De lo perdido
Opinión

De lo perdido

Miscelánea

Perder es arte de dominio fácil: tantas cosas parecen con ganas de perderse,
que en perderlas no hay desastre.
Elizabeth Bishop


¿Alguien sabe dónde quedaron las Tablas de la Ley que el Señor le entregó a Moisés? A veces se me ocurre que la desaparición del documento más importante en la historia de la humanidad, es también una enseñanza. Por el camino del tiempo, estamos destinados a perder siempre algo: la inocencia, la juventud, el pudor, la vergüenza, la elegancia, los buenos modales y hasta el lenguaje.


Nuestro español perdió riqueza y colorido para degenerar en algo tan zarrapastroso como “no mames, güey”. De todas las pérdidas, la más lamentable es la pérdida de tiempo, que aún si uno tiene una larga vida, casi siempre parece insuficiente. La última pérdida es la vida misma, pero entretanto, perdemos los sueños, los amigos, los amores. Como casi todos en la juventud, perdí un gran amor, y en mi adultez, dos de mis cuatro estrellas más luminosas.


Perdemos también las cosas pequeñas (cosas triviales) como solemos llamarle a lo inmenso: perder mis lápices de colores, la goma de migajón o el sacapuntas, era en mi infancia una desgracia. Con los libros que he prestado y no me han devuelto, se llenarían varios libreros. Con demasiada frecuencia desaparecen de mi vida fusilerías, como mi insustituible walkman o el relojito de jade y oro que me acompañó durante muchos años hasta que un día desapareció sin siquiera despedirse.


Hoy, un cuchillo de plata, la cucharilla mañana, y así hasta que de un juego de veinticuatro, ya sólo quedan dos tenedores. Vivir es perder y en aprenderlo consiste la mansedumbre de la cordura. Quizá por eso, la mejor preparación para sobrellevar la vida sea dominar el arte de romper con lo que nos resulta adorable o aparentemente imprescindible. Al envejecer perdemos posibilidades físicas y sociales, la memoria que va separándonos de nosotros mismos. Perder las llaves del auto o de la casa se vuelve una constante. Perder el auto no es frecuente pero sucede como lo acabo de experimentar. En los laberínticos estacionamientos de esta ciudad, uno debe tener mucho cuidado y anotar la dirección: Piso verde, fila K, cajón 207. Sin el Oso Bondadoso que es mi chofer y que de momento se restablece en el hospital, me aventuré a manejar al Centro Comercial donde con mucha suerte, pude estacionarme en una fila cercana a las entradas y por supuesto no anoté la dirección. Después de mis compras, encontré con facilidad el auto y deposité en la cajuela mis paquetes. Ya frente al volante, recordé que recientemente eliminaron las casetas de cobro y debía volver al Centro a pagar en una máquina tragamonedas. Ni modo, lo hice y cuando volví, mi auto había desaparecido. Busqué entre los filas cercanas donde otros autos, cómplices silenciosos del robo, no me hicieron ni una seña. Corrí a buscar un policía que me acompañó hasta el cajón donde había desaparecido mi coche.


Mire, aquí estaba y se lo llevaron mientras fui a pagar.


¿Que marca es?


Ay oiga yo no me acuerdo pero es azul y creo que es una marca china. Mirándome con sorna, llamó a la patrulla que apareció de inmediato.


¿El número de sus placas?, preguntó el patrullero.


Pues no, no las sé, pero con lo caro que cobran el estacionamiento, al menos podrían fijarse en las placas de uno.


¿Tiene su llave?  Y yo la entregué. Con ella en la mano presionó un botoncito rojo que yo nunca había notado. Mi auto, que seguramente me quiso hacer la broma cambiándose de lugar, encendió las luces y comenzó a aullar. ¡Que bochorno! Cuando intenté salir del estacionamiento, no se levantó la pluma porque los quince minutos de gracia ya se habían agotado. Tuve que estacionarme para volver a pagar. Pierde algo a diario. Asume el desconcierto de perder las llaves, malgastar la hora. Perder es arte de dominio fácil.


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