La mayor semana
Opinión

La mayor semana

Jaque Mate

Para muchos es una simple vacación de primavera, el spring break que nos damos los mexicanos después de los primeros meses de trabajo del año. Para los fieles es la conmemoración de la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret, quien hace dos milenios sentó las bases de lo que sigue siendo la religión más importante del mundo.

Este año la celebración de Semana Santa ha sido muy tardía. Es culpa de la forma en la que se define el momento del festejo en una combinación del calendario solar con el lunar. La Pascua de Resurrección se festeja el primer domingo posterior a la primera luna llena después del equinoccio de primavera; pero como en este 2019 el equinoccio tuvo lugar con luna llena, hubo que esperar otras cuatro semanas para la Semana Santa.

Si bien la Navidad es el festejo más gozoso y familiar de la tradición cristiana, la Semana Santa es el más profundo e intenso. Durante mucho tiempo en nuestro país se imponía en este período un duelo en las familias. A los niños se les callaba en sus juegos; las mujeres mayores vestían de negro; las cortinas de los hogares se cerraban para oscurecer el interior. En otros lugares del mundo, como en Sevilla, las cofradías siguen tomando las calles y desfilan, con los cofrades tocados por siniestros capirotes puntiagudos, lamentando la crucifixión.

La muerte y la resurrección de Jesús son el cimiento mismo de la fe cristiana. El mesías acepta sacrificar su vida mortal en medio de un inmenso dolor para salvar a la humanidad. Es un momento de reflexión y tristeza, la cual debe concluir con la alegría inédita de la resurrección. Quizá por eso a muchos cristianos les molesta la transformación de esta semana mayor en una simple vacación de primavera.

Uno de los signos del cambio de las actitudes religiosas, se manifiesta en el hecho de que para millones de mexicanos que se consideran creyentes la Semana Santa es ya solamente un periodo de descanso e incluso de placer. No dedican siquiera unos minutos al rezo o a la reflexión.

El número de mexicanos que se identifican como católicos ha venido disminuyendo de manera gradual pero sistemática en las últimas décadas. En el censo de 1970 el 88 por ciento de la población se manifestaba católico. Para el de 2010 la cifra había bajado a 82 por ciento. Algunos se han convertido a religiones evangélicas y protestantes que han penetrado desde Estados Unidos, otros se han vuelto agnósticos o ateos. Muchos de quienes se ven como católicos, por otra parte, lo son de nombre, pero no cumplen con los preceptos de la Iglesia.

La fe católica sigue siendo particularmente fuerte entre los grupos más marginados de la sociedad y se manifiesta en los festejos a la Virgen de Guadalupe, a los que asisten millones. También se exhibe en la intensidad con que los distintos pueblos festejan a sus santos locales.

Como ha ocurrido en otros lugares del mundo, sin embargo, las clases medias urbanas se están distanciando de la religión organizada. Es un proceso al parecer inevitable. Para millones de habitantes de las grandes ciudades del país, la Semana Santa es fundamentalmente una vacación de primavera. No rechazan la religión y sus tradiciones, pero han permitido que pierdan ese lugar de privilegio que tuvieron durante milenios para sus antepasados.

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