdo a un estudio de la firma Deloitte entre dos mil consumidores mexicanos del 2015 al 2017.

En esta tendencia de consumo de artículos electrónicos en México, poco influye el concepto de Responsabilidad Social Empresarial, del que supuestamente está consciente la generación millennial, porque detrás de cada aparato inteligente existe trabajo infantil en condiciones adversas, y el impacto ambiental para obtener los más de doscientos minerales para la producción de las pantallas táctiles, es irreversible.

CAMBIAR DE HÁBITOS, IMPOSIBLE

¿Usted cambiaría su teléfono celular inteligente si se enterase que detrás de su producción hay trabajo infantil en condiciones sumamente adversas? ¿Sacrificaría la apariencia que le brinda el utilizar cosméticos elaborados con cera de candelilla, obtenida por los campesinos del desierto de Coahuila quienes arriesgan su salud durante el proceso de extracción? ¿Acaso dejaría de beber café recolectado por manos infantiles, actividad calificada como “peligrosa y que interfiere con la educación” de acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo? ¿Se desharía de artículos que más allá de cubrir una necesidad, son ejemplo de ostentosidad?

Foto: GettyImages

Aunque supiera las condiciones desfavorables que existen detrás de la producción de objetos suntuosos, o de productos cuya obtención está basada en el trabajo infantil, sin temor a la equivocación, la respuesta a las preguntas anteriores sería “no”. El consumo de artículos enfocados al relumbrón va a la alza. Las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) así lo revelan: en México el número de usuarios de teléfonos inteligentes creció de 60.6 millones en 2016, a 64.7 millones en 2017, y continúa en aumento. La mitad de la población mexicana posee uno de estos aparatos, cuya fabricación, gracias a la globalización, se basa en el trabajo de 40 mil niños y niñas mineros del sur de la República Democrática del Congo, en África, quienes hurgan entre las minas de donde obtienen el 50 por ciento de todo el cobalto utilizado en el mundo para la fabricación de los teléfonos inteligentes, de acuerdo al reporte de Amnistía Internacional titulado ¿Funciona mi teléfono con trabajo infantil?. ¿Cuántos de aquellos usuarios mexicanos emplean el dispositivo móvil para tareas útiles, y para cuántos sólo es un juguete caro?

En lo que se refiere a la industria cosmética, su crecimiento es imparable. La revista Forbes cita el análisis de la firma Allied Market, la cual proyecta para el año 2022 una facturación cercana a los 430 mil millones de dólares, con un crecimiento anual promedio del cuatro por ciento; un incremento abrumador debido principalmente a dos factores: uno de ellos a que la cosmética se ha convertido en un elemento de identidad, específicamente entre los millennials (jóvenes nacidos entre 1980 y el año 2000, cuyo rasgo principal es su predilección por el uso de recursos digitales); y el segundo, precisamente, a la facilidad que ofrece el comercio digital. Detrás de la producción de algunos cosméticos, como lápices labiales, está el trabajo de campesinos del desierto de Coahuila y Durango, quienes arriesgan su salud en la extracción de la cera de candelilla, materia prima de los embellecedores.

Sólo para dimensionar el monto generado por la industria de labiales, sombras y polvos, citado líneas arriba, es 70 por ciento mayor al presupuesto de egresos para México en este año.

El trabajo de niños en los campos de café en México. Foto: AFP

Respecto a la recolección de café, la cartilla informativa Condiciones y medio ambiente del trabajo infantil peligroso en el cultivo del café, énfasis en la etapa de la cosecha, elaborada por el Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil, señaló que en México más de 3 millones de niños y niñas, así como adolescentes entre los 15 y 17 años de edad, trabajan en el cultivo del café. “De ellos, 712 mil no asisten a la escuela”, subraya el estudio. Aun así, ¿dejaría de disfrutar una taza de café por la mañana?

Ahora bien, ¿podría prescindirse de los artículos mencionados? El teléfono inteligente, los cosméticos y el café, ¿son productos necesarios o son excesivos para cubrir la necesidad por la que son comercializados? Necesitamos comunicarnos a distancia, mantener una apariencia agradable para enfrentar la vida con el vigor suficiente suministrado por una taza de café. ¿O no?

DETRÁS DE LOS ARTÍCULOS DE LUJO

De acuerdo a la definición de lujo, ofrecida por la Real Academia Española, se define como la abundancia en el adorno o en comodidades y objetos suntuosos, “aquello que supera los medios normales de alguien para conseguirlo”; también se refiere a la “elevada categoría, excelencia o exquisitez que posee algo por la calidad de las materias primas empleadas en su fabricación, sus altas prestaciones o servicios”. Una última definición se refiere a la “persona o cosa valiosa, excepcional o extraordinaria”. Bajo estas enunciaciones vale la pena preguntarse qué de los objetos que nos rodean y utilizamos cotidianamente, caen en la clasificaciones mencionadas. Y posteriormente reflexionar sobre las condiciones en las que viven las personas enfocadas en la producción de aquellos objetos.

Acaso el problema no radica en la posibilidad de adquirir un artículo considerado ostentoso, sino en el esfuerzo y la desigualdad económica entre quienes lo obtienen y quienes lo producen.

Quienes han crecido en torno a las nuevas tecnologías, difícilmente se ven deshaciéndose de ellas, o exigiendo un trato justo hacia los trabajadores que dedican su esfuerzo y arriesgan su vida en la obtención de las materias primas. En este mundo moderno la comodidad de unos cuantos, es gracias al esfuerzo de muchos.

La otra cara de las baterías de ion de litio: explotación en las minas artesanales. Foto: Lynsey Addario/Gettyimages

Amnistía Internacional, organización no gubernamental que se presenta como defensora de los derechos humanos en todo el mundo, publicó la investigación relacionada con los niños y niñas que, orillados por sus adversas condiciones socioeconómicas, dedican su vida a la extracción del cobalto, uno de los elementos empleados en la fabricación de las pantallas táctiles y las baterías de los teléfonos celulares.

El informe asegura que existen infantes de siete años de edad, habitantes del centro de África, quienes trabajan en minas “artesanales”, es decir, aquellas que no pertenecen a una compañía minera formalmente establecida: “UNICEF (refiere el informe) calcula que unos 40 mil niños y niñas trabajan como mineros artesanales en el sur de la República Democrática del Congo, muchos de ellos extrayendo cobalto. Algunos mineros artesanales utilizan cinceles y otras herramientas de mano para cavar agujeros de decenas de metros de profundidad (…) Aunque conocimos a un niño que había bajado a los pozos, la mayoría trabaja en la superficie, examinando los escombros y las piedras en busca de fragmentos de mineral que luego clasifican y lavan”; asienta el informe publicado en su página de internet, en el que destaca el testimonio de Arthur, un chico de 13 años de edad que se desempeñó como minero de los 9 a los 11 años: “Trabajé en las minas porque mis padres no podían pagar mi comida y mi ropa. Papá está desempleado, y mamá vende carbón”.

El mercado de la telefonía celular oferta una gama de modelos sumamente amplia. Tamaños, formas y precios abruman por la diversidad. Se venden dispositivos que rondan desde los cinco mil hasta los 32 mil pesos. Calculando una cifra promedio por un dispositivo, sería de 18 mil 500 pesos, el equivalente a 180 salarios mínimos actuales en México. Con ellos sería posible comprar 11 canastas básicas a precios de enero de 2019, cuando se incluían 33 productos indispensables. El precio medio de un celular, planteado aquí, supera en un 300 por ciento el salario mensual promedio de los mexicanos, calculado por la Secretaría del Trabajo y Previsión Social en 6 mil 117 pesos al mes. Por ello, podría considerarse que poseer un teléfono celular es un lujo, ya que “supera los medios normales de alguien para conseguirlo”.

Trabajo infantil en las minas de la República Democrática del Congo. Foto: APA/EFE

Los avances tecnológicos sorprenden. Aquellos inventos que sólo era posible admirar en los cuentos de ficción son una realidad gracias a la investigación, al desarrollo y a la innovación; también son posibles debido al sometimiento de sociedades que habitan en países con recursos naturales abundantes, explotados por países desarrollados.

El caso del Congo es ejemplar, aunque hay casos de desigualdad más cercanos, como el de los productores de candelilla de Coahuila.

CERA DEL DESIERTO PARA LA INDUSTRIA MUNDIAL

Desde 1913 se aprovecha la cera de candelilla, sustancia que por sus cualidades se aplica en la industria alimenticia, de cosméticos y eléctrica, entre otras. Se obtiene de la planta cuyo nombre científico es Euphorbia cerífera; exclusiva del Desierto Chihuahuense, territorio que abarca las entidades del sur de Estados Unidos de Norteamérica, hasta los límites con Querétaro en México; su recolección ocurre principalmente en Coahuila. Es una planta tubular que crece en manojos no mayores al metro de altura; su flor es pequeña y blanca y el color de su tallo es verde olivo.

De acuerdo al artículo científico Cera de Candelilla y sus aplicaciones, elaborado por investigadores de la Facultad de Ciencias Químicas y del Centro de Investigación en Química Aplicada, de la Universidad Autónoma de Coahuila, encabezado por el maestro Christian Javier Cabello Alvarado, la cera de aquella planta se utiliza en la preparación de algunos alimentos y dulces, como la goma de mascar, el café y sustitutos del café, té, infusiones de hierbas, bebidas con alto contenido de cacao. Asimismo se usa para las decoraciones de pasteles, en los productos de panadería fina y de imitación o sustitutos de chocolate. También se aprovecha en las bebidas azucaradas artificialmente, para recubrir la superficie de frutas frescas, de vegetales, legumbres y leguminosas, así como en bebidas aromatizadas a base de agua, como sueros y bebidas electrolíticas. También con la cera de candelilla se producen crayolas.

Cera de candelilla lista para su venta. Foto: aliexpress.com

Los principales países consumidores son los Estados Unidos de Norteamérica, Japón, Alemania, Francia y el Reino Unido. Estos cinco países exigieron más del 96% del total de la cera de candelilla de las exportaciones de México (Semarnat). El mercado internacional actualmente es la Unión Europea, Estados Unidos y Japón”, asegura el estudio.

Por su parte la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, en su comunicado de prensa número 37, afirma que “México es el único país en el mundo productor de cera de candelilla, ya que exporta alrededor de mil 500 toneladas al año a Europa”; se afirma que son alrededor de 20 mil campesinos en Chihuahua, Durango, Zacatecas y principalmente en Coahuila, los que se dedican a esta actividad. Campesinos que en su mayoría viven en condiciones de pobreza alimenticia, habitan en comunidades alejadas donde se carece de agua entubada y de energía eléctrica; en pueblos donde no hay escuelas o si existe un recinto para este propósito, no se cuenta con el profesor. Se trata de lugares sin clínicas ni señal de teléfono, de tal forma que cuando ocurre una emergencia, hay que trasladarse decenas de kilómetros hasta la ciudad más cercana. Es el caso, entre cientos en el país, del ejido La Colonia, en Cuatro Ciénegas, en la región centro de Coahuila (ver Nomádica edición número 100).

En La Colonia vive Julio Zapata Palacios, es un fuerte campesino con cuarenta años cumplidos que se dedica a la extracción de cera de candelilla; “antes criaba chivas, pero me dejaron de comprar los cabritos y la leche, las dejé”. Como Julio, sus hermanos y hermanas viven de la cera. En este ejido distante cincuenta kilómetros al sur de la cabecera municipal de Cuatro Ciénegas, viven menos de 30 personas. Sus casas están dispersas por el pálido llano salino; carecen de agua entubada y drenaje. Tampoco tienen luz eléctrica, sólo celdas solares con capacidad para encender un solo aparato eléctrico a la vez. Las casas en La Colonia no tienen refrigerador, debido a esto consumen alimentos que pueden durarles una semana, tiempo en que surten la despensa en la cabecera municipal.

Los últimos niños del ejido Coyote, Coahuila, tienen que trabajar en la recolección de candelilla para ayudar a sus padres y abuelos a sobrevivir en el desierto. Foto: Mayra Franco

De acuerdo a la estadística oficial, el nivel de educación formal de la gente de este ejido enclavado entre las sierras La Purísima y San Marcos, es del cuarto grado. “Sí fui a la escuela, pero no la terminé porque los profesores faltaban mucho. Ahora sigue igual, dijeron que iban a cobrar, ya ha pasado una semana y no han regresado”, informó Julio Zapata durante un momento de descanso en su jornada en el invierno de 2018.

Julio dice estar a gusto en su tierra. Ha sido buena temporada porque el kilo de cera de candelilla lo están pagando a cien pesos; la cantidad de kilos depende “de las ganas que le echemos”.

Para obtener la cera, los campesinos caminan cada vez más lejos de sus hogares en busca de la planta. El desierto de Coahuila es extremo, en invierno las variaciones de temperatura pueden ser hasta de 30 grados centígrados: al mediodía la temperatura es agradable, alrededor de 20 grados, pero en la madrugada el termómetro puede bajar a los menos diez grados centígrados. En verano, el calor sofoca. Las condiciones climáticas no frenan a los hombres, quienes son principalmente los que salen al campo para recolectar la candelilla.

Una vez que cortan la yerba la atan en manojos y la trasladan a sus campamentos donde hay una paila de hierro de aproximadamente un metro cúbico. Esta gran cazuela se llena con agua donde sumergen a la candelilla; la paila la colocan sobre el fuego alimentado por los restos secos de la propia planta. Cuando el agua hierve, vierten ácido sulfúrico, al hacerlo, de la mezcla se desprende un resoplido fuerte y furioso acompañado de vapores blancos que respira el campesino. Ni Julio ni otros candelilleros entrevistados utilizan mascarilla o prendas que los protejan.

Enseguida ocurre la “danza del hervor”, por llamarle de alguna manera a los saltos que realizan los hombres sobre la paila hirviente: colocan una reja en la superficie y brincan una y otra vez para exprimirle hasta la última gota de cera a la planta. En esta acción es común que el agua y el ácido se cuelen en los zapatos, por eso los agujeran, para permitir la salida pronta del agua hirviendo.

Producción de cera de Candelilla en Coahuila. Foto: Agencia Informativa Conacyt

El modelo de extracción no ha cambiado desde 1913. En la actividad se incorporan muchachos menores de edad quienes viven en sus comunidades en condiciones precarias.

Sin temor a la equivocación, es probable que un pedazo de aquella cera de candelilla haya estado en la boca de cada habitante del mundo en algún momento de su vida.

CANDELILLA EN LA GOMA DE MASCAR

Observe con atención los ingredientes de los chicles Clorets; entre diversas materias primas, se emplea la candelilla.

Al conocer las cifras económicas de la industria de la confitería en México, se acentúan las carencias de quienes proveen los ingredientes básicos.

De acuerdo al INEGI, en el año 2012 la industria del chicle en México representó una generación de 420 millones de dólares, con una producción de 92 mil toneladas. Desde entonces este país ya era el segundo mayor consumidor mundial de goma de mascar, después de Estados Unidos de Norteamérica.

El periódico El Norte publicó dos años después, en 2014, que la producción de chicles alcanzó un volumen de cien mil toneladas, gracias a que cada mexicano consume en promedio medio kilo de chicle al año; la facturación en aquel tiempo fue de mil millones de dólares. La mayor productora de la golosina fue la empresa norteamericana Mondeléz Internacional, poseedora de catorce marcas, entre ellas Clorets, que se comercializa en Brasil, Japón, Malasia, México y Tailandia. En cada pastilla hay una porción de cera obtenida en el desierto de Coahuila.

Marcas que utilizan la candelilla en sus productos. Foto: Twitter/Grupo Denis

PACTO MUNDIAL, ESPERANZA DE JUSTICIA

Repensando las preguntas iniciales, el planteamiento no es dejar a un lado artículos que pudiesen considerarse de lujo, sino pagar lo justo por ello y encontrar nuevas alternativas sustentables y sostenibles para su producción. Estrategias como el comercio justo han intentado mejorar las condiciones de los productores de materias primas, pero el esfuerzo no es compartido por cada uno de los eslabones de la cadena de valor.

¿Qué pasaría si dejáramos de beber café? ¿Con ello se resuelve el problema del trabajo infantil en las comunidades serranas? Esos niños trabajan porque en su entorno no existen las condiciones económicas favorables que posibiliten el cumplimiento de derechos, como el acceso a la educación, a la salud o a la diversión.

Uno de aquellos eslabones que sí cuentan con los recursos y la influencia suficiente para modificar favorablemente el entorno de los trabajadores, es la empresa. Así lo visualizó el Secretario General de las Naciones Unidas al final del siglo pasado, Kofi Annan, quien propuso el Pacto Mundial.

Annan invitó a los dirigentes empresariales a sumarse a una iniciativa internacional en busca de la colaboración entre los organismos de las Naciones Unidas, las organizaciones laborales, y la sociedad civil, para promover principios sociales y ambientales de carácter universal.

El Pacto Mundial se propone aprovechar la fuerza de la acción colectiva para fomentar la responsabilidad cívica de las empresas de modo que éstas puedan contribuir a la solución de los retos que plantea la globalización”, se lee en el documento de presentación de este acuerdo macro.

Para las Naciones Unidas queda claro que el sector privado, en colaboración con diversas entidades e instituciones, puede ayudar a generar “una economía mundial más sostenible e inclusiva”, continúa el documento difundido en internet.

Kofi Annan, fundador del Pacto Mundial, séptimo secretario general de la ONU. Foto: Reuters/AFP

La propuesta no tiene carácter normativo, las empresas no están obligadas a sumarse; es un pacto en el que los organismos privados participan de manera voluntaria. Se pide a las firmas “que hagan suyos, apoyen y lleven a la práctica, en sus ámbitos de influencia, un conjunto de valores fundamentales en las esferas de los derechos humanos, las condiciones de trabajo, el medio ambiente y la lucha contra la corrupción”.

A pesar de que este acuerdo representa ventajas para las organizaciones, son pocas las que lo acogen, acaso por desconocimiento, acaso por desinterés de convertirse en un factor de influencia positiva en su entorno.

El desinterés por sumarse a una corriente que busca la justicia laboral, la protección al ambiente, el respeto a los derechos humanos, erradicación del trabajo infantil y la equidad, es un tremendo obstáculo para acortar la brecha entre quienes hacen posible la producción de bienes y servicios, y quienes los consumen.

LA GENERACIÓN MILLENNIAL

El concepto millennial, que intenta definir a la generación nacida entre la década del ochenta y el año 2000, tienen amplios matices en función del país, del contexto social y económico en que se analice. Sin embargo, algunos de los rasgos extendidos, exponen los estudiosos, son la accesibilidad a los medios digitales y el uso de las redes sociales.

La directora del proyecto Millennials en México, impulsado por la revista Nexos, María Sol Corral, sumó el trabajo de los consultores políticos Olivia Barros Sánchez, Roberto Trad Hasbun y José Adolfo Ibinarriaga para desarrollar el estudio que intenta responder la siguiente pregunta: ¿Son millennials los jóvenes mexicanos?

Este equipo implementó una metodología consistente en la realización de 30 sesiones focales entre jóvenes, así como la aplicación de 3 mil 200 cuestionarios cara a cara en la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Tijuana, Mérida, Puebla y Querétaro.

Entre los resultados sobresalientes del caso México, “encontramos que se les considera políticamente apáticos, con un alto dominio y consumo de redes sociales, que se adaptan fácilmente a la tecnología y buscan autonomía laboral”.

Los millenials aspiran a ser emprendedores debido a los bajos salarios como empleados. Foto: GettyImages

Resaltan la “carga hereditaria” de sus padres: “nacieron endeudados, inmersos en conflictos de otras generaciones. Se caracterizan por la preocupación del medio ambiente y la reivindicación de los derechos de la diversidad sexual”.

No creen en la democracia ni en el gobierno y consideran que los problemas más importantes del país son los bajos salarios, la falta de empleo y la alta inflación. Y más: “las juventudes mexicanas aprendieron y reproducen la cultura dominante enfocada en asumir al ser humano como naturalmente egoísta, competitivo, dado al racismo y al sexismo”.

Con estos rasgos, qué tan influyente será esta generación en este país para cambiar hábitos y actitudes.

El INEGI ofrece estadísticas suficientes para confirmar que, en el caso mexicano, la generación millennial poco influirá en el cambio de las tendencias de consumo y en la capacidad para formular políticas públicas alineadas con los 17 objetivos de desarrollo sostenible planteados por el Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo.

¿Cómo lograr que la comunidad millennial en México trascienda las conductas y tendencias del consumo cuando está ocupada en sobrevivir?

Para efectos de este trabajo periodístico se delimitó el rango de edad entre los 20 y los 39 años, edad correspondiente a la definición de varios autores de la generación millennial. En México la población en ese categoría es de 36 millones 774 mil 448 personas, que corresponde al 66 por ciento de la Población Económicamente Activa. En ellos recae gran parte de la economía nacional. De aquellos, el 70 por ciento está en una condición socioeconómica media baja y baja, según la clasificación del INEGI; es decir, se trata de oficinistas, artesanos, supervisores, obreros, campesinos y comerciantes informales, hasta desempleados.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Empleo del INEGI, en el tercer trimestre de 2018 sólo el 12 por ciento de aquellos millennials mexicanos era independiente y el 52 por ciento eran subordinados y recibían una remuneración, el porcentaje restante se distribuye en diversas categorías.

Los millenials suelen tener ingresos medios o bajos. Foto: EFE/END

En Durango la población millennial es de 518 mil individuos y, en coincidencia con la proporción nacional, el 70 por ciento es clase baja. De acuerdo a la encuesta citada tan sólo el 5 por ciento de aquella población está desocupada (Encuesta Nacional de Empleo 2018, INEGI).

Para Coahuila el dato es similar: 880 mil 369 pertenecientes a esta generación, de los que el 56 por ciento están en un estrato bajo. El porcentaje de desocupación de aquel universo es del 4.3 por ciento.

Tanto para Coahuila como para Durango los millennials representan el 30 por ciento de la población estatal y alrededor del 70 por ciento de la Población Económicamente Activa en cada entidad. Las cifras coinciden con la estadística nacional, por tanto, así como se planteó líneas arriba, esta población trabaja para cubrir sus necesidades básicas, y su tendencia de consumo está determinada por la oferta, no por su iniciativa de cambiar los hábitos de consumo hacia productos sustentables, donde se plantee un comercio justo, o que sean productos y servicios amigables con el ambiente.

En esta dinámica de países ricos y pobres, México es de los segundos; una nación que provee materias primas y consume artículos elaborados en el extranjero; con un nivel socioeconómico bajo, de tal forma que su sector productivo trabaja para proveer de lujos a tan sólo el uno por ciento de la población nacional, la clasificada como alta.

En México, la clase social que incrementa su número es la de trabajadores manuales de baja calificación, revela el estudio Clases sociales, pobreza y desigualdad durante los años de alternancia presidencial, elaborado por los investigadores Patricio Solís y Gabriela Benza, del Colegio de México y de la Universidad de Buenos Aires respectivamente (INEGI, 21 de marzo de 2013). En cambio los altos directivos, profesionales, así como técnicos superiores y directivos intermedios, van a la baja, a diferencia de Europa y Chile, donde la relación es proporcionalmente inversa: aumenta la clase emprendedora y desciende la clase obrera.

En estos días la organización Human Rights Watch reconoce que la obtención de diamantes y oro para producir joyas incumple criterios éticos, afirma que marcas reconocidas “no son capaces de garantizar que la extracción de sus piedras preciosas no suponen una violación de los derechos humanos”, se publicó en la revista Expansión. Sin embargo, en cada acción de los sectores productivos en México, hay una trasgresión a los derechos humanos, que pasan por alto con tal de suministrar bienes y servicios que permitan a unos cuantos, tener una vida de lujo.

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