Homenaje a dos periodistas muertos
Nuestro mundo

Homenaje a dos periodistas muertos

La fundación John Reed otorgó por sexta ocasión la Presea John Reed a la Trayectoria Periodística, esta vez de modo post mortem, a Miroslava Breach Velducea y Javier Arturo Valdez Cárdenas. Fui invitado a decir unas palabras. El siguiente es un resumen:

La Fundación John Reed, al otorgar de nuevo la Presea John Reed, clava una estrella más en su constelación de aciertos dedicados a perpetuar la memoria y la vigencia de periodistas que han enaltecido con su carrera la tarea de informar de los asuntos que competen al conjunto de la sociedad. Tales aciertos anteriores correspondieron a notables periodistas cuyos nombres destellan en el periodismo nacional. Ellos son Carmen Aristegui, Julio Scherer, Julio Hernández (Astillero), Lorenzo Meyer y Elena Poniatowska.

La labor del periodista es meritoria si pensamos que desde la etimología el informador da forma. Modela las conciencias. Lo hace en la medida que alimenta con datos que permiten ver de una o de otra manera la realidad. Grave y delicada es la tarea del informador, del periodista y ello muchas veces nos hace pensar a los receptores si los periodistas conocen el compromiso social de su oficio. Puntualizo: su oficio es el de llevar a la mente de los receptores datos que la modifican.

Dos periodistas que practicaron su profesión hasta el sacrificio de su vida fueron Miroslava Breach y Javier Valdez. Ambos buscaron la verdad hasta en los sótanos abominables de la sociedad, con la luz proporcionada por la energía generada en el dínamo monumental que es el pueblo. El sacrificio de ambos lleva a rememorar el nombre de muchos periodistas de nuestra historia que fueron perseguidos como El Pensador Mexicano, José Joaquín Fernández de Lizardi, como Guillermo Prieto, como el duranguense Francisco Zarco y, destacadamente, como Ricardo Flores Magón y sus camaradas del periódico Regeneración y sus secuelas magonistas.

Pero ahora menos que en ninguna otra ocasión similar se debe olvidar a un periodista extranjero entrañablemente identificado con México, el norteamericano John Reed. México es uno de los más intensos capítulos en su vida. En algún párrafo de su biografía escrita por Robert A. Rosenstone, titulada John Reed, un revolucionario romántico, se dice que Reed se encontró a sí mismo en su contacto con México. Recordemos que hace 115 años, con su oficio de reportero, el joven idealista norteamericano de 26 años de edad cubría la Revolución Mexicana en nuestra comarca. Reed se encontró, es decir, encontró el sentido de su vida, encontró su propia identidad en el México cifrado en La Laguna. Por eso amó a México. El biógrafo del revolucionario romántico narra que cuando Reed se preparaba en la ciudad fronteriza de El Paso para internarse a nuestro país en busca de la Revolución y de Pancho Villa, descubrió que en aquel lugar había aumentado la cantidad de vendedores de armas, detectives y agentes gubernamentales que pululaban con sus garras carroñeras. Estos especímenes merodeaban en El Paso como hienas para hincar sus colmillos en el México agitado por la inconformidad. Entonces Reed expresó su preocupación de que la nación que lo hizo descubrirse, encontrarse a sí mismo, fuera a corromperse; que aquellos prototipos del capitalismo pervirtieran a todo el pueblo mexicano en nombre de la civilización norteamericana y, usando mayúsculas sarcásticas, escribía que la civilización norteamericana era un “proceso que consiste en imponer a razas ajenas con temperamentos ajenos nuestras propias Grandes Instituciones Democráticas: me refiero al Gobierno del Monopolio, el Desempleo y la Esclavitud Salarial”. Diástoles y sístoles del corazón del revolucionario romántico son la dualidad de su solidaridad internacionalista y su preocupación por México, palpitantes en sus palabras.

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