Se está haciendo tarde
Opinión

Se está haciendo tarde

Miscelánea

Y en altamar de cielo, Estrenando mi cárcel de jamases y siempres.

Gilberto Owen

Hasta ahora había conseguido ocultarme, escapar de la realidad, engañarme persiguiendo sueños que exigían un costo que nunca estuve dispuesta a pagar, o a tomar un avión para desaparecer temporalmente en algún lugar impredecible. Estrategias que funcionaron hasta que finalmente la vida me alcanzó. “Que la vida no nos sorprenda arrastrando un costal de horas vacías”, leo en el blog de esa mujer inspiradora que es María del Carmen Maqueo.

El poder de esas palabras me obligan a reconocer que ha comenzado mi cuenta regresiva y yo sigo debatiéndome entre la voz que me dice “¡muévete! ¡pedalea!”; y la otra, más amable que aconseja: “sosiégate, deja que la vida fluya sin que la empujes”. Entre una y otra, me declaro incapaz de tomarme en serio. En esta media noche con rejas de aire, se agitan las manos. ¿Dónde estará la puerta? Si bien he asumido ya, que para terminar una novela que no pasa del tercer capítulo y cumplir algunas asignaturas pendientes debo disciplinarme; porque eso si lo tengo bien claro, para lograr objetivos, es mucho más eficiente la disciplina que el talento. El problema es que sólo escuchar la palabra disciplina me provoca retortijones. En el azaroso reparto de cartas que me correspondió al nacer, me tocó un buen juego: un corazón infalible (hasta ahora) y un hígado capaz de resistir mi preferencia por dos vasos de vino en lugar de los dos litros de agua que recomiendan, y una contundente preferencia por la comida grasosa e insana. Según mi maestra de primer año y un abuelo que me amaba, yo nací con cierto talento que desgraciadamente no supo evolucionar. Como todos los jóvenes de mi tiempo, tuve una adolescencia rebelde aunque nada fuera de control. No me largué de mi casa con el sueño de libertad que proponían los hippies en los sesentas y mi rebeldía se limitó a compartir con mis amigas, siempre a escondidas, algún cigarrillo Raleigh y a descubrir la dulcísima sensación de los primeros besos en alguna matiné, donde dos películas y permanencia voluntaria, ofrecían la oscuridad y el tiempo para explorar una incipiente sexualidad.

Como todo el mundo, atesoro en la memoria un gran amor frustrado. Paloma amordazada, mis sueños de independencia y libertad se sometieron cómodamente a lo que se esperaba de mí: matrimonio, hijos, vacaciones y un perro. Tener un sueño y perseguirlo con pasión; eso es lo que me faltó; tal vez porque elegí instalarme en la comodidad que es uno de los ropajes de la estupidez y la peor enemiga de la curiosidad y el riesgo.

Cuando veo a mujeres admirables como Alondra de la Parra o Elena Poniatowska, sin negar el hecho de que en las cartas les tocó un talento especial, también lo es, que en aras de su pasión han ofrendando el amor, las plácidas horas de conversación con las amigas y hasta la coquetería femenina que a cambio de ponernos bonitas, consume una gran cantidad de tiempo.

Convertirse en mujeres como las que yo admiro, es todo lo contrario a la comodidad. Es esfuerzo, compromiso, disciplina y muchas horas de trabajo hasta encontrar la nota, la idea, la palabra luminosa que las compensará por tanta renuncia. Cuando mi querida María del Carmen me recuerda lo del costal de horas vacías, me pongo tan ansiosa que quiero poner manos a la obra; pero prefiero dejarlo para mañana y volver a escaparme por Facebook a husmear en las vidas ajenas, o me desparramarme en un sillón a mirar las series de Netflix a las que me he vuelto adicta. ¡Que vergüenza!

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