Semanas santas de Yáñez
Nuestro mundo

Semanas santas de Yáñez

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La semana santa es una escenografía temporal muy usada por el escritor jalisciense Agustín Yáñez. Es la época del año en que comienza su fundamental novela Al filo del agua y, aparte de que es el espacio temporal donde se mueven personajes de otros textos, discurre en dos narraciones cortas del volumen Los sentidos al aire.

En la novela el lector disfruta siguiendo la semana santa en un pueblo de Jalisco alejado de Guadalajara, durante los últimos años del siglo XIX y principios del XX. La semana santa de las dos narraciones cortas, especialmente la de “Esta es mala suerte”, es la de Guadalajara.

En la otra narración breve, “Laude Pascual” (laude es alabanza y se usa en el culto católico), la semana santa es sólo una referencia, pero muy importante, en el soliloquio de la prostituta Paquita, monólogo que acaba siendo uno de los dos planos de la narración; el otro es el de una voz anónima que se eleva en un cántico espiritual.

En contraste, la semana santa de “Esta es mala suerte” tiene consistencia de crónica. Es domingo de ramos. Hay bullicio en las puertas de la catedral. “Gritan indios e indias: ‘Palmas benditas, marchante’ […] ‘Palmas y romero bendito, con amapolas frescas, marchantito’.” El olor del romero se mezcla con el de magnolias. Y adentro ya se escuchó el “canto de la Pasión”.

Jueves santo: “Del santuario a San José; de allí a Catedral y al Sagrario; luego a San Agustín, a Santa María de Gracia y a San Francisco. Las siete visitas. Como todavía es muy temprano podremos volver por Aranzazú, el Pilar, el Carmen, Jesús María y Santa Teresa. Esplendor de los monumentos […] Caminaríamos indefinidamente en esta romería que es la esencia de la vieja ciudad […]”.

Viernes santo: “[…] en las Tres Caída, en el Pésame. El Pésame en San Agustín; hay en la puerta un huele de noche que nos ayuda a meditar. Los devotos pasos nos han fatigado y apenas podemos ya bracear en la aglomeración de los atrios, para volver a casa. Se oyen los pregones de estos días: ‘Ah, las judas, tan chiquitas y tan corajudas’; ‘Empanadas de vigilia’”.

Las líneas entresacadas de “Esta es mala suerte” apenas dan idea del repaso que Yáñez hace de algunas costumbres tapatías de semana santa, pero el espacio se acorta y conviene ver qué pasa en la otra narración breve, “Laude pascual”, donde “Paquita, la cortesana famosa, terror de los hogares”, repasa los días de su vida que la pusieron en esa condición.

En su soliloquio, Paquita nos lleva a una estampa costumbrista de la Guadalajara de principios de siglo XX y de sus colegas: “Cuando hoy venía en un coche de bandera azul, arrastrado por unos caballos perezosos, uno de esos coches que nosotras preferimos para que nos vean mejor, como se va enseñando cualquier mercancía, al llegar al correo, donde ya se están levantando los puestos de aguas frescas y toritos de alcohol, que en semana santa despachan las más miserables de mis compañeras de oficio […]”

El soliloquio de Paquita concluye cuando se muestra deprimida y con su ilusión amorosa destrozada. En seguida una voz anónima entona una salmodia con resonancias del “Cantar de los cantares”, de la Biblia y de, “Cántico espiritual” y “Noche oscura”, poemas de San Juan de la Cruz. En los tres el amor es calor que los inspira. Tres líneas antes de concluir, la salmodia entona: “Murió la muerte. Es la gloriosa, la espléndida mañana de la Resurrección.”

Entonces el narrador toma la palabra y cuenta: “En la vaguedad del crepúsculo se esfuman las sombras de dos jóvenes. Son dos mancebos derrotados en la hora roja de las tentaciones. Se dirigen a la casa de pecado en busca de la cortesana más famosa […], en cuya puerta, uno a la derecha, otro a la izquierda, los demonios tutelares del prostíbulo se les encaran y les gritan: La que buscáis no está… ¡Resucitó!”

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