Sobreviviente
Opinión

Sobreviviente

Miscelánea

El día en que la tecnología sobrepase a nuestra humanidad,

habremos creado una generación de idiotas.

Albert Einstein

Yo pertenezco a una generación que a la hora del recreo jugó “uno, dos tres por mí”, y “qué te importa comí torta con mi hermana la gordota: de huevo, de frijoles con quesito o de lo que sobró de ayer”. Yo, crecí sin Gansitos ni Chocorroles y con el peso que me daban el domingo debía elegir entre un Milky Way (que por entonces era el lujo de las golosinas) o correr hasta el kiosco para comprar La Pequeña Lulú o El Pato Donald; uno o el otro porque no alcanzaba para los dos.

Desde muy pequeña me enseñaron que “la letra con sangre entra”, y que “quien bien te quiere, te hará llorar”. Y sí, a los niños antiguos se nos educaba con dureza. Pedalear la bici sin casco ni rodilleras y aparecer por casa con codos y rodillas desollados, no merecía más atención que un chorretón de mertiolate, un curita y algún coscorrón: “¡Fijate por dónde!” Visto a la luz de este siglo XXI mis padres fueron totalmente irresponsables, porque después de pasarme la tarde jugando a las canicas en la tierra: agüitas, ojos de gato, tiritos; nunca me untaron desinfectante en las manos.

Los huevos del desayuno contenían colesterol y mastiqué caramelos a muela pelona cuando mi pasta de dientes ni siquiera contenía flúor. Algunos bofetones ¡por respondona! desactivaron mis protestas, y con frecuencia, el pesito que recibía de domingo era requisado hasta que mis calificaciones mejoraban. Ante tanta ignominia, al menos a las niñas nos era concedido el llanto. A los niños: “¡No chille! ¿es usted marica o qué?” (Perdón pero no existía la palabra gay) Ahora que lo pienso, los niños antiguos sólo fuimos tolerados por la expectativa de que algún día seríamos adultos responsables, socialmente adaptados e hipócritas como nuestros mayores.

Considerando la vida sobreprotegida y aséptica que llevan hoy los pequeños, nosotros fuimos supervivientes a una infancia que no gozó siquiera de los Derechos que hoy protegen a los niños: educación, juego, protección, y lo que más me hizo falta: el derecho a opinar y ser escuchada. Debido a mi historia personal, con frecuencia he sentido enojo contra los chiquillos digitalizados de hoy, pequeños mirreyes que no se tocan ni con el pétalo de una rosa. Magos que con el sólo movimiento de dedos sobre el teclado, hacen aparecer la pizza, el sushi o lo que se les antoje; y que incapaces del aquí y el ahora se escapan a la nube digital: juegos, amigos, noticias, constante intromisión de mensajes; caopolitas sin necesidad de pensar ni moverse.

Yo, que pertenezco a una generación que contaba con los dedos y difícilmente aprendió la tonada para cantar las tablas de multiplicar, di mi primer salto a la modernidad cuando mi Querubín me regaló un primer teléfono móvil, feo, pesado como un ladrillo y de limitada capacidad, que muy pronto fue remplazado por otro más pequeño y polivalente; aunque nada como las mágicas pantallitas desde donde se crean amistades, se destruyen relaciones amorosas y uno se mantiene al corriente de todo lo que no le importa.

Mi lucha contra esos artilugios que mantienen a la gente permanentemente distraída, pasando rápidamente de un goce a otro sin memoria ni proyecto; ha sido tan implacable como inútil. Durante mucho tiempo me negué a cambiar viejo celular por uno de pantalla, hasta que (para que no nos envidies) dijeron mis niños la pasada Navidad cuando me regalaron uno de última generación. Una vez superadas las complicaciones del uso, el aparato ha sustituido mi reloj, el calendario, mis amadas enciclopedias, la imprescindible guía Roji y finalmente mi memoria.

Más pronto de lo que imaginé, me convertí en teléfono-dependiente. Perderlo de vista es una probadita de alzhéimer, sin él ya no se ni quién soy. Despierto a media noche y en lugar de encender la luz para leer como acostumbraba, enciendo mi pantallita para babosear. Se acabaron las discusiones, ya no sacamos chispas en las cenas familiares. Mientras comemos, cada uno se concentra en su face, en su twit, en su whats, y luego se van.

Comentarios