De selfies, bocas de pato y distorsiones
Nuestro mundo

De selfies, bocas de pato y distorsiones

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A mí no me gustan las fotografías, o por lo menos no aquellas en las que estoy. Tengo elementos para estar segura que es una conducta aprendida de mi madre, ella tenía muchas razones para ser fotografiada y sin embargo nunca le gustó.


Recuerdo una fotografía que acompañó mi infancia, una de las paredes de la casa que habitamos la sostenía, era un paisaje nocturno con una tormenta eléctrica que alcanzaba a alumbrar la penumbra, cada vez que la veía, o, mejor dicho, cada vez que reparaba en ella me producía el mismo desasosiego que aún hoy me acompaña cuando hay una lluvia intensa con truenos y relámpagos.


Una fotografía es una mezcla de arte y técnica y ha sido desde un inicio objeto que suscita miedo, sorpresa y un poco de temor, hay que recordar como se hablaba del robo del alma a través de la fotografía, transferencia de la misma hipótesis que formulaban en torno a los espejos. Tener una cámara fotográfica en casa era símbolo de pujanza económica, realmente era un gusto caro porque había que comprar la película, revelar los rollos e imprimir. Parecen lejanos esos tiempos donde había que esperar días para que entregaran las fotografías impresas sacadas con cámaras de bolsillo de las últimas vacaciones o el cumpleaños de alguien.


No todos los momentos merecían ser retratados, los product shots que hoy se obtienen con el celular eran de exclusividad de los fotógrafos comerciales, al resto le interesaban las reuniones familiares, las puestas de sol, los festivales escolares, los desfiles, las tardes de Alameda, los cumpleaños, las bodas y las graduaciones. Hoy sigue interesando todo ello, pero las prioridades son las selfies tramposas, la boca de pato, los arreglos de las mesas, los lugares donde estamos, los platos que nos sirven, las mascotas.


Hay quienes afirman que hemos banalizado el arte de la fotografía gracias a los celulares, por lo que no les damos el valor que realmente tienen, por eso no nos duele borrar y eliminar, arreglar y trastocar todas las imágenes, creo que asi nos gustaría que pudiera ser con mucho de lo que vivimos,¡imagínate que luego de una mala experiencia con alguien pudieras borrar las imágenes de ese hecho y eliminarlas por completo. Sería maravilloso. Una suerte de edición constante de la vida


Recién comentaba con los generosos escuchas radiofónicos de la distorsión que tenemos de nosotros mismos, de pronto tú “crees” que te ves muy bien, muy arreglada, muy linda, y una fotografía descubre todos esos defectos que pasaste por alto cuando te viste al espejo, al cabo del tiempo vuelves a ver la misma fotografía y te tratas con mucho más generosidad cuando dices “pues mira, no me veía tan mal, si fea no era”. Yo creo que traemos un desorden en función de lo que creemos de nosotros mismos.


Por otra parte, vivimos como Santo Tomás, aquel que necesitaba ver para creer. Si no hay foto del viaje, de la fiesta, de la noche de copas, de lo que sea, entonces es como si no hubiera ocurrido, la fotografía se ha convertido en la prueba irrefutable que vives como dice la sociedad que tienes que hacerlo.


Todas estas reflexiones en torno a la fotografía suceden luego de haber organizado la exposición del Dr. Francisco Valdés Perezgasga titulada De aves, bichos y paisajes. Cada una de las gráficas es una muestra inequívoca de la belleza de la naturaleza. A los pajaritos nada les importa el photoshop, el sol no posa para la cámara, simplemente está. Los patos no hacen el duck mouth, las flores no se visten de colores ellas son los colores.


Cuanta paciencia, cuanto esperar, cuanto conocer el entorno, las luces, las sombras, los hábitats de cada especie. En un ejercicio amoroso de paciencia y observación se puede ver un mundo que por desgracia para la mayoría pasa desapercibido porque se está ocupado tomando selfies, presumiendo ropa de marca o matando el tiempo en redes sociales.



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