Donaldo, a 25 años
Opinión

Donaldo, a 25 años

Jaque Mate

Han pasado 25 años de la muerte de Luis Donaldo Colosio. Es difícil saber cuál habría sido el destino del país si el sonorense hubiese sido presidente de México de 1994 a 2000. Algunos piensan que el rumbo del país habría cambiado de manera radical; los mártires, después de todo, nunca cometen errores, por lo menos no en la imaginación de quienes los admiran. Para otros, Colosio no habría sido más que uno más de los muchos presidentes surgidos del PRI.


La muerte de Colosio se convirtió no sólo en un drama político para el país sino en una profunda tragedia familiar. Colosio, asesinado el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, en Tijuana, dejó tras de si a una esposa de 34 años, enferma de cáncer de páncreas, y a dos hijos pequeños, Donaldo y Mariana, de siete y dos años de edad. Diana Laura Riojas enfrentó la muerte de su esposo con estoicidad y dolor, en parte quizá porque sabía que le quedaba también poco tiempo de vida. Sus hijos habrían de quedar huérfanos. Ese pensamiento debe haberla angustiado constantemente en los meses que vivió, hasta fallecer el 18 de noviembre de ese mismo 1994. No sabemos si la muerte de su esposo aceleró la enfermedad, pero Diana Laura no pudo siquiera presenciar el cambio de gobierno que seguramente habría protagonizado Donaldo en caso de no ser asesinado.


Colosio se convirtió en bandera y plataforma política para muchos. No faltaron quienes lo convirtieron en un remedo de sus propias ideologías o de sus ambiciones. Incluso el secretario de seguridad pública en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, Alfonso Durazo, alcanzó su primera relevancia en el campo político por haber sido secretario particular de Colosio.


No faltó quien afirmara que el presidente Carlos Salinas de Gortari, quien preparó a Colosio sistemáticamente para sucederlo, era el verdadero responsable de la muerte de su candidato. Se le inventaron a Colosio posiciones extremistas que nunca tuvo y se afirmó que su muerte se debía a que se había desviado de la línea marcada por el mandatario. La verdad es que Colosio nunca mostró apartarse del liberalismo social que defendió toda su vida.


Mucho se ha dicho que no sabremos nunca quién mató realmente a Colosio. Quien se tome la molestia de revisar la información disponible, sin embargo, se dará cuenta de que este es uno de los crímenes más investigados en la historia de México y quizá el que más conocemos. Cuatro fiscales especiales investigaron el caso, siempre empezando con la idea de que el candidato había sido asesinado por una conspiración. La información, no obstante, llevó testarudamente una y otra vez a la misma conclusión: Mario Aburto, un trabajador de una maquiladora de Tijuana, actuó solo. Como la conclusión era políticamente inaceptable, nunca se cerró formalmente el caso.


A 25 años de distancia el asesinato de Colosio se recuerda como un parteaguas para el país. Si el homicidio de Álvaro Obregón, entonces presidente electo, en 1928, dio fin a la era de los caudillos para abrir las puertas al partido hegemónico que fundó Plutarco Elías Calles en 1929 y que con el tiempo se convertiría en el PRI, el asesinato de Colosio hizo inevitable el ingreso del país a una democracia cabal. Las reglas electorales cambiaron y a partir del año 2000 empezamos a vivir la alternancia de partidos políticos en el poder. Tengo la impresión de que, aun cuando Colosio hubiera vivido, esta evolución habría tenido lugar en los mismos tiempos.

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